El pelotari

Al principio me chocaba tu afición por el frontón, papá. Practicabas la pelota vasca, aunque en casa y en el club en el que jugabas y donde transcurrió mi infancia y parte de mi juventud, siempre llamamos a este deporte pelota a mano. Y me extrañaba, sobre todo, porque yo no lograba ver la conexión entre tú y el pueblo vasco. Hasta que me enteré de que la gente de Soria, de donde procedías, era tan aficionada o más a la pelota a mano que los propios vascos, aunque estos llevaran la fama de ser los mejores. 

—En cada pueblo de Soria —me aseguraste cuando te pregunté— hay como mínimo un frontón. Y, en la mayoría, más de uno. 

Y entonces lo entendí. Y comprendí el mimo con el que metías un juego de pelotas en la maleta cuando, al llegar el verano, nos dirigíamos al norte a pasar unos días de vacaciones. —De ahí, quizá también, nuestro destino: El País Vasco—. 

Durante la temporada de los torneos, tus manos cambiaban de color. Se amorataban y se hinchaban. Al llegar a casa las ponías dentro de un balde con agua, sal y vinagre para que se bajara la hinchazón. Jugabas solo los domingos —todos los domingos jugaste, desde que tuve memoria— porque no tenías otro día libre y, más o menos hacia el jueves, las manos recobraban su aspecto y forma natural. 

—Lástima —se lamentaba mamá—, con las manos tan bonitas que tenía tu padre, de dedos largos, rectos y finos. Y, ahora, ya ves, todos retorcidos y deformes.

Y tú te reías y no te quejabas jamás del dolor inmenso que debían de provocar esas pelotas —hechas de madera de boj, ovillo de lana y piel de cabra, duras como piedras— cuando le pegabas con tu mano abierta y toda tu alma. “Clac, clac, clac”, sonaban al chocar contra el suelo y la pared del frontón. No olvidaré ese sonido jamás. ¡Cuánto amaste ese deporte!

Son las doce de un mediodía de junio. El calor sofocante derrite el cemento del frontón. Cuatro hombres vestidos de blanco y cinturones rojos y azules se juegan la final del torneo. Una final reñida entre dos de las mejores parejas del club. Tú eres uno de los jugadores, el más veterano. Tu pareja, un hombre joven al que le sacas casi cuarenta años. Juegas de zaguero y él de delantero. El partido está empatado a 21 puntos. A tu pareja le toca sacar. ¡A morir! No puedo quitar la vista del sudor que resbala por tu frente y empapa la camiseta blanca. Cierro los ojos y cruzo los dedos. El golpe seco me los abre. El delantero rival devuelve el saque. Un golpe duro y fuerte. Y, entonces, le gritas a tu compañero, que corre hacia atrás tratando de atrapar a pelota. “¡Voy!” y con una impresionante habilidad la golpeas con efecto de tal modo que, tras chocar contra el frontón, cae muerta. Ninguno de los otros dos logra llegar a tiempo: 22-21. 

La sonrisa te estuvo bailando en la cara una semana después de recoger la copa de campeones. Fue tu último campeonato. Tenías ochenta años.

(Un recuerdo de mi padre en el día que cumpliría ciento un años)

La cigarra y las hormigas

Begoña era la más pequeña del grupo —de estatura, pues todas tenían la misma edad—, la más seria, la más responsable y la más tímida. Y, a causa de su timidez, odiaba salir a la pizarra a contestar las preguntas de la maestra o a leer en voz alta. Y eso que siempre sabía las respuestas y leía con soltura y buena entonación. Pero, en cuanto la maestra levantaba la mirada y comenzaba a avanzar por el pasillo con el libro de lectura en mano, echaba a temblar, cerraba los ojos y deseaba con todas su fuerzas que pasara de largo. Hasta que sentía ese penetrante y empalagoso perfume y, abriendo los ojos, temerosa, veía los zapatos grises de cordones, que no abandonaban jamás los pies de la maestra, pararse junto a su mesa. 

—Continúa tú, María Begoña, desde aquí —le señalaba con el dedo índice. 

Y Begoña se levantaba despacio, con rencor disimulado por tener que leer  en voz alta y por que la llamara María Begoña, sabiendo que a ella le gustaba el nombre de Begoña, así, desnudo, sin el acompañante de María que también detestaba.

Y por eso no se alegró, como sus compañeras, por ser una de las elegidas para representar el cuento de La cigarra y la hormiga. Pero de nuevo disimuló y mostró un entusiasmo que no sentía solo por complacer a su madre, que estaría encantada al ver a su tímida hija superar sus miedos sobre un escenario. 

Comenzaron los ensayos. Ella era una de las insignificantes y laboriosas hormigas. Cigarra, solo había una y era el papel que más le gustaba a Begoña, pero entendía que lo representara Andrea, la niña más alta y con más desparpajo de toda la clase. En cada ensayo, Begoña la miraba embelesada. Y observándola a ella, fue superando el miedo que le encogía el estómago. Y, poco a poco, le encontró la gracia a eso de hacer teatro. Sin embargo, se le apoderó una aversión irracional por las hormigas. No se divertían jamás y estaban siempre como enfadadas, todo lo contrario de la cigarra Andrea, que cantaba alegre y reía sin parar.

Y cuando más contagiada estaba del entusiasmo teatral, sucedió el incidente. Margarita, su compañera de pupitre, no participaba del cuento. Estaba castigada por algo que Begoña ni recordaba. Y, Margarita, envidiosa por naturaleza, se inventó un chisme. Acusó a Begoña de haberle escondido el cuaderno de las cuentas, motivo por el cual no había podido hacer la tarea encomendada por la maestra. 

—Yo no se lo he escondido —se defendía Begoña, atónita por la acusación.

Pero el cuaderno apareció dentro del pupitre de Begoña y fue la prueba que no supo explicar ni rebatir.

A Begoña le quitaron de golpe el papel de hormiga, la alegría de ver cada tarde actuar a la cigarra Andrea, la oportunidad de demostrarle a su madre que estaba superando sus miedos y la fe en la justicia. A sus siete años.

Ha pasado mucho tiempo y sigue odiando a las hormigas. Por aburridas, envidiosas y gregarias.

Encuentro literario en el Centro Soriano de Zaragoza

Ayer, viernes, 10 de enero fue una jornada de esas que una recuerda, rodeada de gente que te trasmite emociones y afectos, en el encuentro literario en torno a EL PULSO DE MI SANGRE, en el CENTRO SORIANO DE ZARAGOZA . Gracias Fernando, Luis, Marimar, Jesús Ángel y tantas otras personas por disfrutar juntos de tan hermosa velada literaria. Y gracias por leer tan extraordinariamente bien mis textos.

Cuento de Navidad

Inma odia el olor que desprenden las paredes de ese colegio triste y gris. Este es su tercer curso viviendo allí. Y no consigue desprenderse de la sensación de estar encerrada en una especie de cárcel para niñas. Acaba de cumplir catorce años. Es una más de las internas que — gracias a una beca— han de soportar la apestosa comida y la absurda disciplina de unas monjas que se les llena la boca hablando de “caridad cristiana” pero no tienen ni idea de lo que significa justicia social. El trato que ella recibe —por ser pobre, está convencida— nada tiene que ver con el de sus compañeras externas, cuyos padres pagan una buena cantidad cada mes por la educación de sus hijas. Ellas no tienen la culpa. Las monjas sí.

Solo falta una semana para las vacaciones de Navidad, pero Inma todavía no sabe si podrá ir a casa. Su pueblo está lejos. Su padre enfermo y su madre tiene el dinero justo para dar de comer a sus dos hermanas pequeñas y pagar las medicinas del padre. En la última carta, su madre, muy apesadumbrada, le anunciaba que, de no producirse un milagro, no podrá enviarle el dinero para comprar el billete de autobús. Por otra parte, asegura la madre, “tú estás mejor ahí con las monjitas que en esta casa en la que no huele sino a enfermedad y miseria”. Lo que su madre no sabe es el olor a rancio que impregna todo el colegio y que Inma aborrece con toda su alma.

Con rabia y lágrimas en los ojos, rompe la carta en pedacitos pequeños y, en el mismo momento que la tira a la basura, se le instala un nudo en el estómago que apenas le permite probar bocado. La comida también la tira, tras esconderla en el bolsillo de la bata —las monjas les tienen prohibido dejar nada en el plato— que  lava cada noche para que no se noten las manchas de grasa.

Es sábado por la mañana. Las clases están vacías y silenciosas. En las habitaciones de las internas, por el contrario, reina la alegría y una suerte de algarabía por los preparativos de las vacaciones. Sus compañeras están ya haciendo las maletas para volver a casa a disfrutar de la Navidad, buenas comidas, regalos y muchos abrazos cariñosos. Inma añora los abrazos, lo demás no le importa.

Como no puede soportar la euforia de sus compañeras, ha salido a vagar por los pasillos desiertos, a llorar en silencio su negra suerte. Y entonces la ve. La nueva profesora de gimnasia —su profe favorita por ser distinta a todas las anteriores, por que se preocupa por ellas y por sus métodos innovadores— está hablando con la directora. Inma se esconde en un recodo del pasillo y escucha una sola frase: “si sus padres me dan permiso, la llevaré conmigo”.

El permiso llegó dos días después. La monja directora encogió la nariz pero no se negó. Inma pasó las navidades junto al mar, con su profe preferida y su madre, una señora de pelo blanco y sonrisa permanente.

De vez en cuando, la vida, como dice el poeta Serrat, toma contigo café y está tan bonita que da gusto verla.

No todo está perdido

Han transcurrido cuatro meses y Nerea no ha recuperado la movilidad de las piernas. Tanto tiempo caminando —casi treinta años— sin ser consciente del milagro: que sus dos piernas se movían, una después de la otra, en perfecta armonía, sin pensar.

¿Cómo es posible que nunca se hubiera parado a pensar en lo maravilloso que es caminar? Puedes desplazarte de un lugar a otro sin ayuda de nadie. Caminar, caminar y caminar hasta que te alcancen las fuerzas.

Caminar por el andén de una estación al encuentro del amigo que hace siglos que no ves. 

Caminar inquieta hacia el primer trabajo, sintiendo el aleteo de mariposas en el estómago.

Caminar excitada a la primera cita.

Caminar ilusionada por los pasillos de la Facultad en el estreno universitario.

Caminar desde la casa hasta la playa en los días luminosos de agosto.

Caminar desde el vestuario hasta la cancha para jugar el primer partido de balonmano.

Caminar de la mano de la madre, temblando de pies a cabeza, a enviar la primera carta a los Reyes Magos.

Todas esas primeras veces y las miles que siguieron. Sin pensar. Sin caer en la cuenta del hecho asombroso de tener piernas. Y que se muevan. Pero no solo ha caminado con ellas. También han pedaleado sobre una bicicleta; las ha batido en la piscina, haciendo miles de largos en los entrenamientos de natación; han trepado hasta los lagos de Panticosa; han hecho el spagat en clase de gimnasia; se han cruzado para sentarse a meditar en clase de yoga y se han apretado fuerte contra su cabeza en el momento del éxtasis.

Nerea las mira y no comprende cómo no las ha valorado antes. Ahora ya no puede estirarlas como el poeta que añora a su amada… “Es una lástima que no estés conmigo…estiro las piernas como todas las tardes…” suspira Mario Benedetti en su poema Amor de tarde. Y ella se lamenta por no poder estirarlas. Ahí están, inmóviles desde hace cuatro meses y quizá para siempre.

“Hay que esperar”, dijo ayer el médico cuando la examinó. “No es definitivo”. Sin embargo, Nerea no quiere hacerse ilusiones. Cuando vio el coche que se le echaba encima a toda velocidad, se produjo un fundido en negro. El futuro negro.

Levanta la vista hasta la ventana. El sol va cayendo lentamente y se refleja en el árbol que tiene enfrente. Le gusta este momento, justo antes de que aparezca ella. Al atardecer. 

—Es hora de la rehabilitación —la fisio más guapa del hospital la recoge cada día para llevarla al gimnasio—. Tengo buenas noticias —le informa sonriendo entusiasmada—, he revisado tus gráficas y hay avances. No todo está perdido.

Nerea baja la mirada hasta sus pies y, de pronto, nota un cosquilleo en los dedos. 

Dos lagrimones le resbalan por las mejillas.

Aire de otoño

Los árboles se han vestido de amarillo de un día para otro. Sus hojas caen lentamente. Un suave viento las deposita con mimo en el suelo. Marian lleva horas sentada en el mirador de su casa viéndolas caer. Cuando ya no queda un centímetro de césped —o de lo que queda de él— a la vista, se da cuenta de que el otoño ha irrumpido en su vida. Cada año es más otoño. Cada año está más cerca el invierno. Cada año le agarra más fuerte la nostalgia. El invierno llegará y ya no habrá vuelta atrás. El frío se quedará para siempre. De pronto se acuerda de una canción de Joaquín Sabina: “El verano acabó, el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno”. Y eso es exactamente lo que le ha ocurrido a ella, que se le ha terminado el verano y, según todos los augurios, el otoño se irá en un suspiro.

Cansada de ver caer las hojas y las horas muertas, Marian cierra los ojos y retrocede un par de meses atrás. Ahí están. Todas. Las personas que quiere. Las imprescindibles. Una cálida noche de verano, la mesa en el mismo centro del jardín. Una cena exquisita bañada con vino y luces de colores. Todavía puede oír sus risas. Aún se acuerda de los chascarrillos y las anécdotas chispeantes. Pero, sobre todo, permanece fresca en la memoria su mirada cómplice. Llenita de amor. Es verano, hace calor. Es feliz. No hay sombras. No hay dudas. O ella no las ve. O las ha olvidado. O es que no hay motivo para dudar. O ella lo ignora. Y tiembla.

Vuelve a abrir los ojos. Las hojas han dejado de caer. Ya no sopla el viento. El jardín se ha cubierto con una manta amarilla. La belleza del otoño, sin embargo, no logra borrar la tristeza que se le ha enganchado en el alma. La sombra de la duda se cierne lentamente con la intención de aplastarla contra el suelo. La nostalgia de un tiempo cálido y feliz está haciendo estragos en su ánimo. Pero Marian no se deja vencer fácilmente. Aguantará las embestidas nostálgicas del otoño y los gélidos vientos invernales y volverá a reír en primavera. A reír de verdad. Con todo el cuerpo, sin sombras de duda. Haya o no motivo para dudar. Para dudar de su amor. 

Se levanta, le da la espalda al otoño y sale a disfrutar de la vida. Ha de aprovechar el tiempo que queda hasta que se instale el invierno y la paralice. “Agárrate fuerte a mí, María”, cantaba Enrique Urquijo con desesperación. Y eso es lo que Marian va a hacer: agarrarse fuerte a la vida y tratar de recuperar esa mirada del cálido verano, que se apagó al comienzo del otoño. 

Pero, de pronto, recuerda aquel “Buenas noches, mi vida”, reflejado en la pantalla de un móvil —que alguien escribió para él y Marian leyó sin querer— y regresan las dudas. 

A pesar de todo, Marian se viste de otoño y decide confiar en la vida, en la sangre que todavía corre desbocada por sus venas y en el amor que se agazapa a la vuelta de la esquina.

Y sonríe.

La maldición

Siempre me había llamado la atención el viejo caserón. Su inmensidad me impresionaba y sobrecogía. Ocupaba una extensa manzana a lo largo de prácticamente toda la calle. La fachada principal, con enormes balcones, daba a la plaza del mercado.

La puerta de entrada tenía el tamaño aproximado de dos puertas de doble hoja colocadas una encima de la otra. El edificio se veía majestuoso, sólido, de una sobriedad esplendorosa, grandioso y arrogante. Sus muros de ladrillo se mantenían impasibles y firmes, ajenos al paso del tiempo. Los grandes balcones sugerían la grandeza de otro tiempo y los amplios ventanales de la planta baja estaban protegidos con verjas de hierro que los preservaban de posibles intrusos. Si te situabas justo delante de la fachada principal del caserón, se producía un efecto óptico a causa de la empinada cuesta según el cual la casa crecía y se ensanchaba y tú te sentías cada vez más pequeña.

De cualquier modo me fascinaba por su desproporción casi ridícula en la calle tan estrecha de uno de los pueblos que más azota el viento del Moncayo en invierno. Y por su aspecto al tiempo mágico y espectral.

Hubo un tiempo que en la casa vivía gente rica. Por el pueblo corría una leyenda sobre la maldición que recayó sobre sus dueños por ser herejes y no cumplir ninguno de los mandatos de la Iglesia ni de las gentes decentes. Los padres vieron cómo sus hijos morían de extrañas enfermedades ocasionadas por la vida de vicio y desenfreno de sus progenitores y por haber renegado de la fe cristiana. Sólo quedó viva una hija, que sacaron de allí. La casa permaneció cerrada durante décadas. “Está maldita, aseguraban”. Una nieta la heredó.

La vi desde lejos y observé su ritmo lento, la cadencia de sus movimientos, el ir y venir de sus ojos de izquierda a derecha, su media sonrisa, su cabeza levemente ladeada, en cada mano sendas bolsas de viaje de color camello y una ajada mochila de cuero colgando de la espalda. Pero lo que más me chocó fue su particular indumentaria: un vestido tipo túnica de vivos colores que arrastraba por el suelo.

Al pasar a mi lado pude ver sus ojos, de un negro intenso, como su pelo, sus manos huesudas, sus rasgos de un cierto corte oriental y pude sentir su olor diferente, algo exótico, como toda ella. Tras su paso quedó suspendida en el aire una rara sensación que me turbó.

Al llegar al viejo caserón se detuvo, depositó una de las bolsas en el suelo y abrió la puerta. No pude evitar mirar y un escalofrío me recorrió la espalda. Antes de entrar, la nieta heredera se volvió y me dedicó una extraña sonrisa que me paralizó.

Esa noche nadie del pueblo durmió. Gritos espeluznantes y un fuerte olor a azufre lo impidieron. A la mañana siguiente, el gran portón de la entrada estaba abierto. En el salón yacía muerta la nieta heredera sobre un gran charco de sangre. Nunca se supo qué ocurrió pero hay quien dice que esa noche vio venir a las brujas desde Trasmoz .

El viejo caserón fue derrumbado semanas después pero el olor a azufre no hay modo de hacerlo desaparecer.

(Publicado por la revista literaria IMÁN en su nº21, el mes de noviembre de 2019)

Cuando la poesía te salva

Olivia se levanta cada día a las seis, a veces incluso antes. Con los ojos entreabiertos, tropezando con los muebles, golpeándose las rodillas con las puertas, llega al baño. La luz insoportablemente blanca del baño recién estrenado le hiere los ojos y tiene que volver a cerrarlos. Los vuelve a abrir con precaución, poco a poco, prometiéndose que algún día aprenderá a ducharse con los ojos cerrados.

A Olivia le cuesta volver a este mundo. Regresar desde una noche plagada de sueños y fantasías, le cuesta una enfermedad cada mañana. Se le antoja que habita en dos realidades distintas, la de la noche, luminosa y feliz, viviendo historias sin fin, y la terriblemente gris de su día a día. Por eso le resulta tan espantoso tomar conciencia de su solitaria, triste y rutinaria vida.

Tras cruzar dos puentes, transbordar del autobús al tranvía y caminar un buen trecho, consigue llegar al trabajo a tiempo. Durante el largo recorrido tiene tiempo de conformarse con su suerte.

Un día más.

Tampoco está tan mal”, trata de convencerse. Al fin y al cabo, tiene un trabajo —rutinario y aburrido hasta doler, pero un trabajo—, que le permite mantenerse, sin lujos, pero sin carencias. No todo el mundo puede decir lo mismo. Y así comienza la jornada, resignada en su destino. Sabiendo que, al volver a casa, le morderá la soledad.

Un día más.

Pero hoy, ve algo en la calle principal de su ciudad que le llama la atención. Cada cincuenta metros han colocado unos paneles verdes. Hay algo escrito, trozos de poemas. Y van firmados.

Se acerca a uno por azar y lo lee: HAS OLVIDADO QUE EL AMOR VA LENTO. TE VOLVISTE PIRÓMANA, QUEMANDO TODO AQUELLO QUE IBA DE TU CUERPO HACIA ADENTRO” . Lo firma: Mar Panzano.

Se acerca al siguiente: PÓSTUMA. NOS FALTA UN PESPUNTE. LAS AGUJAS NOS LAS CLAVAMOS. EL HILO LO PERDIMOS”. Firmado: Vicósmica.

De pronto lo comprende. Es ella la que le habla, parapetada tras la poesía. ¡Cuántas veces le habló desde un poema! Y ella no lo entendió. Sin embargo, la ha visto llorar detrás de las poesías de la calle, dejadas a la intemperie, sin protección alguna, como ella la dejó.

Llorando, saca el móvil del bolsillo y marca su número.

Soy yo”.

Los amantes del ibón

Llegaron separados. Él conduciendo un todo terreno cubierto de polvo, como acaban los coches tras el recorrido por una pista forestal. Aparcó descuidadamente y bajó del vehículo mirando de un lado a otro, como si buscara a alguien. Se le veía nervioso. Vestía botas de monte, pantalón y camisa color caqui y un chaleco acolchado que estaba de más en una tarde excepcionalmente cálida de principios de octubre. Saludó con un ligero movimiento de cabeza y se sentó en la mesa junto a la mía. Pidió una cerveza y esperó. Sin hacer nada. Sin echar siquiera un vistazo al móvil que dejó encima de la mesa con la pantalla vuelta hacia abajo.

La terraza del único bar del pueblo que permanecía abierto comenzó a llenarse de clientela. Los habituales de cada día. Se ve que era el lugar de reunión al terminar la jornada. El silencio de primera hora de la tarde dejó paso a voces y risas animadas delante de un montón de cervezas frías. La noche comenzaba a caer. Y él continuaba inmóvil, la mirada fija en la carretera. La mandíbula en tensión.

Momentos antes de anochecer apareció ella. En un descapotable. Un pañuelo atado al cuello le cubría la cabeza. Me recordó a unas antiguas fotos de mi madre y mi tía con sus pañuelos en la cabeza para combatir el cierzo y el frío. Aparcó cuidadosamente al otro lado de la carretera. De reojo vi la luz que se prendió en los ojos de él y cómo relajaba el gesto de la boca. Ella descendió despacio del elegante coche. Unas piernas largas enfundadas en medias color champagne acallaron las voces y las risas de la terraza. Él se levantó, cruzó la carretera lentamente y cogiéndole la cara con las dos manos la besó en la boca. Un beso tan de película que a punto estuvo de arrancar el aplauso de los que observábamos la escena desde la terraza del bar.

Enlazados por la cintura, la cabeza de ella apoyada en el hombro de él, cruzaron la carretera y se sentaron en la mesa junto a la mía. Ella cogió la botella y se bebió la media cerveza que quedaba. Hasta ese momento no habían intercambiado ni una sola palabra. Se miraban a los ojos. Sonreían. Se acariciaban las manos. Finas las de ella y con las uñas impecablemente pintadas del mismo rojo que el carmín de los labios. Las de él, grandes y toscas, acumulaban horas de trabajo duro en el campo.

Al cabo de unos minutos apareció el camarero con un par de bocadillos, una botella de vino tinto y dos copas. Durante todo el tiempo que les llevó despachar los bocadillos y la botella entera de vino no emitieron frase alguna. Era como si ya se lo hubieran dicho todo, como si las palabras fueran a romper ese momento de intimidad total, inmunes a los ruidos, las voces y las risotadas del resto de los clientes. Aislados completamente del mundo.

—Mañana subimos al Ibón, ¿no? —dijo ella en voz baja.

—Sí, mañana. Lo tengo todo preparado —contestó él en el mismo tono.

Después se levantaron y dejando un billete de cincuenta euros en la mesa, sin esperar las vueltas, se montaron en el todo terreno de él y se perdieron en la oscuridad de la carretera. El descapotable quedó allí, aparcado a la intemperie.

Al caer la tarde del día siguiente, acudí de nuevo a la terraza con la esperanza de verlos aparecer. Pero no se presentaron. Sin embargo el descapotable seguía allí. Cuando yo ya estaba a punto de irme, apareció derrapando una furgoneta blanca. Paró delante de la puerta del bar y un muchacho, de los que la tarde anterior bebía cerveza en ese mismo bar, bajó precipitado y acto seguido nos informó de lo ocurrido a todos los allí presentes. Él mismo se los había encontrado. Al Andrés y a una mujer de unos cincuenta años, “la del descapotable”, decía señalando el coche al otro lado de la carretera. Estaban abrazados en la misma orilla del Ibón. Muertos. Junto a ellos, dos tubos de pastillas vacíos y una botella de Cardhu. También vacía.

—Se conoce que eran amantes —señaló a modo de explicación.

Clara

Llegó una mañana de comienzos de otoño. Atravesó nuestro pasillo sin miedo, el de las internas más peligrosas, las que nos pasábamos la vida castigadas por desvergonzadas, rebeldes y díscolas. Pero lo atravesó sin miedo.


Sabíamos que era una de ellas, de nuestras carceleras, y que venía a sustituir a la Trini, la maestra a la que volvimos loca y tuvieron que encerrar en un sanatorio. Habían tardado meses en sustituirla. Nadie quería  entrar en esa cueva de terror, como vulgarmente llamaba todo el mundo a nuestra ala maldita del reformatorio. Pero la ley les obligaba a que tuviéramos una maestra, al menos una, para que nos educara —enderezara, más bien— hasta que cumpliéramos la mayoría de edad. En ese momento nos mandarían a un lugar peor. Ese era nuestro destino. Y por alguna extraña razón, que yo nunca alcancé a comprender, decidieron cumplir esta norma de la ley, cuando no cumplían prácticamente ninguna.


Según avanzaba por el pasillo, se fueron oyendo insultos, improperios y carcajadas que hubieran helado la sangre a cualquiera que no tuviera horchata en las venas. Ella parecía tenerla. Cuando iba por la mitad del recorrido, comenzamos a tirarle bolas de papel desde las ventanas enrejadas de los cuartos-celda que daban al pasillo, pero seguía sin inmutarse. Lo raro es que iba sola, nadie de seguridad iba con ella para protegerla. Seguramente no sabía que si nuestras puertas no hubieran estado cerradas con llave, nos habríamos tirado encima para lincharla. Necesitábamos vengar la muerte de nuestra Adelita.

Ya iba para un mes que había muerto de un ataque epiléptico al que nadie prestó atención. Y no nos conformaríamos hasta que alguien pagara su muerte por desidia, abandono y crueldad. Adelita no era mala, solo estaba enferma. Pero yo sí lo era. Tenía malos sentimientos, rencor y rabia suficientes como para acabar con la primera carcelera que se me pusiera delante. Y se puso ella, Clara.

Al fondo del pasillo estaba lo que nuestras guardianas llamaban aula. Un cuartucho oscuro con mesas y sillas medio descuajeringadas y una especie de pizarra donde ya no había modo de escribir una letra sin que se hiciera pedazos la tiza.

Clara abrió la puerta y esperó. Al momento aparecieron dos guardianas, escoltadas por otros dos guardias de seguridad —a mí me enorgullecía que hicieran falta tantas precauciones para reducirnos— que fueron abriendo nuestras puertas y llevándonos a empujones hasta el aula. Llevaban porra, no nos podíamos negar. Éramos siete, cuatro cuartos en cada lado del pasillo. El octavo estaba vacío. Había sido de Adelita.

Clara, sin inmutarse por nuestras miradas amenazantes y rencorosas, hizo un gesto para que cerraran la puerta y desapareciera todo el batallón de seguridad. Los otros dudaron, pero acabaron saliendo. “Ella sabrá lo que hace”, oí comentar a una de las guardianas.

Su reacción nos descolocó. Nunca habíamos estado en el aula sin un guardián o guardiana. Pero enseguida reaccionamos. Julia agarró el bic y lanzándose hacia ella se lo puso en la garganta: “si haces lo que te digamos no te pasará nada, si no, nada tenemos que perder”, le espetó con su voz gutural. Y le largo un papel con nuestra lista de peticiones: Compresas (la primera de la lista), salir al patio, pan tierno, agua caliente en la ducha y un largo etcétera de más de veinte puntos

Clara se la devolvió sin mirarla y Julia hincó un poco más el bic. 

—Clávalo si quieres —apenas le salía la voz— pero no actuaré bajo amenaza—. Estuve aquí —añadió tras un tenso silencio.

Julia me miró y asentí. Guardó el bic. Y con ese gesto comenzó nuestra salvación. Clara cogió la lista, la leyó y la guardó en el bolsillo.

—Mañana traeré la primera petición —anunció.

Se giró y agarrando un trozo de tiza escribió con determinación y en mayúsculas: 

LECCIÓN Nº 1: EL PAPEL DE LA MUJER EN LAS REVOLUCIONES.

Y se quebró la tiza.