Tocando el cielo

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Hacía tiempo que no subíamos. La última vez —veinte años después de nuestra primera vez juntos— nos quedó un sabor agridulce del que no lográbamos desprendernos del todo. Y no habíamos vuelto.

Este año decidimos volver.

—El coche tendremos que dejarlo fuera, en la embotelladora —comento, como distraída—, ¿recuerdas la última vez?

Sin embargo nadie nos paró a la entrada. Los coches campaban a sus anchas, por todo el Balneario. Nuestro querido y añorado Balneario de Panticosa. Sin embargo, prudentemente, lo aparcamos a la entrada, frente al lago.

—Pero, ¿no estaban aquí las villas? —continúo con mis preguntas retóricas.

No están las villas de la entrada. Tampoco he visto la embotelladora, caigo de repente. Levanto la vista. La casa amarilla sobrevive y detrás, sobre el muro desconchado, aún se lee: “CASA BELÍO”. Se ve que nadie se atreve con esas letras, como si estuvieran escritas con pintura indeleble. Se me antoja que ahí permanecerán para siempre, como recordatorios de una época, como testigos de una debacle inevitable.

Antes de bajar la cabeza, veo, muy a mi pesar, las ruinas de las villas de arriba: el tejado roto, las vigas medio vencidas. Y dejo de mirar. No puedo soportarlo.  De pronto, nos plantamos frente a un enorme edificio moderno. Leo: SPA. Ahora ya no son baños. Ahora se llama SPA.

— ¿No estaba aquí el Hotel Mediodía? ¿Y habrá resistido en pie Villa Antonia? ¿Y la piscina? ¿Dónde está la piscina?

Dejo de hacer preguntas porque me quedo muda cuando miro hacia la pradera. La hermosa pradera convertida en escombrera.

Y, sin ser capaces de contemplar por más tiempo nuestros recuerdos hechos trizas, entramos al Casino. El salón, el coqueto salón de baile del antiguo Casino, ahora se ha convertido en un pequeño Auditorio. Mientras Estrella Morente interpreta el Amor Brujo, acompañada por dos maravillosos pianistas, cierro los ojos y me zambullo en mis recuerdos.

El Casino vuelve a ser Casino y, en el salón, un puñado de jóvenes dispuestos a comernos el mundo, aprendemos pasos de tango. En Casa Belío jugamos a las cartas y comemos huevos fritos. Subimos hasta la Fuente de la Belleza para echarnos un trago, tapándonos la nariz. En las villas de arriba, bebemos ponche y bailamos lento. Él y yo, bajamos las escaleras, despacio, saboreando el momento. Paseamos por la orilla del lago. El frío nos obliga a retirarnos. La emoción y el deseo también.

— ¿Ciento seis o doscientos doce? —Él no hace preguntas retóricas.

— Ciento seis. Tiene baño —contesto tontamente.

Poco antes de amanecer, hemos tocado el cielo.

La última nota de Falla me devuelve a la realidad.

Para Jesús

(él ya sabe por qué)

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