El arroz de los domingos.

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      Me gustaba mucho ir a su casa comer los domingos. Pero me tenía que conformar con ir uno de cada tres—solo durante el invierno pues, en verano, se comía en la piscina—. Mis dos hermanos y yo nos disputábamos el derecho de la comida de los domingos invernales y acabaron imponiéndonos turnos. Turnos rigurosos que jamás permitieron que nos saltáramos. Si uno estaba enfermo en su domingo, no iba nadie y al domingo siguiente, una vez recuperado, le volvía a tocar. Esto me enfadaba sobremanera, fuera o no la enferma, porque retrasaba una semana más mi alegría. Sin embargo, mi madre consideraba que el enfermo o la enferma iba a sufrir más pensando que alguien estaba disfrutando de lo que, por turno, le correspondía. Y lo que mi madre decidía no se discutía.

         Cuando llegaba mi domingo me despertaba por la mañana con ánimo distinto. Se me hacía mucho más llevadera la misa y la confesión semanal. Sobre todo la confesión, que la odiaba con toda mi alma. Odiaba el aliento del cura a través del ventanuco enrejado; odiaba tener que inventar pecados, al menos cinco, por contar algo; —en realidad mi pecado mayor era la mentira de la confesión entera, el cual nunca confesaba—; odiaba aguantar de rodillas hasta que me tocaba y el olor del incienso que me mareaba y revolvía mi estómago vacío.

         Pero la semana de mi turno, todo eso no importaba. Desde que ponía los pies en el suelo pensaba en el arroz de mi abuela y en las risotadas por tonterías de mi tía. Y no protestaba. Ni por tener que calzarme los zapatos nuevos de charol que me apretaban; ni por las marcas que me hacían en el pie los calcetines de perlé; ni por vestirme aquel vestido azul con volantes y flor incluida; ni siquiera por tener que caminar andando todo el paseo de Sagasta —en aquella época tristemente llamado del General Mola—. El arroz de mi abuela, me estaba esperando.

         Y allí estaba. Se abría la puerta y un delicioso aroma a arroz de pollo con pimiento rojo y una pizca de tomate, me invadía de la cabeza a los pies. No recuerdo ninguno de los segundos platos. Solo guardo en mi memoria el arroz. Aquel arroz de mi abuela que alegró, durante mi infancia, un domingo de cada tres.

         Y en este pasado invierno, lo he vuelto a recuperar. Fue cuando comenzó el frío. Era domingo. Y, desde la cocina, me llegó el mismo aroma de arroz con pollo, pimiento rojo y una pizca de tomate. Cerré los ojos y vi a mi abuela, con su delantal gris, trasteando en su cocina. Los abrí y allí estaba el arroz. El de ahora con un toque de color verde de alcachofa. El sabor, el mismo.

         El arroz de los domingos —de todos los domingos del invierno, no uno de cada tres— se ha convertido en el centro de la comida familiar. El arroz nos ha hecho felices. El mismo arroz que me devolvió los domingos felices de la infancia. Y, afortunadamente, sin tener que aguantar el aliento del cura ni el olor del incienso. Arroz laico, arroz rico.

         ¿Qué tendrá ese arroz que me reconforta el alma y nos hace reír? ¿O será, que el cocinero le pone tanto mimo al prepararlo como le ponía mi abuela?

         Eso será, porque el olor y el sabor son los mismos.