El arte de sentir lo mismo solo con la mitad

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Es domingo. El sol de mayo recalienta ya la tierra seca tras un año sin ver el agua. Simón se pelea con la mula mecánica para arrancarle a esta tierra del demonio la ilusión de su vida: ver brotar las acelgas, las borrajas, las cebollas —de Fuentes, las mejores del mundo—, los ajos y un sinfín de frutas y verduras que cambiarán el color de su huerto. Este huerto tan querido y que tantos sudores y viajes les han costado a él y a Teresa desbrozar y limpiar de piedras. Un día tras otro cargando el coche hasta límite, bajo un sol que te aplasta contra el suelo en verano y desafiando al cierzo en invierno.

—Esto es un pedregal, Simón —le aseguraba su hijo—, de aquí no vas a sacar más que un fuerte dolor de riñones.

Pero Simón no rebló y ya en el primer año se comieron los tomates más sabrosos y las lechugas más verdes. Del dolor de riñones nadie se acordaba.

—A millón te sale cada lechuga —insistía el hijo— y las coles no digamos.

Pero este domingo de mayo a Simón no le importa que se metan con sus lechugas y sus coles. Está contento. Silba una melodía mientras recorre con su mula el huerto de punta a punta. La operación de corazón — a la que hacía años se debía haber sometido y no hizo por un miedo atroz a morirse sin cumplir su sueño— ha sido un éxito. Se siente fresco y lozano como sus lechugas, joven y feliz.

Los temblores le llegan de repente. Pero no dice nada. Continúa con su mula. Un sudor frío le recorre el cuerpo. Y para. El diagnóstico es grave, hay que actuar de urgencia. A los dos días el Ictus lo deja en estado de coma.

Vuelve a ser domingo. Dos años después. El nieto pequeño de Simón lo sigue como un perrillo faldero. Observa atentamente los movimientos de su abuelo, que no ha perdido el humor ni su fe en esta seca tierra del demonio. Con la mano derecha agarra fuerte la muleta, la hinca en la tierra y con un hábil movimiento de cadera arrastra la pierna izquierda. Un paso, otro más y otro. Ya está en medio del huerto. Tira al suelo la muleta y sin perder el equilibrio, coge el azadico que le está esperando en el suelo. Y cava. Vuelta a empezar. Tira el azadico y se agarra a la muleta. Avanza lentamente por el surco, bajo un sol de justicia, pero no desiste. El nieto le lleva la azada. Y así hasta conseguir abrir el surco entero.

—Aquí pondremos los ajos, pero ahora nos merecemos un descanso.

En el porche les espera Teresa con un porrón de cerveza con gaseosa que acaba de sacar de la nevera. Para el nieto una limonada.

—Ahora os saco el almuerzo —anuncia— y déjalo por hoy que hace mucho calor. No sea que el chico se ponga malo.

Simón no dice nada. Alcanza su sillón de lona y se deja caer. Tira la muleta al suelo. Por la camisa desabrochada asoma la enorme cicatriz que el nieto no deja de mirar, sin poder evitar apartar la vista. Al abuelo no parece molestarle en absoluto semejante costurón. Él continúa trabajando en el huerto como si tal cosa, con una sola mano, con la mitad del cuerpo paralizado, pero con todos sus sentidos pendientes de los brotes que consiguen romper esa tierra del demonio y crecer hasta hacer realidad su sueño.

Salió del hospital en silla de ruedas, siete meses después de superar el coma.

—Ya no es posible recuperarlo más —informaron los médicos—. Tendrá que resignarse a vivir en silla de ruedas. Sólo queda ayudarle en lo posible a que acepte su estado hemipléjico.

Pero Simón no lo aceptó entonces ni tenía intención de resignarse.

—Yo voy a andar, se pongan como se pongan los médicos —afirmaba contundente—. Sé que conseguiré dejar esta silla y, cuando lo consiga, vendré al hospital y le daré a este matasanos con el gayato en la cabeza.

Simón echa un trago largo del porrón y levanta la vista hacia su huerto. Sonríe satisfecho.

—Este año comeremos buenos tomates, pequeño —le informa al nieto.

 

(A Simón, in memoriam, que durante quince años dominó como nadie el arte de sentir lo mismo, solo con la mitad).