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—No sé qué gracia le veis a esto de comernos las uvas en la playa.

Laura insiste en su protesta. Sus rebeldes dieciséis años la empujan al reproche continuo, sea lo que sea lo que, a sus padres, con el apoyo incondicional de sus hermanos pequeños —un par de gemelos de ocho años, entusiastas sin medida— les ronde por la cabeza. 

Esta vez se han pasado. No se les ha ocurrido otra cosa que ir a la playa que frecuentan en verano a celebrar el último día del año. Y ahí están, en la misma arena, en torno a un saco de dormir que hace las funciones de mantel; doce uvas para cada uno dentro de unas preciosas copas de plástico, adquiridas en casa Canudo y que imitan el cristal a la perfección; un par de tabletas de turrón, que no piensa probar; una botella de cava catalán; cinco copas de la misma procedencia que las de las uvas, pero más estilizadas y elegantes; dos latas de fanta de naranja para los gemelos y un radiocasete —un «loro» que suena peor que mal— para escuchar las campanadas.

Laura los mira, displicente, sin salir de su asombro. Los padres tan felices y los dos niños, más insoportables que nunca, riendo y bailando alrededor del improvisado mantel, blandiendo sendas cañas y vociferando como indios. 

«El indio, eso es precisamente lo que estamos haciendo aquí».

—Venga, Laura, anímate, ya verás qué bien lo pasamos —se arriesga el padre—, no me digas que la idea no te parece original.

—No somos los únicos, mira —gritan los gemelos.

A pocos metros, un grupo de chicos y chicas ha tenido la misma idea «original». Ellos la han mejorado: están sentados en torno a una hoguera. También tienen un «loro». 

Ella les devuelve una mirada envuelta en todo el desdén que es capaz de acumular. Está pensando en sus amigas que, lejos de allí, lo estarán pasando en grande en un cotillón. En el mismo al que tenía que haber ido ella, por el que había estado ahorrando hasta el último céntimo de sus pagas y que la tontería de ir a la playa, se lo ha impedido. «Al año que viene ya veremos», le dieron por toda respuesta. «Este año nos vamos a la playa».

A Laura le encanta la playa, el mar, sumergirse y dejarse mecer por las olas, nadar sin descanso hasta desfallecer. Pero en verano, no justo en la nochevieja que prometía ser fantástica y divertida, llena de sorpresas. Está a punto de echarse a llorar de rabia cuando comienzan a sonar los cuartos.

—¡Laura, que empiezan las campanadas!

Los gemelos, a dúo, la sacan de su ensimismamiento. Se tomará las uvas —de dos en dos para acabar cuanto antes— y simulará un fuerte dolor de cabeza que la transporte al apartamento de inmediato. Su último deseo es que pase esta fatídica noche lo más rápido posible.

Tras la última campanada, comienzan unos fuegos artificiales al otro lado de la bahía. Los pillan por sorpresa. La magia de los fuegos se lleva las lágrimas de Laura antes de que broten. De pronto, todo el enfado acumulado se evapora como por ensalmo. No puede apartar la vista de las preciosas luces de colores que atraviesan el cielo y se reflejan en el mar. 

Tras la traca final, cierra los ojos durante un segundo y, al abrirlos, tiene clavada la mirada intensa de uno de los muchachos del grupo vecino. Le está sonriendo y haciéndole señas para que se acerque. Arqueando las cejas, pide permiso a sus padres, que se lo dan de inmediato, aliviados. 

La mirada intensa le pone en la mano una lata de cerveza. 

A la mañana siguiente, Laura siente que ha pasado la mejor nochevieja de su vida.

@Elena Laseca

Imagen de zaravd en Pixabay 

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