RECUERDOS DE LA HIJA DE UN HOMBRE QUE VIVIÓ LA GUERRA (Para que no se nos olvide)

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Lo peor de la llegada al frente de Teruel fue el frío de aquella primera noche —me contaba mi padre—. De lo demás no éramos del todo conscientes —quizá éramos demasiado jóvenes para serlo—, pero el frío, que nos traspasaba los huesos y nos congelaba hasta el alma, sí que lo sentíamos.

El caso es que los chicos del reemplazo al que veníamos a sustituir aún estaban allí —menos los muertos en combate, a los que también reemplazábamos—. Y como ya éramos demasiados para dormir bajo techo —demasiados jóvenes arrastrados a perder la vida sin opción a elegir—, los nuevos tuvimos que dormir al raso. Imagínate, en pleno mes de enero, en Teruel y a doce grados bajo cero. Nos colocamos todos juntos, pero mi manta era muy corta y tuve que decidir si taparme los pies o la cabeza. No sé por qué, me decidí por la cabeza. A la mañana siguiente los pies no los sentía. Nunca en mi vida he pasado tanto frío. Y eso que nací en un pueblo de Soria —se sonreía mi padre.

El viaje de Teruel a Bilbao, nada más terminar la guerra, también fue una odisea —me contaba mi padre en otra ocasión—. No sé cuántas horas de viaje en un tren de mercancías. Todos juntos, ovejas y soldados. Yo tenía tanto sueño que me quedé dormido entre las ovejas y me desperté con un fuerte dolor de oído. Una oveja me había metido la pata en la oreja.

De lo que pasó entre medio de esa primera noche gélida y el viaje con las ovejas, mi padre no me contó nada. No se acordaba mucho, decía, o no quería acordarse. Seguramente no quería evocar aquellos días en los que la mayoría de los muchachos con los que compartió aquella fría noche turolense, cayeron muertos, fulminados en plena juventud. Ese recuerdo lo trastornaba Y lo arrumbó en algún remoto rincón de la memoria para no sufrir.

De lo que sí se acordaba mi padre era del impacto que sufrió cuando le comunicaron la muerte de su hermana de dieciséis años. Él todavía estaba movilizado en San Sebastián. Y también recordaba con absoluta nitidez el comentario desafortunado de su superior al verlo abatido, roto por el dolor: “Que ha hecho usted una guerra, hombre, no irá a derrumbarse ahora”

¿Cómo podía comparar ese hombre —me dijo mi padre con lágrimas en los ojos— una guerra que yo odiaba, con la muerte de mi querida hermana? Mi hermana solo tenía dieciséis años, era buena como ninguna, y yo la quería con toda mi alma.

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