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Presentación sin título (2)

Salí de mi cuerpo dos veces. Me morí, pero regresé. 

De pronto suena en la radio mi historia. Y me pregunto quién le habrá contado a Mercedes Sosa —la cantante de mi historia— lo que a mí me sucedió. Yo jamás lo conté, por miedo a que me tomaran por loca, por vergüenza, por aprensión y por no despertar a los fantasmas.

Pero Mercedes me informa de que la conocedora de mi historia es la poeta argentina Mª Elena Walsh, la compositora de la canción que relata una parte de mi vida. Subo el volumen y escucho con atención. 

Tantas veces me mataron, tantas veces me morí

sin embargo, estoy aquí resucitando.

Y no salgo de mi asombro. Como la cigarra —así es como se titula la canción— comienza describiendo una parte de mí, la que nadie conoce. Pero ya que se ha hecho pública la relataré.

Vivíamos en el pueblo. Todavía no había cumplido los cuatro años. Lo sé porque al cumplir cuatro vinimos a la ciudad. Enfermé. La fiebre alta no me abandonaba ni de noche ni de día. Tosía. Me lloraban los ojos, enrojecidos por la conjuntivitis. Me dolía la garganta. Unas manchas blancas diminutas con centro blanco azulado y fondo rojo invadieron mi boca y me salió un sarpullido de rosetones grandes y planos que se fundían entre sí, primero en la cara y luego se extendieron por todo mi cuerpo. «Sarampión», diagnosticó el médico con cara de circunstancias. Me atacó al pulmón. La medicación que me suministraron estuvo a punto de acabar conmigo.

El sarampión era una enfermedad mortal. Y me morí. Salí de mi cuerpo. Me giré y allí estaba yo, quieta como una muerta, destacando el rojo de mi piel sobre la almohada blanca, sudando en mi camisón también blanco. Dejé mi cuerpo en la cama y salí del cuarto. Subí las escaleras tras los susurros de mi abuela. Ella y mi tía lloraban desconsoladas. «La niña se nos muere, la niña se nos muere», gemían angustiadas. La pena inmensa al verlas así, tristes, abatidas, me arrojó escaleras abajo y volví a meterme en mi cuerpo. No tuve valor para darles tremendo disgusto. 

Resucité. 

La segunda vez que me salí del cuerpo yo ya había cumplido los diecinueve. Estudiaba Derecho. La víspera de un examen de Derecho Canónico tuve un sueño clarificador. «Tengo que abandonar la religión». Pero la llevaba tan pegada a mi piel y a mi vida —gracias a mi abuela y a esa tía que lloraban tanto— que debía salirme de mi cuerpo para desprenderme de aquella mentira disfrazada de amor y que, en realidad, nos ataba con gruesas cadenas. La religión me estaba matando poco a poco y yo quería soltarme de una vez.

Abandoné mi cuerpo en la cama. Tras el examen me eché la siesta. Mi hermana dormía en la cama de al lado. Otra vez me morí, pero siendo consciente, estando despierta. Vi a mi hermana durmiendo plácidamente y me vi a mi misma desde fuera de mi cuerpo. Sentí una paz infinita. Renuncié a la religión para siempre. 

Regresé, me metí de nuevo en mi cuerpo, liberada y feliz. 

Y seguí cantando.

Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal

porque me mató tan mal que seguí cantando,

continúa Mercedes Sosa como si me conociera.

Han pasado unos cuantos años desde mi segunda muerte en vida que me liberó de quien me mataba. Y me confié. Me despisté de tal modo que no lo vi venir. Era hermoso como un Adonis, tierno, lisonjero, simpático. Me hacía reír, cedía a todos mis deseos, creí de verdad que me amaba hasta la extenuación, «hasta el infinito y más allá», me juraba. Y me confié. Solo una vez, al principio de conocerlo, creí detectar un gesto que me sobresaltó, pero lo espanté de un manotazo. No hice caso de la señal.

Y seguí cantando. 

De pronto, una mañana de un invierno triste y gris, de un gris sucio y maloliente, cesó la música. Aquel gesto que yo había detectado y en el que no puse la suficiente atención regresó. En esta ocasión me asusté de veras. Y se inició una secuencia que se repetía una y otra vez. Violencia, gritos, golpes, regalo, perdón y paz. Y vuelta a empezar: violencia, más gritos, más golpes, regalo más caro, perdón y paz. Y vuelta a empezar en un diabólico carrusel del que no me sentía capaz de bajar. 

Ya no volví a cantar.

Ha transcurrido un año desde que mi vida se convirtió en una disparatada locura que no parece tener fin.

Mercedes Sosa me ha devuelto a los tiempos en los que yo era capaz de salirme del cuerpo. 

Cantando al sol como las cigarras después de un año bajo la tierra,

igual que sobreviviente que vuelve de la guerra,

 la canción sigue imparable y mi corazón da un vuelco. «Tengo que salirme del cuerpo, huir»

Sin embargo, he perdido esa habilidad. Mi cuerpo está maltrecho, sin energía. Ya no albergo esperanza ni capacidad de reacción. 

Tantas veces me borraron, tantas desaparecí,

a mi propio entierro fui, sola y llorando.

A estas alturas de la canción yo también lloro, a lágrima viva. 

Me decido por fin. Planeo mi huida. En un último esfuerzo trato de salir del cuerpo. Una caja entera de somníferos hará el resto.

Pero esta vez no me volveré a meter.

Y me iré cantando.

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