Zumaia

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         “Ay, ené!” Estas dos palabras emergidas desde las profundidades de la novela de Aramburu, me transportan de inmediato a la casa de intenso olor a mar, a sardina fresca, a marmitako rico de bonito.

         Tres niños bajo una colchoneta de playa, desafiando a la lluvia para remojarse en el mar. “Que no haya bandera roja, que no haya bandera roja”, rezan los tres por lo bajo. Con la amarilla les dejan meterse, si no se  alejan mucho. Por fin la playa, ahí abajo, y los tres pares de ojos hacia la misma dirección. Una tela, medio rasgada, de un amarillo desvaído, los saluda desde lejos. Habrá baño.

         Montada en el tren Urola, desfilan las imágenes, en blanco y negro, como en el cine mudo pero con música de chistu al fondo. Urtain levantando piedras en el frontón de la plaza, el chocolate con churros de Loyola, la sidra de San Miguel, la leche recién ordeñada de Santa Clara, la tortilla de Bedua, la playa de los curas —¿o era de los frailes?—, San Telmo…¡ Zumaya!

         Los tres niños bajan saltando las escaleras, corren por la arena húmeda y lisa que han peinado las olas. La marea está baja. Cuesta llegar a la orilla. El mar picado.  Sueltan la colchoneta. Se montan encima. Acaban de inventar el surf mucho antes de conocer la palabra.

         Cuánto quisimos aquella tierra de nuestros veranos de infancia despreocupada. Aprendimos a saltar las olas del mar más bravo, a pescar cangrejos con retel en la ría, a coger caracoles tras un día entero de lluvia. Reíamos a carcajadas jugando con la pandilla:

         —“Ha venido mi agüela.

         — ¿Qué te ha traído?

         —Un abanico y por la gracia de Dios dos, una Santa Teresa que menea la cabeza, un San Andrés que menea los pies, un San Bruno que menea el culo y un San Bartolo que lo menea todo”.

         Y vuelta a empezar. Y Rafa que se confunde. Y Juan que se mea de risa. Y Joaquín que no logra aprendérselo: “Y por la gracia de dos, tres”, dice.

         No conocíamos la palabra abertzale, pero de los ojos azules de nuestro casero Iñaki, grande y pescador, se escapaba un no sé qué, que lo hacía distinto, como más fuerte, como un guerrero antiguo que esperara el momento de entrar en combate.

         Los veranos de Zumaya. La infancia perdida.

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3 comentarios en “Zumaia

  1. San Telmo, playa mágica de nuestra infancia, tan mágica que cincuenta años después acaban de grabar Juegos de Tronos.

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