Los amantes del ibón

Llegaron separados. Él conduciendo un todo terreno cubierto de polvo, como acaban los coches tras el recorrido por una pista forestal. Aparcó descuidadamente y bajó del vehículo mirando de un lado a otro, como si buscara a alguien. Se le veía nervioso. Vestía botas de monte, pantalón y camisa color caqui y un chaleco acolchado que estaba de más en una tarde excepcionalmente cálida de principios de octubre. Saludó con un ligero movimiento de cabeza y se sentó en la mesa junto a la mía. Pidió una cerveza y esperó. Sin hacer nada. Sin echar siquiera un vistazo al móvil que dejó encima de la mesa con la pantalla vuelta hacia abajo.

La terraza del único bar del pueblo que permanecía abierto comenzó a llenarse de clientela. Los habituales de cada día. Se ve que era el lugar de reunión al terminar la jornada. El silencio de primera hora de la tarde dejó paso a voces y risas animadas delante de un montón de cervezas frías. La noche comenzaba a caer. Y él continuaba inmóvil, la mirada fija en la carretera. La mandíbula en tensión.

Momentos antes de anochecer apareció ella. En un descapotable. Un pañuelo atado al cuello le cubría la cabeza. Me recordó a unas antiguas fotos de mi madre y mi tía con sus pañuelos en la cabeza para combatir el cierzo y el frío. Aparcó cuidadosamente al otro lado de la carretera. De reojo vi la luz que se prendió en los ojos de él y cómo relajaba el gesto de la boca. Ella descendió despacio del elegante coche. Unas piernas largas enfundadas en medias color champagne acallaron las voces y las risas de la terraza. Él se levantó, cruzó la carretera lentamente y cogiéndole la cara con las dos manos la besó en la boca. Un beso tan de película que a punto estuvo de arrancar el aplauso de los que observábamos la escena desde la terraza del bar.

Enlazados por la cintura, la cabeza de ella apoyada en el hombro de él, cruzaron la carretera y se sentaron en la mesa junto a la mía. Ella cogió la botella y se bebió la media cerveza que quedaba. Hasta ese momento no habían intercambiado ni una sola palabra. Se miraban a los ojos. Sonreían. Se acariciaban las manos. Finas las de ella y con las uñas impecablemente pintadas del mismo rojo que el carmín de los labios. Las de él, grandes y toscas, acumulaban horas de trabajo duro en el campo.

Al cabo de unos minutos apareció el camarero con un par de bocadillos, una botella de vino tinto y dos copas. Durante todo el tiempo que les llevó despachar los bocadillos y la botella entera de vino no emitieron frase alguna. Era como si ya se lo hubieran dicho todo, como si las palabras fueran a romper ese momento de intimidad total, inmunes a los ruidos, las voces y las risotadas del resto de los clientes. Aislados completamente del mundo.

—Mañana subimos al Ibón, ¿no? —dijo ella en voz baja.

—Sí, mañana. Lo tengo todo preparado —contestó él en el mismo tono.

Después se levantaron y dejando un billete de cincuenta euros en la mesa, sin esperar las vueltas, se montaron en el todo terreno de él y se perdieron en la oscuridad de la carretera. El descapotable quedó allí, aparcado a la intemperie.

Al caer la tarde del día siguiente, acudí de nuevo a la terraza con la esperanza de verlos aparecer. Pero no se presentaron. Sin embargo el descapotable seguía allí. Cuando yo ya estaba a punto de irme, apareció derrapando una furgoneta blanca. Paró delante de la puerta del bar y un muchacho, de los que la tarde anterior bebía cerveza en ese mismo bar, bajó precipitado y acto seguido nos informó de lo ocurrido a todos los allí presentes. Él mismo se los había encontrado. Al Andrés y a una mujer de unos cincuenta años, “la del descapotable”, decía señalando el coche al otro lado de la carretera. Estaban abrazados en la misma orilla del Ibón. Muertos. Junto a ellos, dos tubos de pastillas vacíos y una botella de Cardhu. También vacía.

—Se conoce que eran amantes —señaló a modo de explicación.

Clara

Llegó una mañana de comienzos de otoño. Atravesó nuestro pasillo sin miedo, el de las internas más peligrosas, las que nos pasábamos la vida castigadas por desvergonzadas, rebeldes y díscolas. Pero lo atravesó sin miedo.


Sabíamos que era una de ellas, de nuestras carceleras, y que venía a sustituir a la Trini, la maestra a la que volvimos loca y tuvieron que encerrar en un sanatorio. Habían tardado meses en sustituirla. Nadie quería  entrar en esa cueva de terror, como vulgarmente llamaba todo el mundo a nuestra ala maldita del reformatorio. Pero la ley les obligaba a que tuviéramos una maestra, al menos una, para que nos educara —enderezara, más bien— hasta que cumpliéramos la mayoría de edad. En ese momento nos mandarían a un lugar peor. Ese era nuestro destino. Y por alguna extraña razón, que yo nunca alcancé a comprender, decidieron cumplir esta norma de la ley, cuando no cumplían prácticamente ninguna.


Según avanzaba por el pasillo, se fueron oyendo insultos, improperios y carcajadas que hubieran helado la sangre a cualquiera que no tuviera horchata en las venas. Ella parecía tenerla. Cuando iba por la mitad del recorrido, comenzamos a tirarle bolas de papel desde las ventanas enrejadas de los cuartos-celda que daban al pasillo, pero seguía sin inmutarse. Lo raro es que iba sola, nadie de seguridad iba con ella para protegerla. Seguramente no sabía que si nuestras puertas no hubieran estado cerradas con llave, nos habríamos tirado encima para lincharla. Necesitábamos vengar la muerte de nuestra Adelita.

Ya iba para un mes que había muerto de un ataque epiléptico al que nadie prestó atención. Y no nos conformaríamos hasta que alguien pagara su muerte por desidia, abandono y crueldad. Adelita no era mala, solo estaba enferma. Pero yo sí lo era. Tenía malos sentimientos, rencor y rabia suficientes como para acabar con la primera carcelera que se me pusiera delante. Y se puso ella, Clara.

Al fondo del pasillo estaba lo que nuestras guardianas llamaban aula. Un cuartucho oscuro con mesas y sillas medio descuajeringadas y una especie de pizarra donde ya no había modo de escribir una letra sin que se hiciera pedazos la tiza.

Clara abrió la puerta y esperó. Al momento aparecieron dos guardianas, escoltadas por otros dos guardias de seguridad —a mí me enorgullecía que hicieran falta tantas precauciones para reducirnos— que fueron abriendo nuestras puertas y llevándonos a empujones hasta el aula. Llevaban porra, no nos podíamos negar. Éramos siete, cuatro cuartos en cada lado del pasillo. El octavo estaba vacío. Había sido de Adelita.

Clara, sin inmutarse por nuestras miradas amenazantes y rencorosas, hizo un gesto para que cerraran la puerta y desapareciera todo el batallón de seguridad. Los otros dudaron, pero acabaron saliendo. “Ella sabrá lo que hace”, oí comentar a una de las guardianas.

Su reacción nos descolocó. Nunca habíamos estado en el aula sin un guardián o guardiana. Pero enseguida reaccionamos. Julia agarró el bic y lanzándose hacia ella se lo puso en la garganta: “si haces lo que te digamos no te pasará nada, si no, nada tenemos que perder”, le espetó con su voz gutural. Y le largo un papel con nuestra lista de peticiones: Compresas (la primera de la lista), salir al patio, pan tierno, agua caliente en la ducha y un largo etcétera de más de veinte puntos

Clara se la devolvió sin mirarla y Julia hincó un poco más el bic. 

—Clávalo si quieres —apenas le salía la voz— pero no actuaré bajo amenaza—. Estuve aquí —añadió tras un tenso silencio.

Julia me miró y asentí. Guardó el bic. Y con ese gesto comenzó nuestra salvación. Clara cogió la lista, la leyó y la guardó en el bolsillo.

—Mañana traeré la primera petición —anunció.

Se giró y agarrando un trozo de tiza escribió con determinación y en mayúsculas: 

LECCIÓN Nº 1: EL PAPEL DE LA MUJER EN LAS REVOLUCIONES.

Y se quebró la tiza.

La reina destronada

La seguí un rato con la mirada. Cojeaba ostensiblemente. Mucho más que cuando la conocí, tantos años atrás. Había engordado, ahora era una mujer gruesa. No la recordaba muy delgada pero tampoco gorda. Se la veía desaliñada. El pelo cortado como a mordiscos, reseco y arruinado por la superposición de tintes. La falda de color indefinido le colgaba un palmo más por un lado que por otro. Una blusa marrón carmelita, bastante ajada, componían un conjunto desolador. No pude verla de frente —ni quise, no tuve valor para hablarle— así que no sé si seguiría siendo la dueña de la mirada azul más sugerente y provocadora de todas las de nuestra pandilla. 

         Porque ella, Lourdes, formó parte de mi grupo más allegado de amigas durante toda mi adolescencia y juventud. Hasta que voló hacia el mundo libre que en aquel entonces, para todas nosotras, se situaba en Londres. Y le perdí la pista. Años después me contaron parte de su historia que yo nunca creí del todo. Una historia trágica de malos tratos, abandonos y vida tirada por la borda. Pero no la había vuelto a ver hasta ayer. Al verla me invadió una inmensa tristeza de la que no logro desprenderme. Ni tampoco puedo arrancar su imagen de mi cabeza.

         Lourdes era una chica risueña, simpática y ocurrente. En realidad siempre fue la líder del grupo. La reina de todas las fiestas. La seguíamos porque era la más atrevida, la que tenía las ideas más divertidas para pasar una fría tarde de domingo y, sobre todo, porque desafiaba a la autoridad en unos tiempos en los que nadie se atrevía a rebelarse. Hacia pellas. Se enfrentaba a las monjas del colegio rancio y gris en el que estudiábamos. Se relacionaba con los chicos con una suerte de soltura y camaradería envidiables. Fumaba en los baños, haciendo equilibrios sobre el inodoro. No hacía jamás los deberes. La echaban de clase cada dos por tres, por insolente y descarada. Y, sin embargo, sus notas eran buenas, aunque debían haber sido excelentes, pero su conducta le bajaba muchos puntos. Se declaraba atea. Arremetía contra la mínima injusticia.

         Siempre tenía estupendos planes para los ratos de ocio. Nunca me divertí tanto como aquellas tardes de domingo en compañía de Lourdes. A veces agarraba la guitarra y cantábamos durante horas canciones protesta en el parque. Y cuando no estaban sus padres en casa —cosa que ocurría a menudo— montaba fiestas formidables. Allí circulaba el tabaco, el alcohol y los preservativos como la cosa más natural y en la misma proporción. Lourdes era la suministradora oficial de todo. Y la principal consumidora. Junto a ella yo me sentía libre. Creaba una isla de libertad en medio de un mundo que nos asfixiaba. Era guapa, rubia y tremendamente sexy. Cojeaba ligeramente, pero ese defecto no disminuía su atractivo. Y un buen día desapareció. Se fue a Londres y no regresó. 

         Ayer seguí con la mirada a un brutal espectro de Lourdes. Y justo antes de perderla de vista, vi con asombro que entraba en una iglesia. Mi sorpresa fue tan grande que me fui detrás. Abrí la puerta con aprensión y comprobé con estupefacción cómo se arrodillaba ante un anacrónico confesionario.

         Di media vuelta y salí espantada. 

Ari

Hace dos años que cuelga el cartel de “SE ALQUILA” de la casita de enfrente. Ariadna mira cada mañana con la esperanza de que haya desaparecido el cartel. Los últimos inquilinos eran personas discretas y educadas con los que apenas había intercambiado unas cuantas frases hechas. “Buenos días”. “Parece que el tiempo va a cambiar”. “Que tengas un buen día”. La trataban de tú, lo cual la hacía sonreír. No iniciaron una relación más allá de una cordial vecindad. Pero estaban ahí. Y la luz del porche permanecía encendida toda la noche. Y eso era suficiente para Ariadna. Estaban ahí siempre. Incluso los largos meses de invierno, cuando el resto de habitantes de la pequeña urbanización (siempre le chocó la palabra “urbanización”, se le antojaba como querer ser lo que no es más que un grupo de casas sin talento y sin gracia) desaparecían sin dejar rastro hasta el verano siguiente.

Desde que los vecinos de enfrente se fueron, Ariadna se quedaba sola, añorando la luz del porche. Desde su casa no se ve el mar, pero lo intuye. Y sabe que desde la de enfrente sí se ve.Un frío día de noviembre toma una decisión: alquilará ella la casa. Pondrá la suya en alquiler y verá el mar. Pero antes de marcar el número que se sabe ya de memoria, mira por la ventana. El cartel ha desaparecido y en la puerta está aparcada una furgoneta. Sale precipitada, sin ponerse el anorak. Una ráfaga de viento le recuerda el mes. Pero no retrocede. La puerta de la casita, desde la que  se ve el mar, está abierta.”¡Hola! “. Un joven moreno, cargando una caja, se asoma. “¿Siempre hace este frío? “, pregunta sin saludar. “No, solo en invierno”, contesta Ariadna tontamente. El joven deja la caja en el suelo y se echa a reír. “Perdona”, alargando la mano, “no me he presentado: “me llamo Ari, de Aristides”. “Bienvenido, yo soy Ari, de Ariadna”. Las carcajadas se estrellan en las paredes todavía vacías. “Es una señal”, piensa Ariadna.

Verá el mar.

Luz María

Luz María vivía sola. Siempre me gustó su casita pintada de blanco, toda de blanco, incluidas puertas y ventanas. Hasta las rejas de las ventanas de arriba, las que hacían bonitos dibujos de hojas y flores, eran blancas. Delante un pequeño jardín, a rebosar de flores. Me fascinaba la buganvilla de un rosa intenso que trepaba por la fachada. En la parte de atrás un minúsculo huerto le apañaba la comida diaria.
Luz María crió cuatro hijos, ella sola. El padre de las criaturas desapareció un día y nunca más se supo. “Salieron buenos chicos”, aseguraba Luz María, “ningún problema me dieron”.
Y en cuanto se casó el último, Luz María, dejó la ciudad y se alquiló la casita blanca con huerto y jardín. Cerca de las vías del tren. Y a cien metros del mar. La ilusión de su vida.
Ella ya había cumplido. Ahora le tocaba vivir. Y eso hizo todo el tiempo que le permitió la vida.
Una mañana comenzó a dudar. No recordaba si había regado las plantas. Otro día no sabía para qué servía la tijera de podar los rosales. Una tarde sintió hambre y, de pronto, cayó en la cuenta de que se había olvidado de comer. Y se preocupó. Los síntomas continuaron cada vez de forma más evidente. Finalmente tomo una decision. Una mañana se levantó temprano, limpió a fondo toda la casa, regó las plantas, recogió los últimos tomates del huerto y salió tranquilamente. “Buenos días, Luz María”, la saludó una vecina. “Tenemos buen tiempo, ¿verdad?”. Luz María sonrió, agitó una mano y continuó su camino.
Al día siguiente, la radio local daba esta noticia: “Una vecina del pueblo se tiró ayer a las vías del tren justo cuando pasaba el AVE. Murió en el acto. Parece que se trata de la señora LMG”.
En la casa, sus desconsolados hijos, encontraron esta nota: “Me voy. No quiero molestar a nadie. Os quiere . Mamá”.

Bajo los tilos

Es efímero. Apenas dura un par de semanas. Pero tan intenso como aquel tórrido amor de verano que me emborrachó y mantuvo en éxtasis mientras duró, poco, como el aroma de los tilos, apenas un par de semanas. Pero fueron suficientes para comprobar que la vida continuaba latiendo en medio de un lugar desoladoramente frío en esos momentos: el fondo de mi alma.

A los pocos días, ese placer abrasador que invadía todos los poros de mi cuerpo, se alejó sin dejar más rastro que el recuerdo de una suerte de quemazón en la piel tras una prolongada exposición al sol. Su aroma se esfumó con él. Sin embargo, me agarré a la ilusión de encontrarlo al verano siguiente. Como el aroma embriagador de los tilos, que desde hace unos años vuelve de la mano del mes de junio. Sé que volverá en cuanto asome el verano. 

Él no volvió. Nunca más. Y ya no recuerdo su aroma, ni su encantadora sonrisa que me cautivó. Por suerte, la sensación que me quedó en el cuerpo ha regresado este año ligado a la esencia de los tilos del Paseo Independencia. Cada día me dedico a pasear bajo sus ramas, arriba y abajo del paseo. Inhalando el hechizo que me devolvió a la vida. Y en una de las vueltas me he topado con una historia que me contaba mi madre. 

“Cada domingo por la tarde, mis amigas y yo, cogidas del brazo —relataba mi madre—, paseábamos arriba y abajo del paseo para cruzarnos con los soldados, que ese día los dejaban salir del cuartel. La idea era hacer conquistas”.

La historia entera era que tenían un código por el cual se colocaba en la esquina la chica a la que le gustaba uno de los soldados. Ellos hacían lo mismo y, si al volver a cruzarse, se rozaban el brazo los que estaban interesados, es que había correspondencia. Así se hicieron novios una amiga de mi madre y un muchacho catalán que estaba haciendo la mili en Zaragoza. Impresionante.

Hace días que se ha desvanecido el perfume de los tilos. Pero regresará, este sí, el año que viene. Y yo evocaré viejas historias bajo los tilos. Aunque tú no vuelvas. 

Buenos días, madre

Ella sube en la siguiente parada a la mía. Todas las mañanas, a la misma hora. Por la misma puerta. Acarrea un bolso grande y un ordenador portátil colgando de cada uno de sus hombros. Es delgada, seria, el pelo perfectamente recogido. Suele vestir de negro, pantalones estrechos y zapatos de medio tacón. En pleno invierno, calza botas de cuero y anorak negro ajustado en la cintura. 

Tras pegar la tarjeta en la minúscula pantalla que registra el cobro, la recoge en el gran bolso y, en el mismo gesto, saca el móvil. No me pierdo ninguno de sus gestos. Lo hace todo lentamente, como un ritual. Busca en los contactos y se coloca el teléfono en la oreja. Espera unos segundos. De pronto cambia la expresión de su cara. Sonríe. 

—Buenos días, madre. Ya estoy en el tranvía —saluda en voz baja para no molestar al resto de los viajeros que, en absoluto silencio, se ensimisman en sus pantallas—. ¿Dormiste bien?

Y, a partir de ahí, comienza un monólogo de la madre que la hija escucha atentamente, sin interrumpirla. Intercalando únicamente un “sí” o “claro, muy bien”. La deja hablar. Solo de tanto en tanto, esboza una sonrisa. Una amorosa sonrisa de buena hija. Y poco antes de llegar a nuestra parada —ella se apea en la misma que yo—, “que pases buen día, madre”.

—Hasta la noche, madre —se despide los viernes—saldré prontito para que no se me haga muy tarde.

Y en ese momento yo imagino la ancha sonrisa de una madre contenta. En pocas horas verá aparecer a su hija. 

—Conduce despacio, hija —le dirá como todas las madres del mundo cuando sus hijos se ponen en viaje.

Así ha ocurrido durante todas las mañanas del último año. Y si algún día pierdo el tranvía, siento la pena de no poder presenciar la conversación que no escucho entre una madre y una hija amorosa. Imagino la historia. La hija está trabajando en la ciudad. Ha dejado a la madre en el pueblo. Sola. “Tú no te preocupes, que las vecinas me ayudan”, le habrá dicho. Pero la hija, sabiéndola sola, la llama todas las mañanas para cerciorarse de que se ha despertado bien y para que hable todo lo quiera. Ella la escuchará paciente porque, en cuanto baje del tranvía, ya no tendrá ni un minuto de sosiego. Trabaja en una multinacional doce horas diarias. La mayor parte de los días, come en el trabajo. En veinte minutos escasos. Y cuando llega a casa, por la noche, su madre ya está acostada. No son horas de llamarla. Los viernes, su única tarde libre, coge el coche y corre al pueblo del que su madre no ha querido mudarse. Ni siquiera cuando faltó su padre.

Pero hay otra historia posible. La hija solo tiene libertad para hablar durante el trayecto del tranvía. Un marido celoso, en el paro, detesta que hable por teléfono cuando vuelve a casa. Y ella procura no hacerle enfadar. Los viernes él tiene partida con los amigos. 

Llega el verano. Se rompe la rutina. Cambian las caras de los viajeros. Ya no suben adolescentes con sus grandes y pesadas mochilonas, que acarrean junto con kilos de sueño en los ojos. Ella cambia de horarios. Yo también. Y vuelve el otoño, destrozando la alegría de los días largos y perezosos. Recobramos el ritmo.

El primer día de trabajo, tras mis vacaciones, subo al tranvía con la ilusión de ver aparecer a la protagonista de mi historia. Necesito verla para continuar imaginando. La veo desde el cristal. Tiene la mirada perdida. Viste de negro, como siempre, pero de un negro más oscuro, si es que eso es posible en el negro. Su semblante también se ha oscurecido. No le brilla la piel. Pega la tarjeta, suena el clic, la mete en el bolso, se acomoda en el mismo lugar de siempre, pero no saca el móvil. 

Sorprendida, la miro fijamente. Ella, al saberse observada, levanta la vista del suelo.

—Se murió a mitad de verano —dirigiéndose a mí con lágrimas en los ojos—. La llevé a que viera el mar por primera vez. Y fue tanta su alegría que su débil corazón no lo resistió. Estaba muy enferma —dice al final como reprochándoselo.

Siempre supo que todas las mañanas la espiaba.

El silencio termina en Wisconsin

Comenzamos el paseo por la parte alta del elegante barrio. Georgetown nos espera paciente en un espléndido día soleado. Está tranquilo, no tiene prisa. Los árboles nos saludan acariciados por una suave brisa que alivia el fuego del sol, en un mes de mayo especialmente caluroso. De pronto, tengo la sensación de estar transitando por un lugar donde apenas vive nadie. Un barrio deshabitado y, paradójicamente, limpio y bien cuidado. Estamos dentro de un cuento en el que, durante la noche, cientos de duendecillos con escobas, mangueras de agua y herramientas de jardín, invaden las calles, silenciosamente, para que no quede ni una sola hoja en el suelo, ni en los parques una hierba fuera de su sitio. Para que las flores luzcan sonrientes en una sinfonía multicolor. Cuando despunta el día, los duendes se esconden en los sótanos de las casas y duermen. Y es entonces cuando nosotros nos lanzamos a pasear.

Nos trazamos una ruta como de una hora y media, fiándonos de quien ya la ha recorrido. Caminamos bajo la sombra de los magnolios, entre calles residenciales, adornadas por edificios grandiosos de estilo federal: ladrillo rojo, ventanas blancas, contraventanas verde oscuro, setos amorosamente recortados, parterres resplandecientes. Pisamos sobre unas pulcras aceras de ladrillos rojos como los de las casas. Nos cruzamos con iglesias antiguas, cementerios centenarios, parques frondosos, vistas del río y tranquilas callejuelas, escondidas de la mirada de quien no se interna hasta el fondo mismo del corazón. La paz y el silencio —roto únicamente por el canto de los pájaros— reina en unas calles que rezuman solera y buen gusto.

Y, al cabo de esa hora y media de recrearnos la vista, y sosegarnos el temple, los pies nos llevan a la Avenida Wisconsin. Se acabó la paz. Se acabó el silencio. Aquí no habitan los duendes sigilosos. Un bullicio ensordecedor nos invade y perturba el ánimo. El contraste de la paz anterior y la guerra de cláxones ansiosos por desenmarañar el inmenso atasco que se ha formado, me da el pulso exacto de una ciudad que palpita.

Tratando de huir del bullicio de una calle plagada de comercios, cafés, restaurantes y gentes con prisa, bajamos hasta la orilla del río. Contemplando el Potomac pienso que siempre nos quedará el corazón de Georgetown para soñar. Si lo que ansías es paz, no llegues hasta Wisconsin.

(Recuerdo de un fantástico viaje a Washington, en un mes de mayo casi perfecto)

Cuatro días y tres noches

Ella me lo propone y yo acepto de inmediato. Solo tenemos cuatro días. O, mejor, todavía nos quedan cuatro días. Esa playa inmensa y brillante, en un remoto rincón del Caribe, es un lugar donde una pierde el sentido. Berta y yo lo perdimos a la vez y en el mismo instante que pusimos los pies en la arena blanca, caliente y nos los acarició el agua transparente del mar más hermoso de la Tierra.

Alquilamos una cabaña. Un porche, el doble de grande que la cabaña entera, nos resguarda del sol y de la lluvia que nos visita cada tarde. Estamos rodeadas de árboles a los que no alcanzas a ver la copa. Alguna rama invade nuestra terraza en la que una hamaca colgante mece mi anhelo. La fragancia de las flores, en el camino a la playa, me emborracha como el más fuerte de los alcoholes.

Hace unos cuantos días que veo el deseo en los ojos de Berta. Los mismos días que llevo yo viviendo en un pálpito. Pero no le damos rienda suelta hasta llegar a esta playa.

El primer día, sobrecogidas, paseamos descalzas por la playa completamente desierta, protegida de turistas. Enlazadas por la cintura, chapoteando por la orilla, besándonos de tanto en tanto y sintiendo el sol y la cálida brisa, se nos incendia la piel y nos atrapa una pasión desenfrenada.

Durante el día, alimentamos el deseo que devoramos en la noche. Al caer el sol, envenenadas por el calor sofocante del Caribe, bajo una blanca mosquitera, manto protector, hacemos el amor hasta caer rendidas de puro agotamiento.

Nuestros cuerpos comienzan a recordar y nos afanamos en que no quede un solo centímetro sin acariciar, sin besar, sin morder. Todos los sentidos despiertos a la vez. El simple roce de la piel de Berta eriza la mía; el sabor salado de su sudor se me antoja la bebida más deliciosa; el olor de su sexo un  aroma embriagador y su sabor, el manjar más exquisito.

La contemplación del cuerpo rotundo y moreno de Berta, que se acopla al mío, me trastorna hasta el delirio. Sus lindas palabras de amor, susurradas en mi oído, se convierten en puro canto de sirenas.

Tres noches he permanecido nublado el entendimiento y dislocada la razón. Pero, de pronto, la dulce y sabia amante que me conduce por placeres desconocidos para mí, se desvanece tras una espesa cortina de humo.

Y me despierto.

(Relato leído el 1 de junio de 2019 en la Feria del Libro de Zaragoza en acto organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores)

RECUERDOS DE LA HIJA DE UN HOMBRE QUE VIVIÓ LA GUERRA (Para que no se nos olvide)

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Lo peor de la llegada al frente de Teruel fue el frío de aquella primera noche —me contaba mi padre—. De lo demás no éramos del todo conscientes —quizá éramos demasiado jóvenes para serlo—, pero el frío, que nos traspasaba los huesos y nos congelaba hasta el alma, sí que lo sentíamos.

El caso es que los chicos del reemplazo al que veníamos a sustituir aún estaban allí —menos los muertos en combate, a los que también reemplazábamos—. Y como ya éramos demasiados para dormir bajo techo —demasiados jóvenes arrastrados a perder la vida sin opción a elegir—, los nuevos tuvimos que dormir al raso. Imagínate, en pleno mes de enero, en Teruel y a doce grados bajo cero. Nos colocamos todos juntos, pero mi manta era muy corta y tuve que decidir si taparme los pies o la cabeza. No sé por qué, me decidí por la cabeza. A la mañana siguiente los pies no los sentía. Nunca en mi vida he pasado tanto frío. Y eso que nací en un pueblo de Soria —se sonreía mi padre.

El viaje de Teruel a Bilbao, nada más terminar la guerra, también fue una odisea —me contaba mi padre en otra ocasión—. No sé cuántas horas de viaje en un tren de mercancías. Todos juntos, ovejas y soldados. Yo tenía tanto sueño que me quedé dormido entre las ovejas y me desperté con un fuerte dolor de oído. Una oveja me había metido la pata en la oreja.

De lo que pasó entre medio de esa primera noche gélida y el viaje con las ovejas, mi padre no me contó nada. No se acordaba mucho, decía, o no quería acordarse. Seguramente no quería evocar aquellos días en los que la mayoría de los muchachos con los que compartió aquella fría noche turolense, cayeron muertos, fulminados en plena juventud. Ese recuerdo lo trastornaba Y lo arrumbó en algún remoto rincón de la memoria para no sufrir.

De lo que sí se acordaba mi padre era del impacto que sufrió cuando le comunicaron la muerte de su hermana de dieciséis años. Él todavía estaba movilizado en San Sebastián. Y también recordaba con absoluta nitidez el comentario desafortunado de su superior al verlo abatido, roto por el dolor: “Que ha hecho usted una guerra, hombre, no irá a derrumbarse ahora”

¿Cómo podía comparar ese hombre —me dijo mi padre con lágrimas en los ojos— una guerra que yo odiaba, con la muerte de mi querida hermana? Mi hermana solo tenía dieciséis años, era buena como ninguna, y yo la quería con toda mi alma.