Buenos días, madre

Ella sube en la siguiente parada a la mía. Todas las mañanas, a la misma hora. Por la misma puerta. Acarrea un bolso grande y un ordenador portátil colgando de cada uno de sus hombros. Es delgada, seria, el pelo perfectamente recogido. Suele vestir de negro, pantalones estrechos y zapatos de medio tacón. En pleno invierno, calza botas de cuero y anorak negro ajustado en la cintura. 

Tras pegar la tarjeta en la minúscula pantalla que registra el cobro, la recoge en el gran bolso y, en el mismo gesto, saca el móvil. No me pierdo ninguno de sus gestos. Lo hace todo lentamente, como un ritual. Busca en los contactos y se coloca el teléfono en la oreja. Espera unos segundos. De pronto cambia la expresión de su cara. Sonríe. 

—Buenos días, madre. Ya estoy en el tranvía —saluda en voz baja para no molestar al resto de los viajeros que, en absoluto silencio, se ensimisman en sus pantallas—. ¿Dormiste bien?

Y, a partir de ahí, comienza un monólogo de la madre que la hija escucha atentamente, sin interrumpirla. Intercalando únicamente un “sí” o “claro, muy bien”. La deja hablar. Solo de tanto en tanto, esboza una sonrisa. Una amorosa sonrisa de buena hija. Y poco antes de llegar a nuestra parada —ella se apea en la misma que yo—, “que pases buen día, madre”.

—Hasta la noche, madre —se despide los viernes—saldré prontito para que no se me haga muy tarde.

Y en ese momento yo imagino la ancha sonrisa de una madre contenta. En pocas horas verá aparecer a su hija. 

—Conduce despacio, hija —le dirá como todas las madres del mundo cuando sus hijos se ponen en viaje.

Así ha ocurrido durante todas las mañanas del último año. Y si algún día pierdo el tranvía, siento la pena de no poder presenciar la conversación que no escucho entre una madre y una hija amorosa. Imagino la historia. La hija está trabajando en la ciudad. Ha dejado a la madre en el pueblo. Sola. “Tú no te preocupes, que las vecinas me ayudan”, le habrá dicho. Pero la hija, sabiéndola sola, la llama todas las mañanas para cerciorarse de que se ha despertado bien y para que hable todo lo quiera. Ella la escuchará paciente porque, en cuanto baje del tranvía, ya no tendrá ni un minuto de sosiego. Trabaja en una multinacional doce horas diarias. La mayor parte de los días, come en el trabajo. En veinte minutos escasos. Y cuando llega a casa, por la noche, su madre ya está acostada. No son horas de llamarla. Los viernes, su única tarde libre, coge el coche y corre al pueblo del que su madre no ha querido mudarse. Ni siquiera cuando faltó su padre.

Pero hay otra historia posible. La hija solo tiene libertad para hablar durante el trayecto del tranvía. Un marido celoso, en el paro, detesta que hable por teléfono cuando vuelve a casa. Y ella procura no hacerle enfadar. Los viernes él tiene partida con los amigos. 

Llega el verano. Se rompe la rutina. Cambian las caras de los viajeros. Ya no suben adolescentes con sus grandes y pesadas mochilonas, que acarrean junto con kilos de sueño en los ojos. Ella cambia de horarios. Yo también. Y vuelve el otoño, destrozando la alegría de los días largos y perezosos. Recobramos el ritmo.

El primer día de trabajo, tras mis vacaciones, subo al tranvía con la ilusión de ver aparecer a la protagonista de mi historia. Necesito verla para continuar imaginando. La veo desde el cristal. Tiene la mirada perdida. Viste de negro, como siempre, pero de un negro más oscuro, si es que eso es posible en el negro. Su semblante también se ha oscurecido. No le brilla la piel. Pega la tarjeta, suena el clic, la mete en el bolso, se acomoda en el mismo lugar de siempre, pero no saca el móvil. 

Sorprendida, la miro fijamente. Ella, al saberse observada, levanta la vista del suelo.

—Se murió a mitad de verano —dirigiéndose a mí con lágrimas en los ojos—. La llevé a que viera el mar por primera vez. Y fue tanta su alegría que su débil corazón no lo resistió. Estaba muy enferma —dice al final como reprochándoselo.

Siempre supo que todas las mañanas la espiaba.

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