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imagen relato abril

A través de la hermética ventana, Celia ve un lindo jardín plagado de plantas, árboles y flores. El jardín la lleva de la mano a través del tiempo: unas veces se presenta de un verde intenso y explotan flores de todos los colores: «ya es primavera», le anuncian. De pronto, las plantas cambian de color y se escuchan las chicharras: «llegó el verano».  No tardan mucho en caer hojas de algunos árboles: «aquí está el otoño». Un fuerte viento comienza a soplar sin piedad, la luz se desvanece: «nos visita el invierno». Y Celia deja de mirar. No le gusta el invierno de luz sucia y gris y árboles desnudos.

Celia tiene dieciséis años. Desde que cumplió los doce y un reguero de sangre se le escurrió entre las piernas —le viene pasando cada mes, más o menos— no puede salir de casa. Tampoco a un jardín sin tapia ni muro ni verja. Pero ella sabe, ella recuerda desde su síndrome de Down que detrás del jardín hay un paseo lleno de palmeras por el que camina mucha gente. Y detrás del paseo, un camino de tierra que va a parar a una playa de arena blanca y fina. Y la arena llega hasta el mar. También recuerda que el mar cambiaba de color a la par que los árboles y que el cielo se cubría con un manto sucio y gris en invierno.

Lo sabe y lo recuerda porque cada tarde recorría ese trayecto con su abuela. Y, si hacía bueno, se bañaba en el mar. Ya nunca más lo han hecho. La abuela tiene miedo, es vieja y frágil. No se siente capaz de proteger a su nieta querida, a esa niña bonita de pelo rubio y ojos expresivos y achinados. Ya no. Celia es buena, pero inocente. Cualquiera la engañaría. Optó por no dejarla salir de casa. Cuando un padre acobardado e inútil —la madre muerta en el parto— se la encomendó, juró que la cuidaría hasta desfallecer. 

Dalia, una muchacha despierta y cariñosa, las cuida a las dos. Muchas veces le ruega a la abuela que deje a Celia salir con ella. Pero la abuela tiene miedo.

Una mañana de verano, Dalia deja sin cerrar la ventana del cuarto de Celia. La ventana por la que Celia mira el jardín y recuerda todo lo demás. Se da cuenta en cuanto entra en la habitación a dormir la siesta. No se lo piensa: salta por la ventana. Corre y corre sin parar hasta alcanzar la playa. Se revuelca en la arena, se zambulle en el agua. Se le pierden las gafas. No le importa. Es feliz.

Dalia la observa desde el paseo llenito de palmeras

@ElenaLaseca

Ilustración (acuarela):  Mercedes de Echave

(Relato escrito a partir de la ilustración).

 

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