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—Pero qué bien hueles siempre —exclamaba mi madre tras el cariñoso abrazo de su sobrino—. ¿Qué colonia llevas? 

—Normal —contestaba Javier, sin darle importancia—, de litro.

Y a mi madre le hacía gracia esta espontaneidad y franqueza del chico que se ponía colonia de “litro” teniendo a mano todas las colonias en la perfumería de su madre.

Javier, siempre que bajaba a la ciudad, pasaba a ver a su tía —mi madre— solo por el gusto y el placer de charlar un rato con la hermana mayor de su abuela. Sentados uno frente a otro, en los sillones del cuarto de estar de mi madre, Javier le iba contando sus planes y compartiendo con ella sus sueños. Lo tenía todo pensado.

—Estoy ahorrando dinero —le decía echándose mano al bolsillo donde guardaba la libreta del banco— para comprar la casa de mi abuela y reformarla.

Con una suerte de complicidad que les proporcionaba la diferencia de edad y el cariño mutuo, Javier le hablaba de su novia, entusiasmado y feliz por haber encontrado a la chica sensible que estudiaba derecho para defender a las mujeres maltratadas y ayudarlas a salir del infierno.

En lo que daba de sí la tarde, le ponía al tanto de la vida en el pueblo . Le contaba de las fiestas, del grupo de danzantes del que formaba parte, de la banda de música que dirigía su padre y su hermano tocaba el oboe y él hacía la percusión, del pub en el que trabajaba los fines de semana, de la carpintería y de un sinfín de cosas que mi madre ignoraba de su propio pueblo. Ella había salido de allí cuando era niña y apenas lo visitaba. 

Este sobrino simpático y dicharachero le traía de vuelta las noticias del lugar que ella había abandonado para siempre. Solo le contaba las buenas. Las desgracias se las callaba. Javier derrochaba optimismo y humor y esa chispa que tenía cuando contestaba a los profesores del Instituto, a propósito de la brillante estela escolar que había dejado su hermano: “Mis apellidos son los mismos, pero yo no soy mi hermano, que quede claro”.

Las tardes charlando con Javier eran para mi madre un soplo de aire fresco que llegaba directamente del Moncayo. Y, precisamente por eso, hace ahora catorce años, mi hermano y yo no sabíamos cómo darle la noticia.

—Uno de los peores momentos de mi vida —confesaba el otro día mi hermano— fue la mañana que volví del trabajo para decirle a mi madre que Javier se había ido. 

También ella se fue, unos años después, pero aquí quedamos nosotros para recordarlos. Y si es cierto lo que dicen, que nadie se va del todo mientras alguien lo recuerda, ahí dejo el recuerdo vivo de la tía y el sobrino charlando despreocupadamente sobre lo divino y lo humano.

—Y lo bien que huele este chico siempre— repetía mi madre.

Comments(2)

    • Carlos Martínez Sangüesa

    • 4 meses ago

    Y yo, que seguí llevando esa colonia… La dejaron de hacer… Los dos siempre en el recuerdo ????

    • Macamen

    • 4 meses ago

    Carlos y Javier eran sus chicos pequeños. Los quería muchísimo y ellos a ella.
    Javier y ella se fueron . Cuando el cielo está estrellado , en las más brillantes seguro están allí

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