Día de vino y rosas

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Dejaré a un lado el objetivo consumista del día de la madre. El engaño de una sociedad capitalista e insaciable que no sabe qué discurrir para que caigamos en el desenfreno de comprar y celebrar el día que sea, no importa cuál. Lo que importa es que quienes manejan esta sociedad de mierda —y ya perdonarán la expresión, carente totalmente de belleza lingüística, pero pertinente— ganen más y más y se vayan a la tumba forrados de un dinero que para nada les va a servir.

Dejaré todo eso a un lado, para centrarme en mi madre a la que, por cierto, tampoco le va a servir nada de lo que diga, escriba o haga ahora mismo, ni lo verá ni escuchará, ni sonreirá siquiera.

No está, no existe ya, en ninguna parte —aunque brindaré con un buen vino en su memoria—, se disolvió en un puñado de cenizas que esparcimos en un jardín de Torrero. Y tampoco existen ya las cenizas, se las llevó el viento. IMG_20180505_181912_BURST001_COVER_resized_20180505_070628650

Sin embargo yo me acuerdo de ella, muchas veces, en muchos detalles. Hoy, por ejemplo, acabo de acordarme de que, cada año, al comenzar mayo, yo le llevaba unas cuantas rosas, recién cortadas, que ella apreciaba como si de un tesoro se tratara.

—Estas sí que huelen bien —me agradecía— y lo que duran, no como las de las tiendas que a los dos días ya están mustias y no huelen a nada.

Por eso he cortado estas rosas, las primeras de esta primavera y las he puesto en un jarrón . Cada vez que paso cerca, cierro los ojos, aspiro y me acuerdo de ella.

 

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El dios que ya no ampara

— ¿Sabías que Pozalmuro está a veinticinco kilómetros al oeste del Moncayo y Borja a veinticinco kilómetros al este? —me cuenta mi hermano, feliz por el descubrimiento.

A mi hermano le encanta descubrir este tipo de coincidencias, de casualidades que no son casuales, dice.

Mi padre nació en Pozalmuro y mi madre en Borja. El Moncayo por el medio, amparándolos, hasta que, como dijo el poeta, “hacia el oeste el Moncayo, como un dios que ya no ampara”. Y se alejaron de su falda.

Esta es la historia. El veintisiete de febrero de mil novecientos treinta y tres, un chaval de catorce años abandona la sombra del Moncayo y emigra a la ciudad, a Zaragoza, a buscarse la vida. A esa misma hora de ese mismo día, a una niña de diez años la arrancan de los brazos de una madre viuda que se le ha caído el mundo encima y no puede con todo. A la niña la envían a Zaragoza. Otra casualidad que no es casual.

El Moncayo ha dejado de ampararlos, por eso se van.

Pero aunque se dirigen al mismo destino, no se encuentran. Tendrán que transcurrir años hasta que se miren de frente y se reconozcan: dos seres abandonados por su propio padre, que el Moncayo tampoco fue capaz de amparar.

Otra casualidad no casual. Pero esto es otra historia.

El alma robada

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Cuando tu amigo Quique te sacó esta foto tenías treinta y dos años, ¿o habrías cumplido ya los treinta y tres? Hoy cumplirías noventa y cinco, pero esos ojos verdes —lástima de foto en blanco y negro que no permite ver el mar en tus ojos— dejaron de ver la luz hace más de cinco.

El fotógrafo te arrancó esa sonrisa serena que quedó para siempre en mi recuerdo. Cuando cierro los ojos te veo así, joven, de treinta y pocos, sonriendo pero poco, con los labios pintados —lástima de foto en blanco y negro que no permite apreciar el rojo de tus labios— y con bonitos pendientes colgando de tus orejas.

Lo que no veo, cuando cierro los ojos, es ese abrazo de la foto, como queriendo retenerme, como intuyendo que me iría lejos en cuanto me soltaras.

Pero no me fui, a pesar de tu miedo.

Esta mañana he colgado esta foto en la pared de mi estudio. No sabía por qué, después de muchos meses olvidada sobre un mueble, la colgaba hoy. Y, de repente, he caído en la cuenta de que hoy, veinticinco de marzo, habrías cumplido noventa y cinco y me estaba acordando de ti, así de joven, con esa sonrisa tuya que encandila a la cámara.

Y yo, todavía ajena a la luz de tus ojos e incapaz de distinguir la sonrisa roja de tus labios, me dedico a mirar al fotógrafo, a Quique, empeñado siempre en robarnos el alma para plasmarla en un papel.

Y que más de sesenta años después, yo la cuelgue en la pared.

OLEAJE: mujeres que escriben sobre hombres.

 

Cuando hace unos meses recibí la invitación de Margarita Barbáchano para participar en un libro de relatos, experimenté dos sensaciones al mismo tiempo: alegría y perplejidad.

Por la alegría que me produjo el ofrecimiento de participar en un libro junto con escritoras aragonesas, no me lo pensé ni un minuto y cuando estaba a punto de contestar a Margarita con un rotundo ¡claro que sí!, me sobrevino la perplejidad. Pero ¿cómo?, ¿que el protagonista de mi historia tiene que ser un hombre? Y me paré en seco. Se me quedaron los dedos suspendidos sobre el teclado.

Las protagonistas de mis historias siempre son mujeres. Y lo son intencionadamente. Simplemente pretendo que se nos vea. A los hombres ya les ha hecho protagonistas la Historia, pensé. Sin embargo, tendrán que ser nuestros cómplices o, de lo contrario, jamás se nos verá. Así que me puse a buscar un cómplice entre algunos  hombres buenos.

Encontré uno.   Y decidí contar su historia.

(Presentación: 22 de febrero, a las 19 horas en el IAACC Pablo Serrano)

Noche de Reyes

Reyes-Magos-nombres— ¡Chiiiist!, no hagáis ruido que se despertarán los papás y nos mandarán de vuelta a la cama —trata de hacernos callar mi hermano.

Pero a mi prima y a mí nos desborda la alegría de tal manera que somos incapaces de permanecer en silencio mientras recorremos, a toda prisa, el gélido pasillo. Este año mi prima ha dormido en nuestra casa.

—Me quedo con mis primos, que sola me aburro.

Andamos de puntillas los tres, mi hermano mayor, mi prima —riéndose como siempre y dándome empujones— y yo. El pequeño, todavía muy pequeño, sigue durmiendo.

La emoción nos supera.

Los pies descalzos se nos van congelando sin enterarnos. Ni siquiera nos hemos echado por encima la bata que mi madre —con su eterna aprensión a los catarros de invierno— nos había dejado preparada a los pies de la cama.

La emoción nos supera.

—¿Y si no han venido? —Mi prima, temerosa, mira hacia la ventana.

—Todavía es de noche —sentencia mi hermano a modo de respuesta.

La emoción nos supera.

La persiana del cuarto de estar a medio cerrar. Hace tiempo que está rota. Se ha convertido en nuestra cómplice. Por el hueco entre los listones se cuela la triste luz de la farola de la calle, ¿o será la luna? Pero ese débil resplandor nos basta para alumbrar nuestros sueños hechos realidad. La mesa camilla llena de juguetes.

La emoción nos supera.

Y allí está ella, de pie, presidiendo el resto de regalos, la muñeca más bonita que he visto en mi vida. El pelo castaño, suelto, con flequillo, mirándome con sus enormes ojos y un vestido azul. Y ya no veo nada más.

Nunca llegué a saber cómo se las ingeniaban mis padres para llenar, cada noche de reyes, la mesa camilla con los juguetes que más deseábamos. Lo que sí sé es que ni una sola vez me decepcionaron.

Durante todas las noches de reyes de mi infancia me superó la emoción.

Y esperaste, papá, a que pasara esa última noche para marcharte. Para no empañar nuestra noche de reyes. Para no decepcionarnos. Y te fuiste al día siguiente.

Sin hacer ruido, no fuera que nos despertásemos.

A mi padre, que se fue hace un año,

la noche después de la noche de reyes.

6 de enero de 2018

Seis días y siete noches


Nada más poner los pies en el aeropuerto, ya sabíamos que serían días inolvidables.

Y lo fueron.

—Hay calima —nos informa Salvador, encogiendo la nariz— y durará tres días.

Nuestras cazadoras de cuero, los pañuelos al cuello y los calcetines, que nos recalientan los pies cuando no han transcurrido ni treinta segundos, se quedan de inmediato como fuera de lugar. Salvador, con sus pantalones cortos y polo de manga corta, está acorde con el paisaje de cálida neblina y viento abrasador africano. Nosotros, no. Yo me veo como ridícula con tanta ropa, como si se me hubiera ocurrido, en pleno mes de agosto, enfundarme un jersey de cuello alto en Zaragoza.

Estamos a finales de octubre. Pero estamos en Canarias. Mientras esperamos a que salgan las maletas, me pongo a repasar mentalmente la ropa que llevo dentro. De todo el listado de prendas, apenas un par ligeras y ningún calzado. Y me río yo sola.

— ¿Y qué es lo que te hace tanta gracia?

—Nuestra falta de previsión

Tengo la sensación de haber vuelto atrás, al verano, a los días largos, a las noches cálidas, a las vacaciones, al mar, a las cervezas con tapa, a los amigos, al paraíso perdido que me trae el viento del sur. Y me invade una alegría que no me abandonará en toda la semana.

La visión del océano desde la Punta del Hidalgo, en el norte —en la misma punta, nunca mejor dicho— de Tenerife, no debería perdérsela nadie. Se te queda como clavada en la retina para siempre. Las rocas, las piscinas naturales, la vida.

Durante todo el recorrido hacia Taganana, no puedo evitar exclamar cada dos minutos, “qué maravilla”. Y tras la siguiente curva lo vuelvo a repetir, así una y otra vez hasta llegar al Roque de las Bodegas, donde nos espera un exquisito cherne a la espalda acompañado de papitas con mojo picón. La playa nos atrae como la miel a las moscas y no nos resistimos a zambullirnos para saltar olas, riendo y gritando como locos, como si, de repente, hubiéramos vuelto a la infancia.

El Puertito de Güimar, Candelaria, el vermú del sábado en La Laguna, el silencio atronador del Teide en un atardecer mágico…, cada instante es una fiesta, cada lugar un regalo. Sin embargo, nada sería igual sin ellos. Sin Salvador y Lucía el pescado pierde sabor, la Punta se ve desvaída y Tenerife se nubla.

Seis días y siete noches inolvidables, compartiendo alegrías y penas —que también ha habido— con los mejores amigos…y buen vino.

¿Qué más se puede pedir?

 

Manifiesto sobre feminismo y laicismo

Sesenta mujeres feministas de Burgos, Huesca, León, Salamanca, Segovia, Valladolid y Zaragoza nos reunimos en la Casa de la Mujer de Zaragoza, el día 21 de octubre de 2017, para analizar los vínculos ideológicos entre el feminismo (Nota 1) y el laicismo (Nota 2) y estuvimos de acuerdo en el diagnóstico.
Los principios ideológicos de las religiones y sus estructuras de poder nos afectan particularmente a las mujeres y atentan contra nuestra libertad porque fomentan una imagen tradicional y negativa de las mujeres y perpetúan la desigualdad; porque inculcan sentimientos como los de culpa y pecado que prolongan el control social sobre nosotras; porque niegan o atacan el feminismo y por lo tanto a la emancipación y autonomía de las mujeres como ciudadanas y seres humanos de pleno derecho; o porque orlan de prestigio al modelo patriarcal ante toda la comunidad.
Un estado democrático de vocación igualitaria no debería, por tanto, ofrecer un trato privilegiado ni subvencionar con el dinero de toda la ciudadanía a ninguna organización religiosa, y tiene que apostar decididamente por el laicismo.

Para avanzar en ese sentido, proponemos a todas las instituciones públicas el cumplimiento de los siguientes puntos:
1. Modificar el artículo 16 de la Constitución y declarar España como un país laico.
2. Rescindir el Concordato con el Vaticano lo que permitirá eliminar los conciertos con los colegios privados religiosos; cerrar las capillas y los puestos de capellanes de los espacios públicos (cárceles, hospitales…) y suprimir las casillas destinadas a financiación de las iglesias y de organizaciones sociales en la declaración de la renta.
3. Eliminar las religiones de la enseñanza pública por lo mucho que perjudican al feminismo y apostar por una educación transversal en igualdad y laicismo.
4. Fomentar una cultura laica con formas no religiosas de celebración de hitos y sucesos en la vida individual y pública
5. Reclamar respeto para las personas no creyentes y basar la cohesión social en lo mucho que tenemos los seres humanos en común, y no en lo que nos separa.
6. Exigimos que las instituciones públicas no organicen actos religiosos de ningún tipo y que nuestros representantes acudan a actos religiosos solo en privado y a título individual, sin revestir los símbolos de su cargo.
7. Exigimos la actuación del Estado frente a fundamentalismos religiosos y toda práctica de origen religioso que atente contra la igualdad o apoye privilegios de los hombres respecto a las mujeres.
8. Incluir en las bases de subvenciones públicas la obligatoriedad de respetar la igualdad de género y la libertad de conciencia, lo que conlleva la exclusión de actos religiosos y de proselitismo en las actividades financiadas.
9. Eliminar la simbología religiosa de los espacios institucionales y medios de comunicación públicos: imágenes, mensajes luminosos o acústicos…y sustituir el callejero de santos y santas por mujeres relevantes.
8. Implantar un calendario (laboral, escolar…) basado en los derechos y necesidades laborales o escolares, y con eventos o celebraciones relacionados con la vida natural y/o social, independientes de las celebraciones religiosas.
10. Exigimos igualdad de trato en el uso del espacio público a todas las organizaciones, tanto religiosas como laicas (solicitud de permisos, pago de tasas…).
11. Devolver las propiedades inmatriculadas por la iglesia católica al patrimonio público.

Gracias por colaborar en la difusión de este manifiesto

Nota 1. Feminismo: movimiento ideológico que tiene como objetivos la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, cuestionar la dominación y la violencia de los varones sobre las mujeres y la asignación de roles sociales según el género.
Nota 2. Laicismo: corriente ideológica que defiende la independencia de la sociedad y especialmente de las instituciones públicas y de las leyes de toda influencia religiosa o eclesiástica.

Teníamos doce años

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La madre de Manu y sus hermanas pasaban todo el verano en Lekeitio, pero él no llegaba hasta primeros de agosto, cuando regresaba del campamento. Yo, en casa de mis abuelos, no veía acercarse el momento de verlo aparecer. Nos hacía falta Manu para organizar los juegos, las excursiones y las competiciones de salto de olas. El mes de julio transcurría lento y aburrido.

El año que cumplí los doce, agosto cambió de color. Al verlo aproximarse con su sonrisa de enormes dientes amontonados (apenas podía meterlos en la boca), me dio un vuelco el corazón. Y a él también (me confesaría después). Nos separamos el quince de septiembre, un día antes de que comenzara el curso.

El servicio de correos llevó cartas de ida y vuelta entre Barcelona y Zaragoza durante todo ese curso, y el siguiente, y el otro. Pero, de repente, se cortó la comunicación. Y se acabaron los veranos de juegos, excursiones y salto de olas.  También las cartas.

Doce años después, un Manu de veinticuatro, (con los dientes impecablemente colocados dentro de la boca) hace su aparición en Lekeitio durante la fiesta del Carmen. Y mi corazón se vuelca de nuevo. Y el suyo también (me confesaría después).  Nos separamos el último día de agosto. Él, con la ilusión de su primer trabajo. Yo, con el corazón partido en dos, regresé a mi rutina.

Esta vez solo una carta, para decirme que se casa con su novia catalana. Yo me quiero morir, pero “nadie se muere de amor”, me asegura mi madre. Y sobreviví. Y conseguí, además, vivir.

Han pasado veinticuatro (dos veces doce, me digo) y Manuel (ahora ya es Manuel) ha vuelto a aparecer, en el mismo pueblo de mar, durante la fiesta de agosto. “Siempre te he querido a ti”, me miente. “Teníamos doce años”, me río.

Pero me lo creo.

Tocando el cielo

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Hacía tiempo que no subíamos. La última vez —veinte años después de nuestra primera vez juntos— nos quedó un sabor agridulce del que no lográbamos desprendernos del todo. Y no habíamos vuelto.

Este año decidimos volver.

—El coche tendremos que dejarlo fuera, en la embotelladora —comento, como distraída—, ¿recuerdas la última vez?

Sin embargo nadie nos paró a la entrada. Los coches campaban a sus anchas, por todo el Balneario. Nuestro querido y añorado Balneario de Panticosa. Sin embargo, prudentemente, lo aparcamos a la entrada, frente al lago.

—Pero, ¿no estaban aquí las villas? —continúo con mis preguntas retóricas.

No están las villas de la entrada. Tampoco he visto la embotelladora, caigo de repente. Levanto la vista. La casa amarilla sobrevive y detrás, sobre el muro desconchado, aún se lee: “CASA BELÍO”. Se ve que nadie se atreve con esas letras, como si estuvieran escritas con pintura indeleble. Se me antoja que ahí permanecerán para siempre, como recordatorios de una época, como testigos de una debacle inevitable.

Antes de bajar la cabeza, veo, muy a mi pesar, las ruinas de las villas de arriba: el tejado roto, las vigas medio vencidas. Y dejo de mirar. No puedo soportarlo.  De pronto, nos plantamos frente a un enorme edificio moderno. Leo: SPA. Ahora ya no son baños. Ahora se llama SPA.

— ¿No estaba aquí el Hotel Mediodía? ¿Y habrá resistido en pie Villa Antonia? ¿Y la piscina? ¿Dónde está la piscina?

Dejo de hacer preguntas porque me quedo muda cuando miro hacia la pradera. La hermosa pradera convertida en escombrera.

Y, sin ser capaces de contemplar por más tiempo nuestros recuerdos hechos trizas, entramos al Casino. El salón, el coqueto salón de baile del antiguo Casino, ahora se ha convertido en un pequeño Auditorio. Mientras Estrella Morente interpreta el Amor Brujo, acompañada por dos maravillosos pianistas, cierro los ojos y me zambullo en mis recuerdos.

El Casino vuelve a ser Casino y, en el salón, un puñado de jóvenes dispuestos a comernos el mundo, aprendemos pasos de tango. En Casa Belío jugamos a las cartas y comemos huevos fritos. Subimos hasta la Fuente de la Belleza para echarnos un trago, tapándonos la nariz. En las villas de arriba, bebemos ponche y bailamos lento. Él y yo, bajamos las escaleras, despacio, saboreando el momento. Paseamos por la orilla del lago. El frío nos obliga a retirarnos. La emoción y el deseo también.

— ¿Ciento seis o doscientos doce? —Él no hace preguntas retóricas.

— Ciento seis. Tiene baño —contesto tontamente.

Poco antes de amanecer, hemos tocado el cielo.

La última nota de Falla me devuelve a la realidad.

Para Jesús

(él ya sabe por qué)

La burra del tío Pedro

Aquel día prometí no volver a montarme en un animal de cuatro patas en lo que me quedara de vida, lo cual era mucho prometer, ya que sólo habrían transcurrido siete u ocho años de, en ese momento, mi corta vida. Me lo prometí a mí misma, en voz baja, inaudible para todos los allí presentes que reían a mandíbula batiente sin reparar en mi angustia.

La promesa la cumplí durante diez años.

—Anda, móntate conmigo —me rogaba mi amiga Chus en nuestro primer viaje a Tenerife

Y así fue como rompí el solemne juramento, rindiéndome a las súplicas de Chus y a los ojos desorbitados de un lindo camello que esperaba pacientemente sentado a que yo me decidiera.

Lo mismo me ocurrió la primera vez. Que me rendí, que bajé la guardia, que me tragué el miedo que me han causado siempre los animales, por el único motivo de que no se puede razonar con ellos y eso me produce una desazón y un desconcierto que no consigo superar.

Sin embargo, aquel día de un hermoso verano, me rendí.

La finca se llamaba Priñén —o, se llama, desconozco si le han cambiado el nombre—, y estábamos pasando uno de esos veranos de la infancia que se recuerdan siempre. Hacía calor y acabábamos de darnos, mis primas y yo, un remojón en el Huecha. En estas estábamos, riendo y haciendo payasadas, cuando apareció el tío Pedro con su burra. Me alejé unos metros. La forma en que me miraba esa burra me desconcertaba sobremanera.

—Hala, venga, no seas miedica —se reía una de mis primas. La que adoraba a los perros y, por extensión, a todos los cuadrúpedos— vamos a montarnos, que nos deja el tío.

—Yo monto con vosotras dos, que tenéis poco peso —me tranquilizó el tío Pedro.

Todas las miradas estaban fijas en mí. Me acerque despacio, sin mirarle a los ojos a la burra. No quería que me adivinara el miedo. Y, en un arranque de valentía, me decidí.

Mi prima —la que me había retado— se puso delante. El tío Pedro en medio y yo detrás de él, al que me agarré con tanta fuerza que, ni con agua caliente, me habría despegado.

— ¡Arre! —gritaba el tío Pedro, a la vez que le daba suaves golpecitos.

Pero la burra no se movía.

De pronto, cuando parecía que se decidía, se sentó sobre las patas traseras, quedándose ahí clavada como diciendo: “Yo, con estos tres encima, no pienso moverme”

Todavía recuerdo las carcajadas de mis otras primas y mis tíos. Y al pobre tío Pedro, con una cría encima y haciendo esfuerzos por no aplastar a la otra.

A mi prima, peso pluma, la levantaron enseguida en el aire. El tío Pedro se bajó de un salto, pero a mí no había modo de sacarme. Una de mis sandalias rojas se había quedado enganchada en la alforja y por más que tiraban no lograban bajarme de la descarada burra. Por eso y porque era tanta la risa que les provocaba verme allí, con cara de susto sobre la burra impertérrita, que se quedaban sin fuerzas.

Al final salí, con el pie descalzo. La burra se quería quedar mi sandalia roja. Y eché a correr hasta la caseta donde mi tía preparaba la ensaladilla.

El susto no se me fue hasta el postre.

—Yo quiero molocotón

Y me daban el capricho.