Tres estrellas

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La Cascada de Kemble

Ya no hay más bises, el concierto termina dejando en el aire las notas de Emotional Dance, la delicada voz de Andrea y el sonido sobrecogedor de una trompeta al aire. El teatro se vacía pero la música permanecerá agazapada en los rincones durante muchas horas, quizá para siempre. Andrea se queda en Zaragoza esa noche y trompeta en mano, enfundada de nuevo en los vaqueros, se dirige a una fiesta de cumpleaños. Una amiga —que ha irrumpido como un obús en el camerino a felicitarla—acaba de invitarla.

         —Deja primero la trompeta en el hotel —le sugieren los músicos.

         —No hay tiempo —responde la sonrisa de Andrea—, además, me gusta llevarla conmigo.

         Irene lleva toda la tarde firmando libros. La presentación del Silbido del Arquero, ha sido un éxito. Está cansada, pero no quiere perderse la fiesta de cumpleaños de esta chica de la que últimamente tanto le han hablado, “canta como los ángeles, y es tan joven”. A última hora, ha recibido una cariñosa invitación, de una amiga común y no quiere perder la ocasión de conocerla, justo el día en el que Beatriz cumple dieciocho años. Con un ejemplar bajo el brazo se encamina a la fiesta.

         Beatriz está emocionada con su fiesta en la que “tendrás que cantar aunque sea un poquito”, se han empeñado sus amigas. No sabe a quién se va a encontrar. Sus amigas llevan haciéndose las misteriosas durante semanas pero no ha conseguido sacarles ni una palabra. Por si acaso, porque se teme lo peor, por si se les ha ocurrido invitar a algún genio —como ya le hicieron en una ocasión—, lleva toda la tarde ensayando a la guitarra sus mejores temas. Repite una y otra vez City of Stars. Algo se le mueve por dentro cuando la canta.

         Los abrazos, las felicitaciones, la música, la tarta, las velas, el champagne, los brindis, la gente…, toda la gente que quiere. Nadie falta. Beatriz abraza a sus amigas, “gracias, chicas, gracias chicas”, va repitiendo a cada rato, dando vueltas. De repente se calla la música y, desde uno de los rincones, surge una voz dulce que habla de los amores de Eneas y Elisa en la época romana. Es Irene Vallejo que habla, ante un grupo embelesado,  del libro que acaba de presentar esa misma tarde. Esta joven mujer, sabia, que se mueve por el mundo de los clásicos con esa soltura de quien lleva años de estudio y horas de dejarse los ojos en bibliotecas rebuscando legajos antiguos, asegura que esta civilización, heredera de los griegos y los romanos, está a punto de saltar por los aires.

         De pronto, los acordes de una guitarra y la voz de Beatriz, de Beatriz Gutiérrez, Begut, se superponen a la voz de Irene que se calla al instante para escuchar sobrecogida City of Stars. Los dieciocho años recién cumplidos de Beatriz se apoderan del aire y de los invitados que, poco a poco, rodean a Begut, con la boca abierta, sin terminar de creérselo.

         Sin que estuviera previsto, la trompeta de Andrea, de Andrea Motis, se incorpora al final del tema, arrancando el aplauso y los gritos de todos los presentes que, absolutamente conmovidos, solicitan una y otra más. La velada se alarga hasta el amanecer. La trompeta, la guitarra y las voces de Andrea y Begut se van superponiendo, con sus estilos distintos, pero con una suerte de complicidad que arrebata. De vez en cuando, el “silbido del arquero” atraviesa el aire e Irene sonríe. Es, simplemente, magia.

         ¿Quién dijo que todo está perdido?, dice la canción de Fito Paez, Yo vengo a ofrecer mi corazón. Tres estrellas brillan con luz propia. Tres estrellas que nos hacen más fácil la vida. Y las tres, jóvenes y sabias, vienen a ofrecer su corazón.

         Me despierto con la certeza de que aún hay esperanza. Tres estrellas brillando en la oscuridad de la noche me lo confirman.

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