Summertime

summertime

Durante todo el invierno sufro de nostalgia. De la mañana a la noche me acompaña ese sentimiento de pena por la lejanía, la ausencia, la privación o la pérdida de alguien o algo queridos, que es como se define la nostalgia. Se me pega a la piel en octubre y no logro desprenderla hasta junio. Los años que hay suerte, hasta bien entrado mayo.

Mi primer pensamiento, cada mañana del largo invierno, es para el cálido y esquivo verano. Miro por la ventana y siento como un pinchazo a la altura del corazón. Me duele el tiempo perdido, de noches de tertulia a la luz de las velas, de mañanas luminosas bañadas en burbujas y de alborozados vermús de cervezas y olivas negras. Cierro los ojos y me quedo un rato reviviendo el último verano hasta que el malestar se me hace insoportable. Entonces, aguanto la respiración, me echo encima toda la ropa que aguanta mi cuerpo y salgo, a regañadientes y aterida, al crudo, gris, ventoso, frío y desapacible inverno. Odiándolo, desde el primer día hasta el último. Cada minuto.

Y así transcurren todos mis días de invierno: añorando el verano. La primavera y el otoño me pasan desapercibidos. Para mí, todo es invierno. Solo amortigua mi desánimo, alguna que otra tarde de sábado al amor del fuego de la chimenea, si cae en mis manos un buen libro que me distraiga del furioso soplido del viento.

Y, para mi alegría, tú naciste en verano. En pleno mes de agosto. Cuando el sol brilla en todo los alto iluminando mi vida. Las horas deliciosamente largas. La nostalgia huída. Y justo cuando la vida me emborracha y me seduce hasta caer rendida a sus pies, celebramos que naciste, que naciste en verano.

Y así eres tú, intenso como el calor, el olor y la algarabía del verano.

Pero no te quiero por eso.

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De mi ventana a la suya

En el coche suena Maite Martín. De agua y fuego me viene acompañando desde hace un rato. Podría dar un pequeño rodeo y no pasar por esa calle, pero quiero pasar. Quiero mirar. Adivinar qué es lo que está ocurriendo. A la altura del número veintidós, paro el coche. Es un riesgo en una calle de tráfico intenso, pero no me importa.

Levanto la vista. Desde la ventanilla del coche veo la que fue su ventana durante tantos años. En un rápido vistazo me doy cuenta de que está completamente nueva. Miro hacia el balcón y también se ve nuevo, como recién estrenado. De pronto me fijo en la jardinera, repleta de plantas, el sueño de mi madre hecho realidad cuando la vida continúa sin ella. Y también las plantas.

Desde mi ventana miro la suya y en un instante comienzan a pasar imágenes al otro lado del cristal. Esteban sentado en el sillón y yo en el de al lado trabajando. Apenas habla ya, pero lo siento cerca. Me voy atrás en el tiempo y se ha cambiado de sillón. Porque en el otro, junto a la ventana, está Maruja. Apenas habla ya, pero la sentimos cerca. Sigo caminando hacia atrás y los veo a los dos en los mismos sillones, hablando, a ratos discutiendo, pero sintiéndose cerca. Y ya no puedo regresar más en el tiempo. La pena no me lo permite. El claxon de un coche, cuyo conductor no comprende qué demonios hago en mitad de la calle, mirando hacia una ventana del segundo piso del número veintidós de Pedro María Ric, tampoco.

Bajo la vista antes de que me salten las lágrimas. Que yo no soy de llorar.

¿Qué habrá al otro lado de su ventana?

La vida, que continúa. Sin ellos. Las plantas insultantemente verdes de la jardinera me lo confirman.

Arranco el coche.

El merengue

Me fastidiaba sobremanera que mi cumpleaños cayera en domingo. Mi madre me miraba perpleja sin comprender mi enfado.

— ¡Vaya!, este año cae en domingo —exclamaba yo enojada mirando el calendario.

Tampoco me gustaba que cayera en jueves. Los jueves teníamos fiesta por la tarde.

Y si no caía ni en domingo ni en jueves, salía del colegio dando saltos, mi madre me agarraba con fuerza de la mano para contener mi alegría desbordada. Iniciábamos el recorrido: desde las Paulas —mi destino de estudiante becaria y pobre comenzó en la calle San Vicente de Paúl— hasta el Coso. Allí estaba la Granja Astoria con su flamante escaparate lleno de sueños dulces, inaccesibles para mí. El agua en la boca y el corazón acelerado, me volvía a asaltar la duda: ¿Se habrán terminado? Sin pensar por un día en el ahorro, hacíamos el camino de vuelta con el merengue más grande. Ni la visión del cuartel de San Agustín, al fondo, en la calle Arcadas, me aterraba ese día. Al llegar a mi  vieja casa de Barrioverde, del merengue solo quedaban los labios pegajosos y la pena  de que se hubiera acabado tan pronto.

Mi único pastel del año.

Revista Imán

Día de vino y rosas

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Dejaré a un lado el objetivo consumista del día de la madre. El engaño de una sociedad capitalista e insaciable que no sabe qué discurrir para que caigamos en el desenfreno de comprar y celebrar el día que sea, no importa cuál. Lo que importa es que quienes manejan esta sociedad de mierda —y ya perdonarán la expresión, carente totalmente de belleza lingüística, pero pertinente— ganen más y más y se vayan a la tumba forrados de un dinero que para nada les va a servir.

Dejaré todo eso a un lado, para centrarme en mi madre a la que, por cierto, tampoco le va a servir nada de lo que diga, escriba o haga ahora mismo, ni lo verá ni escuchará, ni sonreirá siquiera.

No está, no existe ya, en ninguna parte —aunque brindaré con un buen vino en su memoria—, se disolvió en un puñado de cenizas que esparcimos en un jardín de Torrero. Y tampoco existen ya las cenizas, se las llevó el viento. IMG_20180505_181912_BURST001_COVER_resized_20180505_070628650

Sin embargo yo me acuerdo de ella, muchas veces, en muchos detalles. Hoy, por ejemplo, acabo de acordarme de que, cada año, al comenzar mayo, yo le llevaba unas cuantas rosas, recién cortadas, que ella apreciaba como si de un tesoro se tratara.

—Estas sí que huelen bien —me agradecía— y lo que duran, no como las de las tiendas que a los dos días ya están mustias y no huelen a nada.

Por eso he cortado estas rosas, las primeras de esta primavera y las he puesto en un jarrón . Cada vez que paso cerca, cierro los ojos, aspiro y me acuerdo de ella.

 

El dios que ya no ampara

— ¿Sabías que Pozalmuro está a veinticinco kilómetros al oeste del Moncayo y Borja a veinticinco kilómetros al este? —me cuenta mi hermano, feliz por el descubrimiento.

A mi hermano le encanta descubrir este tipo de coincidencias, de casualidades que no son casuales, dice.

Mi padre nació en Pozalmuro y mi madre en Borja. El Moncayo por el medio, amparándolos, hasta que, como dijo el poeta, “hacia el oeste el Moncayo, como un dios que ya no ampara”. Y se alejaron de su falda.

Esta es la historia. El veintisiete de febrero de mil novecientos treinta y tres, un chaval de catorce años abandona la sombra del Moncayo y emigra a la ciudad, a Zaragoza, a buscarse la vida. A esa misma hora de ese mismo día, a una niña de diez años la arrancan de los brazos de una madre viuda que se le ha caído el mundo encima y no puede con todo. A la niña la envían a Zaragoza. Otra casualidad que no es casual.

El Moncayo ha dejado de ampararlos, por eso se van.

Pero aunque se dirigen al mismo destino, no se encuentran. Tendrán que transcurrir años hasta que se miren de frente y se reconozcan: dos seres abandonados por su propio padre, que el Moncayo tampoco fue capaz de amparar.

Otra casualidad no casual. Pero esto es otra historia.

El alma robada

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Cuando tu amigo Quique te sacó esta foto tenías treinta y dos años, ¿o habrías cumplido ya los treinta y tres? Hoy cumplirías noventa y cinco, pero esos ojos verdes —lástima de foto en blanco y negro que no permite ver el mar en tus ojos— dejaron de ver la luz hace más de cinco.

El fotógrafo te arrancó esa sonrisa serena que quedó para siempre en mi recuerdo. Cuando cierro los ojos te veo así, joven, de treinta y pocos, sonriendo pero poco, con los labios pintados —lástima de foto en blanco y negro que no permite apreciar el rojo de tus labios— y con bonitos pendientes colgando de tus orejas.

Lo que no veo, cuando cierro los ojos, es ese abrazo de la foto, como queriendo retenerme, como intuyendo que me iría lejos en cuanto me soltaras.

Pero no me fui, a pesar de tu miedo.

Esta mañana he colgado esta foto en la pared de mi estudio. No sabía por qué, después de muchos meses olvidada sobre un mueble, la colgaba hoy. Y, de repente, he caído en la cuenta de que hoy, veinticinco de marzo, habrías cumplido noventa y cinco y me estaba acordando de ti, así de joven, con esa sonrisa tuya que encandila a la cámara.

Y yo, todavía ajena a la luz de tus ojos e incapaz de distinguir la sonrisa roja de tus labios, me dedico a mirar al fotógrafo, a Quique, empeñado siempre en robarnos el alma para plasmarla en un papel.

Y que más de sesenta años después, yo la cuelgue en la pared.

OLEAJE: mujeres que escriben sobre hombres.

 

Cuando hace unos meses recibí la invitación de Margarita Barbáchano para participar en un libro de relatos, experimenté dos sensaciones al mismo tiempo: alegría y perplejidad.

Por la alegría que me produjo el ofrecimiento de participar en un libro junto con escritoras aragonesas, no me lo pensé ni un minuto y cuando estaba a punto de contestar a Margarita con un rotundo ¡claro que sí!, me sobrevino la perplejidad. Pero ¿cómo?, ¿que el protagonista de mi historia tiene que ser un hombre? Y me paré en seco. Se me quedaron los dedos suspendidos sobre el teclado.

Las protagonistas de mis historias siempre son mujeres. Y lo son intencionadamente. Simplemente pretendo que se nos vea. A los hombres ya les ha hecho protagonistas la Historia, pensé. Sin embargo, tendrán que ser nuestros cómplices o, de lo contrario, jamás se nos verá. Así que me puse a buscar un cómplice entre algunos  hombres buenos.

Encontré uno.   Y decidí contar su historia.

(Presentación: 22 de febrero, a las 19 horas en el IAACC Pablo Serrano)

Noche de Reyes

Reyes-Magos-nombres— ¡Chiiiist!, no hagáis ruido que se despertarán los papás y nos mandarán de vuelta a la cama —trata de hacernos callar mi hermano.

Pero a mi prima y a mí nos desborda la alegría de tal manera que somos incapaces de permanecer en silencio mientras recorremos, a toda prisa, el gélido pasillo. Este año mi prima ha dormido en nuestra casa.

—Me quedo con mis primos, que sola me aburro.

Andamos de puntillas los tres, mi hermano mayor, mi prima —riéndose como siempre y dándome empujones— y yo. El pequeño, todavía muy pequeño, sigue durmiendo.

La emoción nos supera.

Los pies descalzos se nos van congelando sin enterarnos. Ni siquiera nos hemos echado por encima la bata que mi madre —con su eterna aprensión a los catarros de invierno— nos había dejado preparada a los pies de la cama.

La emoción nos supera.

—¿Y si no han venido? —Mi prima, temerosa, mira hacia la ventana.

—Todavía es de noche —sentencia mi hermano a modo de respuesta.

La emoción nos supera.

La persiana del cuarto de estar a medio cerrar. Hace tiempo que está rota. Se ha convertido en nuestra cómplice. Por el hueco entre los listones se cuela la triste luz de la farola de la calle, ¿o será la luna? Pero ese débil resplandor nos basta para alumbrar nuestros sueños hechos realidad. La mesa camilla llena de juguetes.

La emoción nos supera.

Y allí está ella, de pie, presidiendo el resto de regalos, la muñeca más bonita que he visto en mi vida. El pelo castaño, suelto, con flequillo, mirándome con sus enormes ojos y un vestido azul. Y ya no veo nada más.

Nunca llegué a saber cómo se las ingeniaban mis padres para llenar, cada noche de reyes, la mesa camilla con los juguetes que más deseábamos. Lo que sí sé es que ni una sola vez me decepcionaron.

Durante todas las noches de reyes de mi infancia me superó la emoción.

Y esperaste, papá, a que pasara esa última noche para marcharte. Para no empañar nuestra noche de reyes. Para no decepcionarnos. Y te fuiste al día siguiente.

Sin hacer ruido, no fuera que nos despertásemos.

A mi padre, que se fue hace un año,

la noche después de la noche de reyes.

6 de enero de 2018

Seis días y siete noches


Nada más poner los pies en el aeropuerto, ya sabíamos que serían días inolvidables.

Y lo fueron.

—Hay calima —nos informa Salvador, encogiendo la nariz— y durará tres días.

Nuestras cazadoras de cuero, los pañuelos al cuello y los calcetines, que nos recalientan los pies cuando no han transcurrido ni treinta segundos, se quedan de inmediato como fuera de lugar. Salvador, con sus pantalones cortos y polo de manga corta, está acorde con el paisaje de cálida neblina y viento abrasador africano. Nosotros, no. Yo me veo como ridícula con tanta ropa, como si se me hubiera ocurrido, en pleno mes de agosto, enfundarme un jersey de cuello alto en Zaragoza.

Estamos a finales de octubre. Pero estamos en Canarias. Mientras esperamos a que salgan las maletas, me pongo a repasar mentalmente la ropa que llevo dentro. De todo el listado de prendas, apenas un par ligeras y ningún calzado. Y me río yo sola.

— ¿Y qué es lo que te hace tanta gracia?

—Nuestra falta de previsión

Tengo la sensación de haber vuelto atrás, al verano, a los días largos, a las noches cálidas, a las vacaciones, al mar, a las cervezas con tapa, a los amigos, al paraíso perdido que me trae el viento del sur. Y me invade una alegría que no me abandonará en toda la semana.

La visión del océano desde la Punta del Hidalgo, en el norte —en la misma punta, nunca mejor dicho— de Tenerife, no debería perdérsela nadie. Se te queda como clavada en la retina para siempre. Las rocas, las piscinas naturales, la vida.

Durante todo el recorrido hacia Taganana, no puedo evitar exclamar cada dos minutos, “qué maravilla”. Y tras la siguiente curva lo vuelvo a repetir, así una y otra vez hasta llegar al Roque de las Bodegas, donde nos espera un exquisito cherne a la espalda acompañado de papitas con mojo picón. La playa nos atrae como la miel a las moscas y no nos resistimos a zambullirnos para saltar olas, riendo y gritando como locos, como si, de repente, hubiéramos vuelto a la infancia.

El Puertito de Güimar, Candelaria, el vermú del sábado en La Laguna, el silencio atronador del Teide en un atardecer mágico…, cada instante es una fiesta, cada lugar un regalo. Sin embargo, nada sería igual sin ellos. Sin Salvador y Lucía el pescado pierde sabor, la Punta se ve desvaída y Tenerife se nubla.

Seis días y siete noches inolvidables, compartiendo alegrías y penas —que también ha habido— con los mejores amigos…y buen vino.

¿Qué más se puede pedir?

 

Manifiesto sobre feminismo y laicismo

Sesenta mujeres feministas de Burgos, Huesca, León, Salamanca, Segovia, Valladolid y Zaragoza nos reunimos en la Casa de la Mujer de Zaragoza, el día 21 de octubre de 2017, para analizar los vínculos ideológicos entre el feminismo (Nota 1) y el laicismo (Nota 2) y estuvimos de acuerdo en el diagnóstico.
Los principios ideológicos de las religiones y sus estructuras de poder nos afectan particularmente a las mujeres y atentan contra nuestra libertad porque fomentan una imagen tradicional y negativa de las mujeres y perpetúan la desigualdad; porque inculcan sentimientos como los de culpa y pecado que prolongan el control social sobre nosotras; porque niegan o atacan el feminismo y por lo tanto a la emancipación y autonomía de las mujeres como ciudadanas y seres humanos de pleno derecho; o porque orlan de prestigio al modelo patriarcal ante toda la comunidad.
Un estado democrático de vocación igualitaria no debería, por tanto, ofrecer un trato privilegiado ni subvencionar con el dinero de toda la ciudadanía a ninguna organización religiosa, y tiene que apostar decididamente por el laicismo.

Para avanzar en ese sentido, proponemos a todas las instituciones públicas el cumplimiento de los siguientes puntos:
1. Modificar el artículo 16 de la Constitución y declarar España como un país laico.
2. Rescindir el Concordato con el Vaticano lo que permitirá eliminar los conciertos con los colegios privados religiosos; cerrar las capillas y los puestos de capellanes de los espacios públicos (cárceles, hospitales…) y suprimir las casillas destinadas a financiación de las iglesias y de organizaciones sociales en la declaración de la renta.
3. Eliminar las religiones de la enseñanza pública por lo mucho que perjudican al feminismo y apostar por una educación transversal en igualdad y laicismo.
4. Fomentar una cultura laica con formas no religiosas de celebración de hitos y sucesos en la vida individual y pública
5. Reclamar respeto para las personas no creyentes y basar la cohesión social en lo mucho que tenemos los seres humanos en común, y no en lo que nos separa.
6. Exigimos que las instituciones públicas no organicen actos religiosos de ningún tipo y que nuestros representantes acudan a actos religiosos solo en privado y a título individual, sin revestir los símbolos de su cargo.
7. Exigimos la actuación del Estado frente a fundamentalismos religiosos y toda práctica de origen religioso que atente contra la igualdad o apoye privilegios de los hombres respecto a las mujeres.
8. Incluir en las bases de subvenciones públicas la obligatoriedad de respetar la igualdad de género y la libertad de conciencia, lo que conlleva la exclusión de actos religiosos y de proselitismo en las actividades financiadas.
9. Eliminar la simbología religiosa de los espacios institucionales y medios de comunicación públicos: imágenes, mensajes luminosos o acústicos…y sustituir el callejero de santos y santas por mujeres relevantes.
8. Implantar un calendario (laboral, escolar…) basado en los derechos y necesidades laborales o escolares, y con eventos o celebraciones relacionados con la vida natural y/o social, independientes de las celebraciones religiosas.
10. Exigimos igualdad de trato en el uso del espacio público a todas las organizaciones, tanto religiosas como laicas (solicitud de permisos, pago de tasas…).
11. Devolver las propiedades inmatriculadas por la iglesia católica al patrimonio público.

Gracias por colaborar en la difusión de este manifiesto

Nota 1. Feminismo: movimiento ideológico que tiene como objetivos la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, cuestionar la dominación y la violencia de los varones sobre las mujeres y la asignación de roles sociales según el género.
Nota 2. Laicismo: corriente ideológica que defiende la independencia de la sociedad y especialmente de las instituciones públicas y de las leyes de toda influencia religiosa o eclesiástica.