¿Por dónde andas?

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De repente giras la cabeza y me miras, pero no me ves. Dudo si te queda una pizca de vista en esos ojos de un azul descolorido, cada día un poco más transparentes. Las lentes, como tú las llamabas cuando todavía eras capaz de conectar los pensamientos con las palabras, se extraviaron hace tiempo y yo desistí de buscarlas. No te hacen falta porque tampoco con ellas me ves. No me ves porque tu mirada se pierde mucho más allá de mí, mucho más allá del jardín al que te he sacado a pasear con la ilusión de que el aire fresco de la tarde te reconforte. Y aquí aguantaré hasta que me agarres del brazo —agárrate fuerte a mí, María, recitaba Enrique Urquijo en una canción inolvidable— y me apures hacia dentro, apresurando el paso y pronunciando las únicas palabras que tendrán sentido en toda la tarde: frío, frío. Y entonces volveremos a la sala de los gritos, los lamentos, las letanías interminables de tus compañeras de viaje. De un viaje en círculo por el infierno de la demencia, del que nadie vuelve jamás. Y yo me iré, sin volverme, temiendo que si te miro, entonces me veas y tus desvaídos ojos me supliquen que me quede.

Pero mientras llega ese momento, escudriño tu mirada y me hago las preguntas para las que nunca tengo respuesta. Sin embargo no puedo evitar hacérmelas, una y otra vez, sin comprender. Sin consuelo.

¿Por dónde andas? ¿En qué momento de tu vida te has quedado enganchada? ¿Qué está pasando por tu cabeza? ¿Adónde se te llevó el alzhéimer, tía querida? ¿Qué fue de aquella mujer con alma de artista a la que el mundo no le permitió vivir del arte? Y tú me sigues mirando sin verme. De pronto me acuerdo, la música es lo más difícil de olvidar. Lo leí en alguna parte, o lo escuché. Las canciones escuchadas y queridas se recuerdan durante mucho más tiempo que el resto de la vida. Como si la música se quedara pegada en el alma y sólo se desprendiera con el último aliento. Tú amabas la música. Y comienzo a cantarte las canciones que me cantabas de pequeña, acompañándote con la guitarra y yo, embobada, te escuchaba. Tengo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú. La saqué a paseo, se me constipó, la tengo en la cama con mucho dolor.

Me callo y espero algún gesto. Nada. No voy a retroceder tanto. Ensayo otro momento. Me estás enseñando a tocar. Me colocas los dedos en las cuerdas. Esta es fácil, me dices en el pasado remoto de mi adolescencia al que he acudido con la esperanza de evocar algún recuerdo que me confirme que eres tú de verdad y no un espectro andante, desconocido y frío. Vuelvo a cantar. La luna es un pozo chico, las flores no valen nada, lo que valen son tus brazos cuando de noche me abrazan. Dicen que son veinticuatro las horas que tiene el día, si tuviera veintisiete, tres horas más te querría.

Sonríes. Estás siguiendo el ritmo con los pies. Vuelvo a cantarla. La repito una y otra vez con el único afán de que te quedes en ese momento. Cuando me enseñabas a tocar la guitarra y estabas enamorada de un hombre al que abandonaste para no seguir sufriendo. Me aprietas fuerte la mano mientras sigues moviendo los pies. Quizá ahora me ves. Yo, por si acaso, no dejo de cantar. La luna es un pozo

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4 comentarios en “¿Por dónde andas?

  1. Que relato más real. Sabes que no soy de llorar pero un nudo si se me ha puesto en la garganta. Nuestra querida tía que se fue aunque respira.

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