Desayuno con diamantes

automat-1927-edward-hopper (Automat, pintura de Edward Hopper, 1927)

Ayer no la vi y me dio un vuelco el corazón. “Algo le ha pasado”, pensé alarmada. Ayer era lunes y desde hace un año, a las ocho de la mañana en punto, de lunes a viernes, espera paciente en la puerta de una antigua joyería, ahora convertida en café, a que le abran la puerta para entrar a desayunar. Es la primera clienta y a esa hora la única. Pero ayer no estaba.

Cada día, acelero el paso para llegar cuanto antes a la altura de la antigua joyería y toparme con ella. En cuanto la veo, se me antoja que el mundo está en su sitio. Ninguna catástrofe ha ocurrido. Todo en orden. Si llego un poco antes de la hora, la encuentro dando cortos pasitos nerviosos, sin dejar de mirar hacia el interior del local en el que se adivinan lentos movimientos de invisibles camareros que agotan hasta el último minuto de paz antes de abrir las puertas a un nuevo ajetreo de cafés. Si, por el contrario, me retraso, ya se ha sentado en la mesa, siempre la misma, junto a uno de los grandes ventanales, despachando un delicioso café capuchino acompañado por un par de crujientes churros. A menudo, llego a la altura del café en el momento justo que acaba de echar el azúcar y comienza a darle vueltas con una elegante cucharilla de plata, lentamente, disfrutando del momento. La expresión de felicidad en su cara me infunde todo el valor que necesito para enfrentarme a mi particular lucha con la vida. No puedo evitar una sonrisa. Esta mujer es la constatación misma de que la felicidad se agazapa en estos pequeños detalles, apenas imperceptibles. Pero ayer no estaba.

El café es elegante y esto también contrasta con la apariencia de la mujer que ha venido alegrando todas mis mañanas del invierno. Viste un raído abrigo de color marrón y, si el frío es intenso, se rodea el cuello con una bufanda del mismo color. Lleva el pelo corto, limpio pero de corte descuidado, peinado a raya. Calza unos zapatos visiblemente usados, muy planos, de los que salen dos piernecillas delgadas que aguantan a la intemperie hasta que se abre, por fin, la puerta del café. Y su momento feliz. Pero ayer no estaba.

Hoy es martes. Esta mañana, cuando apenas me restaban unos metros para alcanzar el café, he reducido el paso. El miedo a no encontrarla ha ralentizado mi ritmo, habitualmente rápido a esta hora de la mañana. “¿Y si hoy tampoco está?”, me pregunto temerosa. “Entraré a preguntar por ella”, decido resuelta. Llego al café. Está abierto. Miro a través del cristal. La mesa está vacía.

— ¿No leyó usted la noticia en el periódico del sábado? —me pregunta la camarera más joven cuando por fin me decido a interesarme por ella —. El sinvergüenza acabó matándola —escupe con rabia la chica.

Impresionada por semejante respuesta, me precipito a buscar en Internet la prensa del sábado. Ahí está la noticia.

Un nuevo crimen machista en plena calle del centro de la ciudad. Tras cumplir condena por dos intentos de asesinato, el ex marido de JPR, consigue esta vez matarla asestándole tres puñaladas, una de las cuales le alcanzó directamente el corazón. El asesino había salido de la cárcel pocas semanas antes y sabía la costumbre de la víctima de acudir cada mañana a la misma hora a un céntrico café. Trató de huir tras el crimen pero fue detenido por la policía dos horas después.

No era yo sola quien observaba cada mañana a JPR, alguien más espiaba cada uno de sus movimientos. Y ella, ignorante de su trágico destino, daba vueltas con calma y placer, al café que cada mañana le hacía olvidar la sinrazón humana, el abuso y la violencia.

Un escalofrío me recorre la espalda.

(En memoria de todas las mujeres asesinadas, sólo por ser mujeres.)
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