El dios que ya no ampara

— ¿Sabías que Pozalmuro está a veinticinco kilómetros al oeste del Moncayo y Borja a veinticinco kilómetros al este? —me cuenta mi hermano, feliz por el descubrimiento.

A mi hermano le encanta descubrir este tipo de coincidencias, de casualidades que no son casuales, dice.

Mi padre nació en Pozalmuro y mi madre en Borja. El Moncayo por el medio, amparándolos, hasta que, como dijo el poeta, “hacia el oeste el Moncayo, como un dios que ya no ampara”. Y se alejaron de su falda.

Esta es la historia. El veintisiete de febrero de mil novecientos treinta y tres, un chaval de catorce años abandona la sombra del Moncayo y emigra a la ciudad, a Zaragoza, a buscarse la vida. A esa misma hora de ese mismo día, a una niña de diez años la arrancan de los brazos de una madre viuda que se le ha caído el mundo encima y no puede con todo. A la niña la envían a Zaragoza. Otra casualidad que no es casual.

El Moncayo ha dejado de ampararlos, por eso se van.

Pero aunque se dirigen al mismo destino, no se encuentran. Tendrán que transcurrir años hasta que se miren de frente y se reconozcan: dos seres abandonados por su propio padre, que el Moncayo tampoco fue capaz de amparar.

Otra casualidad no casual. Pero esto es otra historia.

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