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Desde que Alisa llegó de Ucrania con el espanto escapándose por los ojos su ilusión era jugar. Jugar a balonmano, correr, sudar, agotarse hasta caer rendida, olvidar el sonido de las bombas, el olor a azufre, el humo negro.

Ganamos la semifinal con apuros, por un solo gol. Jugaríamos la final, pero se nos empañó la euforia: nos quedamos sin la central, nuestra capitana y la mejor del equipo: lesión grave de menisco. Descartada en la final. 

Alisa, sentada en las gradas, no perdió detalle del partido. Le brillaban los ojos. Animaba con palabras ininteligibles que no comprendíamos. Al final del partido se acercó. Quería decirnos algo, pero no sabía cómo. Su mirada era triste, como desamparada.

—Alisa es jugadora de balonmano —nos informó una compañera que la entendía—. Parece ser  que en su país era buena.

La invitamos al siguiente entreno. Nos quedamos atónitas: saltaba, fintaba, tiraba a puerta con fuerza y tino, movía las piernas con rapidez. Como pudo, le explicó a la entrenadora que su puesto era de central. Nos miramos incrédulas: Alisa, como caída del cielo —aunque venía directamente del infierno— acababa de solucionar el problema. 

Llegó la final. La entrenadora removió cielo y tierra para incorporarla al equipo. Lo consiguió. El partido comenzó mal. Nunca habíamos ganado a ese equipo. Casi sin enterarnos nos llevaban cuatro goles de ventaja. Pero esta vez teníamos a Alisa. Todas nuestras esperanzas depositadas en ella. 

Y entonces ocurrió.

Un balonazo impactó en la cara de Alisa. Se desorientó por completo, aun así, agarró el balón. Conmocionada, sin saber dónde estaba comenzó a botar el balón y a correr hacia la portería: pero a la nuestra. Le gritábamos, pero no escuchaba. La portera, espantada al verla tan decidida comenzó a hacer gestos con los brazos a la vez que se desgañitaba: «¡Alisa, que soy yo!» Alisa ni la oía ni la entendía. Se plantó sola delante de la portería y tiró. La portera trató de pararlo, no llegó, aunque el balón fue a dar en el palo y salió rebotado sin entrar a puerta.

Cuando se giró cayó en la cuenta de la situación. Nosotras con las manos en la cabeza y las siete jugadoras del equipo contrario tiradas por el suelo sin parar de reír. Alisa, roja como un tomate, se moría de la vergüenza. La entrenadora la llamó para tranquilizarla y comprobar que el balonazo en la cara no le había ocasionado más estragos.

De nuevo saltó al campo con determinación y dispuesta a enmendar su error. Y lo hizo. Cada vez que le pasábamos el balón, la jugadora que la marcaba no conseguía aguantar la risa, perdía fuerza y Alisa metía un gol. Así uno tras otro. Gracias a sus goles ganamos la final. Tras el pitido final corrimos a abrazarla. 

Y fue la primera vez que Alisa sonrió. 

@ElenaLaseca

Ilustración (acuarela):  Mercedes de Echave

 

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