Noche de Reyes

Reyes-Magos-nombres— ¡Chiiiist!, no hagáis ruido que se despertarán los papás y nos mandarán de vuelta a la cama —trata de hacernos callar mi hermano.

Pero a mi prima y a mí nos desborda la alegría de tal manera que somos incapaces de permanecer en silencio mientras recorremos, a toda prisa, el gélido pasillo. Este año mi prima ha dormido en nuestra casa.

—Me quedo con mis primos, que sola me aburro.

Andamos de puntillas los tres, mi hermano mayor, mi prima —riéndose como siempre y dándome empujones— y yo. El pequeño, todavía muy pequeño, sigue durmiendo.

La emoción nos supera.

Los pies descalzos se nos van congelando sin enterarnos. Ni siquiera nos hemos echado por encima la bata que mi madre —con su eterna aprensión a los catarros de invierno— nos había dejado preparada a los pies de la cama.

La emoción nos supera.

—¿Y si no han venido? —Mi prima, temerosa, mira hacia la ventana.

—Todavía es de noche —sentencia mi hermano a modo de respuesta.

La emoción nos supera.

La persiana del cuarto de estar a medio cerrar. Hace tiempo que está rota. Se ha convertido en nuestra cómplice. Por el hueco entre los listones se cuela la triste luz de la farola de la calle, ¿o será la luna? Pero ese débil resplandor nos basta para alumbrar nuestros sueños hechos realidad. La mesa camilla llena de juguetes.

La emoción nos supera.

Y allí está ella, de pie, presidiendo el resto de regalos, la muñeca más bonita que he visto en mi vida. El pelo castaño, suelto, con flequillo, mirándome con sus enormes ojos y un vestido azul. Y ya no veo nada más.

Nunca llegué a saber cómo se las ingeniaban mis padres para llenar, cada noche de reyes, la mesa camilla con los juguetes que más deseábamos. Lo que sí sé es que ni una sola vez me decepcionaron.

Durante todas las noches de reyes de mi infancia me superó la emoción.

Y esperaste, papá, a que pasara esa última noche para marcharte. Para no empañar nuestra noche de reyes. Para no decepcionarnos. Y te fuiste al día siguiente.

Sin hacer ruido, no fuera que nos despertásemos.

A mi padre, que se fue hace un año,

la noche después de la noche de reyes.

6 de enero de 2018
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Seis días y siete noches


Nada más poner los pies en el aeropuerto, ya sabíamos que serían días inolvidables.

Y lo fueron.

—Hay calima —nos informa Salvador, encogiendo la nariz— y durará tres días.

Nuestras cazadoras de cuero, los pañuelos al cuello y los calcetines, que nos recalientan los pies cuando no han transcurrido ni treinta segundos, se quedan de inmediato como fuera de lugar. Salvador, con sus pantalones cortos y polo de manga corta, está acorde con el paisaje de cálida neblina y viento abrasador africano. Nosotros, no. Yo me veo como ridícula con tanta ropa, como si se me hubiera ocurrido, en pleno mes de agosto, enfundarme un jersey de cuello alto en Zaragoza.

Estamos a finales de octubre. Pero estamos en Canarias. Mientras esperamos a que salgan las maletas, me pongo a repasar mentalmente la ropa que llevo dentro. De todo el listado de prendas, apenas un par ligeras y ningún calzado. Y me río yo sola.

— ¿Y qué es lo que te hace tanta gracia?

—Nuestra falta de previsión

Tengo la sensación de haber vuelto atrás, al verano, a los días largos, a las noches cálidas, a las vacaciones, al mar, a las cervezas con tapa, a los amigos, al paraíso perdido que me trae el viento del sur. Y me invade una alegría que no me abandonará en toda la semana.

La visión del océano desde la Punta del Hidalgo, en el norte —en la misma punta, nunca mejor dicho— de Tenerife, no debería perdérsela nadie. Se te queda como clavada en la retina para siempre. Las rocas, las piscinas naturales, la vida.

Durante todo el recorrido hacia Taganana, no puedo evitar exclamar cada dos minutos, “qué maravilla”. Y tras la siguiente curva lo vuelvo a repetir, así una y otra vez hasta llegar al Roque de las Bodegas, donde nos espera un exquisito cherne a la espalda acompañado de papitas con mojo picón. La playa nos atrae como la miel a las moscas y no nos resistimos a zambullirnos para saltar olas, riendo y gritando como locos, como si, de repente, hubiéramos vuelto a la infancia.

El Puertito de Güimar, Candelaria, el vermú del sábado en La Laguna, el silencio atronador del Teide en un atardecer mágico…, cada instante es una fiesta, cada lugar un regalo. Sin embargo, nada sería igual sin ellos. Sin Salvador y Lucía el pescado pierde sabor, la Punta se ve desvaída y Tenerife se nubla.

Seis días y siete noches inolvidables, compartiendo alegrías y penas —que también ha habido— con los mejores amigos…y buen vino.

¿Qué más se puede pedir?

 

Manifiesto sobre feminismo y laicismo

Sesenta mujeres feministas de Burgos, Huesca, León, Salamanca, Segovia, Valladolid y Zaragoza nos reunimos en la Casa de la Mujer de Zaragoza, el día 21 de octubre de 2017, para analizar los vínculos ideológicos entre el feminismo (Nota 1) y el laicismo (Nota 2) y estuvimos de acuerdo en el diagnóstico.
Los principios ideológicos de las religiones y sus estructuras de poder nos afectan particularmente a las mujeres y atentan contra nuestra libertad porque fomentan una imagen tradicional y negativa de las mujeres y perpetúan la desigualdad; porque inculcan sentimientos como los de culpa y pecado que prolongan el control social sobre nosotras; porque niegan o atacan el feminismo y por lo tanto a la emancipación y autonomía de las mujeres como ciudadanas y seres humanos de pleno derecho; o porque orlan de prestigio al modelo patriarcal ante toda la comunidad.
Un estado democrático de vocación igualitaria no debería, por tanto, ofrecer un trato privilegiado ni subvencionar con el dinero de toda la ciudadanía a ninguna organización religiosa, y tiene que apostar decididamente por el laicismo.

Para avanzar en ese sentido, proponemos a todas las instituciones públicas el cumplimiento de los siguientes puntos:
1. Modificar el artículo 16 de la Constitución y declarar España como un país laico.
2. Rescindir el Concordato con el Vaticano lo que permitirá eliminar los conciertos con los colegios privados religiosos; cerrar las capillas y los puestos de capellanes de los espacios públicos (cárceles, hospitales…) y suprimir las casillas destinadas a financiación de las iglesias y de organizaciones sociales en la declaración de la renta.
3. Eliminar las religiones de la enseñanza pública por lo mucho que perjudican al feminismo y apostar por una educación transversal en igualdad y laicismo.
4. Fomentar una cultura laica con formas no religiosas de celebración de hitos y sucesos en la vida individual y pública
5. Reclamar respeto para las personas no creyentes y basar la cohesión social en lo mucho que tenemos los seres humanos en común, y no en lo que nos separa.
6. Exigimos que las instituciones públicas no organicen actos religiosos de ningún tipo y que nuestros representantes acudan a actos religiosos solo en privado y a título individual, sin revestir los símbolos de su cargo.
7. Exigimos la actuación del Estado frente a fundamentalismos religiosos y toda práctica de origen religioso que atente contra la igualdad o apoye privilegios de los hombres respecto a las mujeres.
8. Incluir en las bases de subvenciones públicas la obligatoriedad de respetar la igualdad de género y la libertad de conciencia, lo que conlleva la exclusión de actos religiosos y de proselitismo en las actividades financiadas.
9. Eliminar la simbología religiosa de los espacios institucionales y medios de comunicación públicos: imágenes, mensajes luminosos o acústicos…y sustituir el callejero de santos y santas por mujeres relevantes.
8. Implantar un calendario (laboral, escolar…) basado en los derechos y necesidades laborales o escolares, y con eventos o celebraciones relacionados con la vida natural y/o social, independientes de las celebraciones religiosas.
10. Exigimos igualdad de trato en el uso del espacio público a todas las organizaciones, tanto religiosas como laicas (solicitud de permisos, pago de tasas…).
11. Devolver las propiedades inmatriculadas por la iglesia católica al patrimonio público.

Gracias por colaborar en la difusión de este manifiesto

Nota 1. Feminismo: movimiento ideológico que tiene como objetivos la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, cuestionar la dominación y la violencia de los varones sobre las mujeres y la asignación de roles sociales según el género.
Nota 2. Laicismo: corriente ideológica que defiende la independencia de la sociedad y especialmente de las instituciones públicas y de las leyes de toda influencia religiosa o eclesiástica.

Teníamos doce años

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La madre de Manu y sus hermanas pasaban todo el verano en Lekeitio, pero él no llegaba hasta primeros de agosto, cuando regresaba del campamento. Yo, en casa de mis abuelos, no veía acercarse el momento de verlo aparecer. Nos hacía falta Manu para organizar los juegos, las excursiones y las competiciones de salto de olas. El mes de julio transcurría lento y aburrido.

El año que cumplí los doce, agosto cambió de color. Al verlo aproximarse con su sonrisa de enormes dientes amontonados (apenas podía meterlos en la boca), me dio un vuelco el corazón. Y a él también (me confesaría después). Nos separamos el quince de septiembre, un día antes de que comenzara el curso.

El servicio de correos llevó cartas de ida y vuelta entre Barcelona y Zaragoza durante todo ese curso, y el siguiente, y el otro. Pero, de repente, se cortó la comunicación. Y se acabaron los veranos de juegos, excursiones y salto de olas.  También las cartas.

Doce años después, un Manu de veinticuatro, (con los dientes impecablemente colocados dentro de la boca) hace su aparición en Lekeitio durante la fiesta del Carmen. Y mi corazón se vuelca de nuevo. Y el suyo también (me confesaría después).  Nos separamos el último día de agosto. Él, con la ilusión de su primer trabajo. Yo, con el corazón partido en dos, regresé a mi rutina.

Esta vez solo una carta, para decirme que se casa con su novia catalana. Yo me quiero morir, pero “nadie se muere de amor”, me asegura mi madre. Y sobreviví. Y conseguí, además, vivir.

Han pasado veinticuatro (dos veces doce, me digo) y Manuel (ahora ya es Manuel) ha vuelto a aparecer, en el mismo pueblo de mar, durante la fiesta de agosto. “Siempre te he querido a ti”, me miente. “Teníamos doce años”, me río.

Pero me lo creo.

Tocando el cielo

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Hacía tiempo que no subíamos. La última vez —veinte años después de nuestra primera vez juntos— nos quedó un sabor agridulce del que no lográbamos desprendernos del todo. Y no habíamos vuelto.

Este año decidimos volver.

—El coche tendremos que dejarlo fuera, en la embotelladora —comento, como distraída—, ¿recuerdas la última vez?

Sin embargo nadie nos paró a la entrada. Los coches campaban a sus anchas, por todo el Balneario. Nuestro querido y añorado Balneario de Panticosa. Sin embargo, prudentemente, lo aparcamos a la entrada, frente al lago.

—Pero, ¿no estaban aquí las villas? —continúo con mis preguntas retóricas.

No están las villas de la entrada. Tampoco he visto la embotelladora, caigo de repente. Levanto la vista. La casa amarilla sobrevive y detrás, sobre el muro desconchado, aún se lee: “CASA BELÍO”. Se ve que nadie se atreve con esas letras, como si estuvieran escritas con pintura indeleble. Se me antoja que ahí permanecerán para siempre, como recordatorios de una época, como testigos de una debacle inevitable.

Antes de bajar la cabeza, veo, muy a mi pesar, las ruinas de las villas de arriba: el tejado roto, las vigas medio vencidas. Y dejo de mirar. No puedo soportarlo.  De pronto, nos plantamos frente a un enorme edificio moderno. Leo: SPA. Ahora ya no son baños. Ahora se llama SPA.

— ¿No estaba aquí el Hotel Mediodía? ¿Y habrá resistido en pie Villa Antonia? ¿Y la piscina? ¿Dónde está la piscina?

Dejo de hacer preguntas porque me quedo muda cuando miro hacia la pradera. La hermosa pradera convertida en escombrera.

Y, sin ser capaces de contemplar por más tiempo nuestros recuerdos hechos trizas, entramos al Casino. El salón, el coqueto salón de baile del antiguo Casino, ahora se ha convertido en un pequeño Auditorio. Mientras Estrella Morente interpreta el Amor Brujo, acompañada por dos maravillosos pianistas, cierro los ojos y me zambullo en mis recuerdos.

El Casino vuelve a ser Casino y, en el salón, un puñado de jóvenes dispuestos a comernos el mundo, aprendemos pasos de tango. En Casa Belío jugamos a las cartas y comemos huevos fritos. Subimos hasta la Fuente de la Belleza para echarnos un trago, tapándonos la nariz. En las villas de arriba, bebemos ponche y bailamos lento. Él y yo, bajamos las escaleras, despacio, saboreando el momento. Paseamos por la orilla del lago. El frío nos obliga a retirarnos. La emoción y el deseo también.

— ¿Ciento seis o doscientos doce? —Él no hace preguntas retóricas.

— Ciento seis. Tiene baño —contesto tontamente.

Poco antes de amanecer, hemos tocado el cielo.

La última nota de Falla me devuelve a la realidad.

Para Jesús

(él ya sabe por qué)

La burra del tío Pedro

Aquel día prometí no volver a montarme en un animal de cuatro patas en lo que me quedara de vida, lo cual era mucho prometer, ya que sólo habrían transcurrido siete u ocho años de, en ese momento, mi corta vida. Me lo prometí a mí misma, en voz baja, inaudible para todos los allí presentes que reían a mandíbula batiente sin reparar en mi angustia.

La promesa la cumplí durante diez años.

—Anda, móntate conmigo —me rogaba mi amiga Chus en nuestro primer viaje a Tenerife

Y así fue como rompí el solemne juramento, rindiéndome a las súplicas de Chus y a los ojos desorbitados de un lindo camello que esperaba pacientemente sentado a que yo me decidiera.

Lo mismo me ocurrió la primera vez. Que me rendí, que bajé la guardia, que me tragué el miedo que me han causado siempre los animales, por el único motivo de que no se puede razonar con ellos y eso me produce una desazón y un desconcierto que no consigo superar.

Sin embargo, aquel día de un hermoso verano, me rendí.

La finca se llamaba Priñén —o, se llama, desconozco si le han cambiado el nombre—, y estábamos pasando uno de esos veranos de la infancia que se recuerdan siempre. Hacía calor y acabábamos de darnos, mis primas y yo, un remojón en el Huecha. En estas estábamos, riendo y haciendo payasadas, cuando apareció el tío Pedro con su burra. Me alejé unos metros. La forma en que me miraba esa burra me desconcertaba sobremanera.

—Hala, venga, no seas miedica —se reía una de mis primas. La que adoraba a los perros y, por extensión, a todos los cuadrúpedos— vamos a montarnos, que nos deja el tío.

—Yo monto con vosotras dos, que tenéis poco peso —me tranquilizó el tío Pedro.

Todas las miradas estaban fijas en mí. Me acerque despacio, sin mirarle a los ojos a la burra. No quería que me adivinara el miedo. Y, en un arranque de valentía, me decidí.

Mi prima —la que me había retado— se puso delante. El tío Pedro en medio y yo detrás de él, al que me agarré con tanta fuerza que, ni con agua caliente, me habría despegado.

— ¡Arre! —gritaba el tío Pedro, a la vez que le daba suaves golpecitos.

Pero la burra no se movía.

De pronto, cuando parecía que se decidía, se sentó sobre las patas traseras, quedándose ahí clavada como diciendo: “Yo, con estos tres encima, no pienso moverme”

Todavía recuerdo las carcajadas de mis otras primas y mis tíos. Y al pobre tío Pedro, con una cría encima y haciendo esfuerzos por no aplastar a la otra.

A mi prima, peso pluma, la levantaron enseguida en el aire. El tío Pedro se bajó de un salto, pero a mí no había modo de sacarme. Una de mis sandalias rojas se había quedado enganchada en la alforja y por más que tiraban no lograban bajarme de la descarada burra. Por eso y porque era tanta la risa que les provocaba verme allí, con cara de susto sobre la burra impertérrita, que se quedaban sin fuerzas.

Al final salí, con el pie descalzo. La burra se quería quedar mi sandalia roja. Y eché a correr hasta la caseta donde mi tía preparaba la ensaladilla.

El susto no se me fue hasta el postre.

—Yo quiero molocotón

Y me daban el capricho.

El arroz de los domingos.

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      Me gustaba mucho ir a su casa comer los domingos. Pero me tenía que conformar con ir uno de cada tres—solo durante el invierno pues, en verano, se comía en la piscina—. Mis dos hermanos y yo nos disputábamos el derecho de la comida de los domingos invernales y acabaron imponiéndonos turnos. Turnos rigurosos que jamás permitieron que nos saltáramos. Si uno estaba enfermo en su domingo, no iba nadie y al domingo siguiente, una vez recuperado, le volvía a tocar. Esto me enfadaba sobremanera, fuera o no la enferma, porque retrasaba una semana más mi alegría. Sin embargo, mi madre consideraba que el enfermo o la enferma iba a sufrir más pensando que alguien estaba disfrutando de lo que, por turno, le correspondía. Y lo que mi madre decidía no se discutía.

         Cuando llegaba mi domingo me despertaba por la mañana con ánimo distinto. Se me hacía mucho más llevadera la misa y la confesión semanal. Sobre todo la confesión, que la odiaba con toda mi alma. Odiaba el aliento del cura a través del ventanuco enrejado; odiaba tener que inventar pecados, al menos cinco, por contar algo; —en realidad mi pecado mayor era la mentira de la confesión entera, el cual nunca confesaba—; odiaba aguantar de rodillas hasta que me tocaba y el olor del incienso que me mareaba y revolvía mi estómago vacío.

         Pero la semana de mi turno, todo eso no importaba. Desde que ponía los pies en el suelo pensaba en el arroz de mi abuela y en las risotadas por tonterías de mi tía. Y no protestaba. Ni por tener que calzarme los zapatos nuevos de charol que me apretaban; ni por las marcas que me hacían en el pie los calcetines de perlé; ni por vestirme aquel vestido azul con volantes y flor incluida; ni siquiera por tener que caminar andando todo el paseo de Sagasta —en aquella época tristemente llamado del General Mola—. El arroz de mi abuela, me estaba esperando.

         Y allí estaba. Se abría la puerta y un delicioso aroma a arroz de pollo con pimiento rojo y una pizca de tomate, me invadía de la cabeza a los pies. No recuerdo ninguno de los segundos platos. Solo guardo en mi memoria el arroz. Aquel arroz de mi abuela que alegró, durante mi infancia, un domingo de cada tres.

         Y en este pasado invierno, lo he vuelto a recuperar. Fue cuando comenzó el frío. Era domingo. Y, desde la cocina, me llegó el mismo aroma de arroz con pollo, pimiento rojo y una pizca de tomate. Cerré los ojos y vi a mi abuela, con su delantal gris, trasteando en su cocina. Los abrí y allí estaba el arroz. El de ahora con un toque de color verde de alcachofa. El sabor, el mismo.

         El arroz de los domingos —de todos los domingos del invierno, no uno de cada tres— se ha convertido en el centro de la comida familiar. El arroz nos ha hecho felices. El mismo arroz que me devolvió los domingos felices de la infancia. Y, afortunadamente, sin tener que aguantar el aliento del cura ni el olor del incienso. Arroz laico, arroz rico.

         ¿Qué tendrá ese arroz que me reconforta el alma y nos hace reír? ¿O será, que el cocinero le pone tanto mimo al prepararlo como le ponía mi abuela?

         Eso será, porque el olor y el sabor son los mismos.

Tres estrellas

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La Cascada de Kemble

Ya no hay más bises, el concierto termina dejando en el aire las notas de Emotional Dance, la delicada voz de Andrea y el sonido sobrecogedor de una trompeta al aire. El teatro se vacía pero la música permanecerá agazapada en los rincones durante muchas horas, quizá para siempre. Andrea se queda en Zaragoza esa noche y trompeta en mano, enfundada de nuevo en los vaqueros, se dirige a una fiesta de cumpleaños. Una amiga —que ha irrumpido como un obús en el camerino a felicitarla—acaba de invitarla.

         —Deja primero la trompeta en el hotel —le sugieren los músicos.

         —No hay tiempo —responde la sonrisa de Andrea—, además, me gusta llevarla conmigo.

         Irene lleva toda la tarde firmando libros. La presentación del Silbido del Arquero, ha sido un éxito. Está cansada, pero no quiere perderse la fiesta de cumpleaños de esta chica de la que últimamente tanto le han hablado, “canta como los ángeles, y es tan joven”. A última hora, ha recibido una cariñosa invitación, de una amiga común y no quiere perder la ocasión de conocerla, justo el día en el que Beatriz cumple dieciocho años. Con un ejemplar bajo el brazo se encamina a la fiesta.

         Beatriz está emocionada con su fiesta en la que “tendrás que cantar aunque sea un poquito”, se han empeñado sus amigas. No sabe a quién se va a encontrar. Sus amigas llevan haciéndose las misteriosas durante semanas pero no ha conseguido sacarles ni una palabra. Por si acaso, porque se teme lo peor, por si se les ha ocurrido invitar a algún genio —como ya le hicieron en una ocasión—, lleva toda la tarde ensayando a la guitarra sus mejores temas. Repite una y otra vez City of Stars. Algo se le mueve por dentro cuando la canta.

         Los abrazos, las felicitaciones, la música, la tarta, las velas, el champagne, los brindis, la gente…, toda la gente que quiere. Nadie falta. Beatriz abraza a sus amigas, “gracias, chicas, gracias chicas”, va repitiendo a cada rato, dando vueltas. De repente se calla la música y, desde uno de los rincones, surge una voz dulce que habla de los amores de Eneas y Elisa en la época romana. Es Irene Vallejo que habla, ante un grupo embelesado,  del libro que acaba de presentar esa misma tarde. Esta joven mujer, sabia, que se mueve por el mundo de los clásicos con esa soltura de quien lleva años de estudio y horas de dejarse los ojos en bibliotecas rebuscando legajos antiguos, asegura que esta civilización, heredera de los griegos y los romanos, está a punto de saltar por los aires.

         De pronto, los acordes de una guitarra y la voz de Beatriz, de Beatriz Gutiérrez, Begut, se superponen a la voz de Irene que se calla al instante para escuchar sobrecogida City of Stars. Los dieciocho años recién cumplidos de Beatriz se apoderan del aire y de los invitados que, poco a poco, rodean a Begut, con la boca abierta, sin terminar de creérselo.

         Sin que estuviera previsto, la trompeta de Andrea, de Andrea Motis, se incorpora al final del tema, arrancando el aplauso y los gritos de todos los presentes que, absolutamente conmovidos, solicitan una y otra más. La velada se alarga hasta el amanecer. La trompeta, la guitarra y las voces de Andrea y Begut se van superponiendo, con sus estilos distintos, pero con una suerte de complicidad que arrebata. De vez en cuando, el “silbido del arquero” atraviesa el aire e Irene sonríe. Es, simplemente, magia.

         ¿Quién dijo que todo está perdido?, dice la canción de Fito Paez, Yo vengo a ofrecer mi corazón. Tres estrellas brillan con luz propia. Tres estrellas que nos hacen más fácil la vida. Y las tres, jóvenes y sabias, vienen a ofrecer su corazón.

         Me despierto con la certeza de que aún hay esperanza. Tres estrellas brillando en la oscuridad de la noche me lo confirman.

AUF WIEDERSEHEN!

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(Imagen tomada de “Regensburg Wimmelbuch”, de Peter Engel)

 

La intención era decir adiós. Para siempre. Pero el aire limpio, el sol brillando en todo lo alto y la gente joven del lugar asomándose al Danubio, nos lo está poniendo muy difícil. La primavera se ha aliado con el diablo para añadir pesar y abatimiento y desolación y congoja a nuestra partida.

Cada mañana miramos el cielo con la esperanza de ver alguna nube, cargada de agua, dispuesta a aliviar nuestro tormento. Y cada mañana contemplamos con estupor un cielo azul, que se ha venido desde el sur hasta el centro de Europa solo por hacernos sufrir. Nuestro ánimo pierde pie y nos agarra la tristeza que, hasta este momento, hemos mantenido a raya.

— ¿Y si retrasamos la marcha? —la idea es tentadora.

—Está ya todo organizado, no cabe retraso. Y, por otra parte, ¿qué ganaríamos? Prolongar la agonía, nada más —la realidad nos aplasta contra el suelo.

Los últimos paseos. Las últimas miradas. La última vez para todo. “Esta será la última cerveza que me tomo en este bar, la última vez que ando por esta calle, la última que compro el pan en esta panadería, que voy al mercadillo de los sábados, que cruzo el río por este puente, que contemplo la catedral, que…”.

Y a eso del mediodía, allí está él. En la terraza de siempre. En la mesa de siempre. Haciendo como que no pasa nada. Mirando la gente, como siempre, ante un gran vaso de café con leche. Nos ve, levanta la mano, saluda. Como siempre, haciendo como que no pasa nada. Y su presencia aumenta nuestra zozobra. No nos detenemos. Todavía no es hora de despedirse.

— ¿Y si nos quedamos? —la idea es tentadora.

Al caer la tarde, de nuestros últimos días, de nuestras últimas horas, los pies nos llevan al pequeño café de siempre. Han pasado los años desde la primera vez que, huyendo del frío intenso, nos refugiamos en él, pero nada ha cambiado. Las paredes de baldosas blancas, los asientos altos, la pequeña barra de mármol, la sonrisa de la camarera de turno. Todo igual. Entramos. El vino blanco italiano nos reconforta el alma. Y volvemos a reír.

Las últimas decisiones. “Esto lo tiro, no, lo guardo, o lo regalo, o me lo llevo, pero ya no cabe, ¿qué hago?…”. Las paredes de la casa nos miran como si no nos conocieran ya. La casa se prepara para recibir a la nueva inquilina. Ahora solo la querrá a ella. La hemos traicionado y no nos lo perdona. La terraza nos vuelve la espalda.

La despedida. Un sol radiante. La calle animada. Madres en bici, cargando niños. Padres andando, arrastrando niñas. Nuestro coche repleto de una vida en movimiento. Nuestra bici preparada para viajar sin que nadie la monte.

Él se aproxima, lentamente. Sonríe. El nudo en la garganta. El abrazo largo, interminable.

— ¿Y si volvemos a la casa? —la idea es tentadora.

—Imposible, ya no tenemos la llave.

—Pero yo volveré —dice ella.

—Y yo iré a verte —contesta él— “I promise”

El coche arranca. Con el brazo decimos adiós por la ventanilla, pero sin atrevernos a mirar atrás. Por miedo a convertimos en estatuas de sal.

¿Cómo ser escritora y no morir en el intento?

  La Sabina

Club de Opinión de Mujeres en Zaragoza, desde 1990

El martes 21 de marzo iniciamos un nuevo ciclo de debates, “Nuestros retos del siglo XXI”, con una mesa redonda con cuatro escritoras aragonesas que han podido publicar sus obras:
– Elena Laseca, https://elenalaseca.com
El debate será presentado por la periodista Concha Monserrat.
  • La actividad que proponemos será el martes 21 de marzo, a las 19,30 horas, en el Museo del Teatro Romano (San Jorge, 12)
  • Después del coloquio, a las 21 horas, tendremos una cena cóctel durante la que podremos seguir debatiendo entre nosotras.

El precio de la cena-cóctel es de 16 € y podéis confirmar vuestra asistencia, hasta el viernes 17 de marzo, utilizando el siguiente formulario:

https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSdBvEAxEtUEQu2pPwABt3ywj1xQrNffskwZ-tm9-oZy2fFeiA/viewform?usp=send_form

Te pedimos que si necesitas anular tu participación en la cena, lo hagas con un mínimo de 48 horas (lasabina@lasabina.es) ya que si no es así El Club de Opinión La Sabina tiene que hacerse cargo del coste.

Os esperamos