La burra del tío Pedro

Aquel día prometí no volver a montarme en un animal de cuatro patas en lo que me quedara de vida, lo cual era mucho prometer, ya que sólo habrían transcurrido siete u ocho años de, en ese momento, mi corta vida. Me lo prometí a mí misma, en voz baja, inaudible para todos los allí presentes que reían a mandíbula batiente sin reparar en mi angustia.

La promesa la cumplí durante diez años.

—Anda, móntate conmigo —me rogaba mi amiga Chus en nuestro primer viaje a Tenerife

Y así fue como rompí el solemne juramento, rindiéndome a las súplicas de Chus y a los ojos desorbitados de un lindo camello que esperaba pacientemente sentado a que yo me decidiera.

Lo mismo me ocurrió la primera vez. Que me rendí, que bajé la guardia, que me tragué el miedo que me han causado siempre los animales, por el único motivo de que no se puede razonar con ellos y eso me produce una desazón y un desconcierto que no consigo superar.

Sin embargo, aquel día de un hermoso verano, me rendí.

La finca se llamaba Priñén —o, se llama, desconozco si le han cambiado el nombre—, y estábamos pasando uno de esos veranos de la infancia que se recuerdan siempre. Hacía calor y acabábamos de darnos, mis primas y yo, un remojón en el Huecha. En estas estábamos, riendo y haciendo payasadas, cuando apareció el tío Pedro con su burra. Me alejé unos metros. La forma en que me miraba esa burra me desconcertaba sobremanera.

—Hala, venga, no seas miedica —se reía una de mis primas. La que adoraba a los perros y, por extensión, a todos los cuadrúpedos— vamos a montarnos, que nos deja el tío.

—Yo monto con vosotras dos, que tenéis poco peso —me tranquilizó el tío Pedro.

Todas las miradas estaban fijas en mí. Me acerque despacio, sin mirarle a los ojos a la burra. No quería que me adivinara el miedo. Y, en un arranque de valentía, me decidí.

Mi prima —la que me había retado— se puso delante. El tío Pedro en medio y yo detrás de él, al que me agarré con tanta fuerza que, ni con agua caliente, me habría despegado.

— ¡Arre! —gritaba el tío Pedro, a la vez que le daba suaves golpecitos.

Pero la burra no se movía.

De pronto, cuando parecía que se decidía, se sentó sobre las patas traseras, quedándose ahí clavada como diciendo: “Yo, con estos tres encima, no pienso moverme”

Todavía recuerdo las carcajadas de mis otras primas y mis tíos. Y al pobre tío Pedro, con una cría encima y haciendo esfuerzos por no aplastar a la otra.

A mi prima, peso pluma, la levantaron enseguida en el aire. El tío Pedro se bajó de un salto, pero a mí no había modo de sacarme. Una de mis sandalias rojas se había quedado enganchada en la alforja y por más que tiraban no lograban bajarme de la descarada burra. Por eso y porque era tanta la risa que les provocaba verme allí, con cara de susto sobre la burra impertérrita, que se quedaban sin fuerzas.

Al final salí, con el pie descalzo. La burra se quería quedar mi sandalia roja. Y eché a correr hasta la caseta donde mi tía preparaba la ensaladilla.

El susto no se me fue hasta el postre.

—Yo quiero molocotón

Y me daban el capricho.

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