Recuerdo de mi madre

retrato-cara-elena_color.jpgEstoy contemplando los pies de mi madre. Los pies inertes de mi madre en la cama del hospital. Llevo días observando estos pies, tan inmóviles, tan blancos, tan secos. Cada día sucede lo mismo. Entro en la habitación y me siento con la ilusión de que ese día va a moverlos. Que comenzará moviendo los pies, luego las manos y terminará por abrir los ojos y hablarme. Me siento y espero, sin quitar ojo de los pies. Al cabo de una hora he perdido la esperanza y decido moverlos yo. Me embadurno las manos con crema y comienzo despacio a masajearlos. Primero el derecho –mi madre siempre se ha calzado primero el zapato derecho- y luego el izquierdo. Tengo que hacerlo suavemente, apenas rozo la piel, si presiono un poco más, el gesto de mi madre muestra dolor. A puro de mirarla, he aprendido, por fin, a interpretar sus gestos. Al terminar el masaje, los vuelvo a colocar y así se quedarán hasta que yo misma los vuelva a mover.

Al mediodía, cuando el sol entra por la ventana, levanto las sábanas y le dejo los pies desnudos, expuestos al sol. Confío en que el sol le hará bien a los pies. Y acierto, porque al notar el calor del sol, mi madre intenta sonreír. Detrás de una incómoda máscara de oxígeno trata de agradecer el calor en los pies. Ella siempre ha andado con los pies fríos. Por la noche, cuando comienza a refrescar, le pongo los calcetines de algodón que solía llevar en casa desde que se echaban los primeros fríos. Y así pasa un día más.

No puedo dejar de mirar estos pies, del mismo tamaño que los míos –siempre hemos calzado el mismo número- y siempre fríos en invierno, como los tengo yo. De algún rincón de la memoria me llega el sonido de sus tacones. Lo recuerdo bien. Uno de los pies –creo que el izquierdo- lo arrastraba ligeramente, haciendo un compás perfecto cada dos pasos. Tac, tac, traatac. Tac, tac, traatac. Tac, tac, traatac. De pequeña, cuando yo iba caminando cogida de su mano, el ritmo de sus pasos y el sonido de sus tacones, se convertía en música en mi cabeza.

-¡Ay, hija! Tenías que haberme visto de joven, la gracia con la que yo me movía sobre mis tacones. Ligera como el viento. Incluso corría con ellos, si era necesario, para coger el tranvía. No como tú -se lamentaba- que con esas chancletas que llevas y esas deportivas, los pies se te van a hacer como albarcas.

Y es que yo no entendía cómo una podía andar montada sobre dos agujas. A veces, mi madre insistía tanto que lo intentaba, pero me resultaba imposible mantener el equilibrio y caminaba torpe y desmañada. Aun así ella no desesperaba y aprovechaba cualquier ocasión para volver a la carga.

-Pero, ¿cómo comprendes que vas a ir así calzada (yo llevaba unos mocasines) a la boda de tu amiga? –me espetaba enfadada-. Una señorita está mucho más elegante con algo de tacón.

Para desgracia de mi madre, ni me gustaban los tacones, huía de las faldas, no tenía paciencia para enfundarme unas medias ni intención alguna de convertirme en una señorita. Yo iba bien a gusto con mis vaqueros y mis camisetas y, en cuanto se alejaba el invierno, me calzaba mi colección de chancletas. Las tenía de todas clases y colores: de madera, de caucho, de rafia, de goma, de cuero, de tela…, de cada viaje volvía con chancletas nuevas. En verano no calzaba otra cosa.

-Un día te las he de tirar todas a la basura a ver si así te calzas como Dios manda –me amenazaba, verano tras verano.

Para darle gusto y que no se enfadara del todo conmigo, acabé por ceder cuando iba a alguna fiesta, cena o boda. En esas ocasiones, le pedía un par de sus bonitos zapatos de tacón alto y alguno de sus vestidos que reservaba para los días de fiesta. Ella me hubiera regalado encantada todo su armario si yo hubiera querido, pero en cuanto terminaba el acontecimiento que fuera, yo corría a devolvérselo todo, con los pies doloridos de mantener el equilibrio y jurando que no volvería a ponerme tacones en la vida.

Lo más curioso es que sus pies siguen siendo del mismo tamaño que los míos: pequeños y estrechos. Su premonición amenazante de que acabaría teniendo pies de oso no se cumplió. Siempre los he tenido delgados y pequeños, con todos los dedos igualados y bien proporcionados. Como los suyos. Aunque no estuviéramos de acuerdo en cómo calzarlos, nuestros cuatro pies son idénticos. Ni los altos tacones consiguieron deformar los suyos ni mi colección de chanclas ensancharon los míos.

Siempre me reí de su afición por hacer de mí una señorita fina, elegante y femenina. Ataviada con zapatos de tacón, faldas y vestidos. Y ella siempre tuvo la pena de haber tenido una sola hija a la que le gustaba vestirse como un chico, odiaba maquillarse y colgarse adornos.

-No sé de dónde has salido tú –suspiraba- con lo presumida que he sido yo siempre.

Y lo cierto es que lo ha sido hasta el final. Con ochenta y muchos años, no salía de casa sin pintarse los labios, sin ponerse pendientes, pulseras, anillos y collares. La de veces que nos hemos dado la vuelta porque había olvidado los pendientes. Ya no podía calzar tacones, pero había descubierto los zapatos de cuña, que hacían el mismo efecto.

Me he pasado la vida soltándole peroratas a cuenta de los martirios a los que las mujeres someten a sus pies. La de discusiones por las medias, que has de ponerte necesariamente si llevas tacones. Y ella mirándome desde la incomprensión ante mi absoluto desinterés por estar guapa. No sé si he sido la hija que ella hubiera querido tener, pero seguro que, en la forma de vestirme y calzarme, la he defraudado total y absolutamente. Todo mi afán ha sido andar cómoda con zapatillas y con mis consabidas chancletas, sin preocuparme por ser presumida, como ella me fue repitiendo machaconamente durante toda mi adolescencia y juventud hasta que se convenció de que mi aspecto exterior era una causa perdida.

Ahora que estoy sentada junto a su cama no puedo dejar de mirar sus pies, quietos, fríos para siempre, sin vida. Levanto la vista y la miro a ella. Al momento se me ocurre hacerle un homenaje. Mañana, arrumbaré por un día los vaqueros, las camisetas y las chanclas y, en cuanto abran las tiendas, me compraré el vestido más elegante que encuentre –por supuesto de señorita- y los zapatos del tacón más alto.

Mañana le daré mi último adiós adornada con pendientes, pulseras, colgantes y los labios pintados.

Allá donde estés, mami, te sentirás orgullosa de mí.

22 de octubre de 2012
A mi madre, que murió dos días después


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Tercera fuente de tormento: La Ignorancia / Avidya

teresa coma

 (Teresa Coma)

Ilusión…. Error en la percepción.

Confundir lo accesorio, lo aparente, el no ser…

con lo esencial, fundamental, con la pureza, con el Ser…

… malinterpretando nuestra relación con otros….

Como le ocurre en el libro a Charito Domínguez

Vivir en la ignorancia, es vivir en el error, en el tumulto…

vivir en el montón,

en el montón del que nos habla el siguiente tango…

Vamos en montón … de Eladia Blázquez

1975

Letra y música: Eladia Blázquez