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No te gustaba cumplir años. A partir de una determinada edad —no recuerdo  cuál exactamente— decidiste que aborrecías cumplir años y que no tenías interés alguno en celebrarlo. Y cuando decidías algo no había modo de convencerte de lo contrario. “¿ A qué fin hay que celebrar que una se hace más vieja?”, decías. Y yo trataba de convencerte de que lo que celebrabas era un año más de vida. Entonces me mirabas muy seria, encogías la nariz y hacías ese gesto con la mano cuando querías cambiar de tema. Y el caso es que, hasta donde yo recuerdo, siempre celebramos tu cumpleaños. Hacías una merienda en casa y venía la familia. Cuando te cansaste de preparar tú la merienda, encargabas “saladitos” y “medias noches” en el sitio que más te gustaba: “La Flor de Almíbar” o “Fantoba” (nunca he sabido por qué esa pastelería tiene dos nombres). A pesar de tu reticencia, lo seguías celebrando.

Hoy celebraríamos —con “saladitos” o sin ellos— que naciste un veinticinco de marzo, allá por el año mil novecientos veintitrés, el día de la Anunciación. Y ese nombre te pusieron: María Anunciación. El segundo jamás lo utilizó nadie para dirigirse a ti. Cuando eras pequeña y vivías en Borja, te llamaban María. Después decidiste que María te sonaba a señora mayor: “Es que me sonaba a la señora María”, me decías. Y con ese afán tuyo de no ser vieja te lo cambiaste tú misma por Maruja. Y cuando ya eras muy mayor y no te hubiera importado que te llamasen María, resultó que se puso de moda llamar “Marujas”, de forma cruel y extraordinariamente despectiva, a las mujeres amas de casa, tildándolas de vulgares o algo así. Pero ya no había remedio. Tú eras Maruja para siempre, pero no una Maruja cualquiera, porque eras única y nada tenías de vulgar. Nada qué ver con ese retintín despectivo que no sé quién tuvo la mala idea de inventar. 

Hoy cumplirías noventa y siete. Nunca pensaste llegar a tanto. Hace ocho que te fuiste. Y, si te digo la verdad, me gustaría que siguieras viviendo. Te echo mucho más de menos de lo que ninguna de las dos hubiéramos imaginado cuando discutíamos tanto. Tú, que no discutías con nadie, excepto conmigo y con papá. 

Y ahora que no estáis ninguno de los dos, me encantaría que siguiéramos discutiendo. Y seguro que a él también. 

Felicidades, mamá. Qué bien lo pasábamos con los saladitos y las medias noches.

One Comment

    • Carlos Martínez Sangüesa

    • 3 meses ago

    Felicidades tía Maruja allá donde estés!!!!
    Y gracias por tanto.
    Besicos familia

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