Lo que el viento se llevó

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Me voy aproximando despacio, no tengo prisa ni ganas de llegar. En el chiringuito —el mejor invento del siglo veinte, según Jesús— no me espera nadie. Y, aun así, me empeño en ir. El sol comienza a aplastarme contra el suelo. Cruzo al otro lado. Los pinos ya han crecido y puedo hacer todo el camino bajo su sombra. ¿Y por qué no he cogido la bici? Será la costumbre.

Durante los últimos veranos tú te adelantabas  y yo acudía en mi segundo escapada a la playa, sin bici esta vez, porque la vuelta la caminábamos  juntos. “Me adelanto”, me gritabas desde la puerta. Al cabo de un rato aparecía yo con la seguridad de que habrías pillado la mejor mesa; en la que se sentía la brisa del mar desde los dos lados; la que estaba estratégicamente situada, ni muy delante, al alcance del sol, ni muy detrás, escapando del bullicio de la barra que arruinaría la paz que andábamos buscando desesperadamente  en cuanto poníamos los pies en la playa. Y, por la costumbre, se ha quedado la bici en casa.

De pronto, una volada de viento está a punto de sacarme el sombrero. Hoy no podrás leer el periódico, me digo. ¿Y por qué he cogido el periódico? Será la costumbre. Desde que te agenciaste  el andador —el fabuloso “cuatro por cuatro”, con el que bromeábamos— no podías llevar el periódico. Quisiste que fuera ligero y no tenía ni asiento ni cesta trasportín. “Si me canso, me sentaré en un banco y el periódico tráelo  tú”, me decías. Y, por la costumbre, he cogido el periódico.

Ya veo el chiringuito. Cuarenta años después y sigue en el mismo sitio. Entre dos aguas. El viento levantando el sobretoldo que inútilmente trata de aliviar el sol del mediodía. Echo un vistazo desde el paseo, pero no te veo. Me acerco un poco más, hay mucha gente. Hasta que no esté encima no veré tu camisa a cuadros naranjas desabrochada hasta la mitad y tu pelo elegantemente  blanco. Me estarás esperando, impaciente, dándole vueltas al vaso vacío del cortado y vigilando un servilletero que te habrás agenciado para pisar las esquinas del periódico. El modo más eficaz de leerlo sin que se lo lleve el viento.

Tu mesa preferida está ocupada. En el chiringuito, muy animado a esta hora, no hay un hueco vacío. Deambulo entre las mesas, nerviosa e incrédula por tu ausencia. A la tercera vuelta me convenzo: no estás. La estupefacción me obliga a despertarme.

Desde que te has ido, se repite este sueño. Y es porque, en cuanto cierro los ojos, te veo en el chiringuito de Cambrils. Y yo contigo. Tú con tu cortado “escaldao”  y pelándote a brazo partido con el periódico y yo con una cerveza helada que me sabe a gloria después del enésimo chapuzón. Cuando te cansas de desdoblar las hojas una y otra vez, o de leer las noticias absurdas del mes de agosto, te quedas en silencio mirando al mar. Pero, a veces, en esos momentos, te da por hablar.

Nunca en la vida hemos hablado tanto como en los últimos veranos de Cambrils. Pero aquellas palabras se las llevó el viento —ese viento que no te permitía leer— y ya no volverán. Mientras las lanzabas al aire, mirando fijamente al mar, yo trataba de rescatarlas pero el viento, más rápido que mi memoria, solo me dejó algunas, las últimas rezagadas. Las he puesto en un papel y ahí se quedarán. El resto, arrastradas por la brisa, dormirán mar adentro hasta el fin de los tiempos.  Eso es lo que tú querías.

Qué poco hemos hablado tú y yo, papá, con la de cosas que tenías por decir.

Pero siempre nos quedará Cambrils.

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5 comentarios en “Lo que el viento se llevó

  1. Es un relato muy bonito, entrañable, me ha emocionado, yo perdi a mi padre hace mucho tiempo, pero me has transportado a esos momentos… gracias

  2. El mejor regalo que nos haces es escribir ..y con este relato compartir tu cariño hacia a tu padre. Sin duda alguna una persona excepcional.

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