De mi ventana a la suya

En el coche suena Maite Martín. De agua y fuego me viene acompañando desde hace un rato. Podría dar un pequeño rodeo y no pasar por esa calle, pero quiero pasar. Quiero mirar. Adivinar qué es lo que está ocurriendo. A la altura del número veintidós, paro el coche. Es un riesgo en una calle de tráfico intenso, pero no me importa.

Levanto la vista. Desde la ventanilla del coche veo la que fue su ventana durante tantos años. En un rápido vistazo me doy cuenta de que está completamente nueva. Miro hacia el balcón y también se ve nuevo, como recién estrenado. De pronto me fijo en la jardinera, repleta de plantas, el sueño de mi madre hecho realidad cuando la vida continúa sin ella. Y también las plantas.

Desde mi ventana miro la suya y en un instante comienzan a pasar imágenes al otro lado del cristal. Esteban sentado en el sillón y yo en el de al lado trabajando. Apenas habla ya, pero lo siento cerca. Me voy atrás en el tiempo y se ha cambiado de sillón. Porque en el otro, junto a la ventana, está Maruja. Apenas habla ya, pero la sentimos cerca. Sigo caminando hacia atrás y los veo a los dos en los mismos sillones, hablando, a ratos discutiendo, pero sintiéndose cerca. Y ya no puedo regresar más en el tiempo. La pena no me lo permite. El claxon de un coche, cuyo conductor no comprende qué demonios hago en mitad de la calle, mirando hacia una ventana del segundo piso del número veintidós de Pedro María Ric, tampoco.

Bajo la vista antes de que me salten las lágrimas. Que yo no soy de llorar.

¿Qué habrá al otro lado de su ventana?

La vida, que continúa. Sin ellos. Las plantas insultantemente verdes de la jardinera me lo confirman.

Arranco el coche.

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El merengue

Me fastidiaba sobremanera que mi cumpleaños cayera en domingo. Mi madre me miraba perpleja sin comprender mi enfado.

— ¡Vaya!, este año cae en domingo —exclamaba yo enojada mirando el calendario.

Tampoco me gustaba que cayera en jueves. Los jueves teníamos fiesta por la tarde.

Y si no caía ni en domingo ni en jueves, salía del colegio dando saltos, mi madre me agarraba con fuerza de la mano para contener mi alegría desbordada. Iniciábamos el recorrido: desde las Paulas —mi destino de estudiante becaria y pobre comenzó en la calle San Vicente de Paúl— hasta el Coso. Allí estaba la Granja Astoria con su flamante escaparate lleno de sueños dulces, inaccesibles para mí. El agua en la boca y el corazón acelerado, me volvía a asaltar la duda: ¿Se habrán terminado? Sin pensar por un día en el ahorro, hacíamos el camino de vuelta con el merengue más grande. Ni la visión del cuartel de San Agustín, al fondo, en la calle Arcadas, me aterraba ese día. Al llegar a mi  vieja casa de Barrioverde, del merengue solo quedaban los labios pegajosos y la pena  de que se hubiera acabado tan pronto.

Mi único pastel del año.

Revista Imán