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Al principio me chocaba tu afición por el frontón, papá. Practicabas la pelota vasca, aunque en casa y en el club en el que jugabas y donde transcurrió mi infancia y parte de mi juventud, siempre llamamos a este deporte pelota a mano. Y me extrañaba, sobre todo, porque yo no lograba ver la conexión entre tú y el pueblo vasco. Hasta que me enteré de que la gente de Soria, de donde procedías, era tan aficionada o más a la pelota a mano que los propios vascos, aunque estos llevaran la fama de ser los mejores. 

—En cada pueblo de Soria —me aseguraste cuando te pregunté— hay como mínimo un frontón. Y, en la mayoría, más de uno. 

Y entonces lo entendí. Y comprendí el mimo con el que metías un juego de pelotas en la maleta cuando, al llegar el verano, nos dirigíamos al norte a pasar unos días de vacaciones. —De ahí, quizá también, nuestro destino: El País Vasco—. 

Durante la temporada de los torneos, tus manos cambiaban de color. Se amorataban y se hinchaban. Al llegar a casa las ponías dentro de un balde con agua, sal y vinagre para que se bajara la hinchazón. Jugabas solo los domingos —todos los domingos jugaste, desde que tuve memoria— porque no tenías otro día libre y, más o menos hacia el jueves, las manos recobraban su aspecto y forma natural. 

—Lástima —se lamentaba mamá—, con las manos tan bonitas que tenía tu padre, de dedos largos, rectos y finos. Y, ahora, ya ves, todos retorcidos y deformes.

Y tú te reías y no te quejabas jamás del dolor inmenso que debían de provocar esas pelotas —hechas de madera de boj, ovillo de lana y piel de cabra, duras como piedras— cuando le pegabas con tu mano abierta y toda tu alma. “Clac, clac, clac”, sonaban al chocar contra el suelo y la pared del frontón. No olvidaré ese sonido jamás. ¡Cuánto amaste ese deporte!

Son las doce de un mediodía de junio. El calor sofocante derrite el cemento del frontón. Cuatro hombres vestidos de blanco y cinturones rojos y azules se juegan la final del torneo. Una final reñida entre dos de las mejores parejas del club. Tú eres uno de los jugadores, el más veterano. Tu pareja, un hombre joven al que le sacas casi cuarenta años. Juegas de zaguero y él de delantero. El partido está empatado a 21 puntos. A tu pareja le toca sacar. ¡A morir! No puedo quitar la vista del sudor que resbala por tu frente y empapa la camiseta blanca. Cierro los ojos y cruzo los dedos. El golpe seco me los abre. El delantero rival devuelve el saque. Un golpe duro y fuerte. Y, entonces, le gritas a tu compañero, que corre hacia atrás tratando de atrapar a pelota. “¡Voy!” y con una impresionante habilidad la golpeas con efecto de tal modo que, tras chocar contra el frontón, cae muerta. Ninguno de los otros dos logra llegar a tiempo: 22-21. 

La sonrisa te estuvo bailando en la cara una semana después de recoger la copa de campeones. Fue tu último campeonato. Tenías ochenta años.

(Un recuerdo de mi padre en el día que cumpliría ciento un años)

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