El silencio termina en Wisconsin

Comenzamos el paseo por la parte alta del elegante barrio. Georgetown nos espera paciente en un espléndido día soleado. Está tranquilo, no tiene prisa. Los árboles nos saludan acariciados por una suave brisa que alivia el fuego del sol, en un mes de mayo especialmente caluroso. De pronto, tengo la sensación de estar transitando por un lugar donde apenas vive nadie. Un barrio deshabitado y, paradójicamente, limpio y bien cuidado. Estamos dentro de un cuento en el que, durante la noche, cientos de duendecillos con escobas, mangueras de agua y herramientas de jardín, invaden las calles, silenciosamente, para que no quede ni una sola hoja en el suelo, ni en los parques una hierba fuera de su sitio. Para que las flores luzcan sonrientes en una sinfonía multicolor. Cuando despunta el día, los duendes se esconden en los sótanos de las casas y duermen. Y es entonces cuando nosotros nos lanzamos a pasear.

Nos trazamos una ruta como de una hora y media, fiándonos de quien ya la ha recorrido. Caminamos bajo la sombra de los magnolios, entre calles residenciales, adornadas por edificios grandiosos de estilo federal: ladrillo rojo, ventanas blancas, contraventanas verde oscuro, setos amorosamente recortados, parterres resplandecientes. Pisamos sobre unas pulcras aceras de ladrillos rojos como los de las casas. Nos cruzamos con iglesias antiguas, cementerios centenarios, parques frondosos, vistas del río y tranquilas callejuelas, escondidas de la mirada de quien no se interna hasta el fondo mismo del corazón. La paz y el silencio —roto únicamente por el canto de los pájaros— reina en unas calles que rezuman solera y buen gusto.

Y, al cabo de esa hora y media de recrearnos la vista, y sosegarnos el temple, los pies nos llevan a la Avenida Wisconsin. Se acabó la paz. Se acabó el silencio. Aquí no habitan los duendes sigilosos. Un bullicio ensordecedor nos invade y perturba el ánimo. El contraste de la paz anterior y la guerra de cláxones ansiosos por desenmarañar el inmenso atasco que se ha formado, me da el pulso exacto de una ciudad que palpita.

Tratando de huir del bullicio de una calle plagada de comercios, cafés, restaurantes y gentes con prisa, bajamos hasta la orilla del río. Contemplando el Potomac pienso que siempre nos quedará el corazón de Georgetown para soñar. Si lo que ansías es paz, no llegues hasta Wisconsin.

(Recuerdo de un fantástico viaje a Washington, en un mes de mayo casi perfecto)

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Cuatro días y tres noches

Ella me lo propone y yo acepto de inmediato. Solo tenemos cuatro días. O, mejor, todavía nos quedan cuatro días. Esa playa inmensa y brillante, en un remoto rincón del Caribe, es un lugar donde una pierde el sentido. Berta y yo lo perdimos a la vez y en el mismo instante que pusimos los pies en la arena blanca, caliente y nos los acarició el agua transparente del mar más hermoso de la Tierra.

Alquilamos una cabaña. Un porche, el doble de grande que la cabaña entera, nos resguarda del sol y de la lluvia que nos visita cada tarde. Estamos rodeadas de árboles a los que no alcanzas a ver la copa. Alguna rama invade nuestra terraza en la que una hamaca colgante mece mi anhelo. La fragancia de las flores, en el camino a la playa, me emborracha como el más fuerte de los alcoholes.

Hace unos cuantos días que veo el deseo en los ojos de Berta. Los mismos días que llevo yo viviendo en un pálpito. Pero no le damos rienda suelta hasta llegar a esta playa.

El primer día, sobrecogidas, paseamos descalzas por la playa completamente desierta, protegida de turistas. Enlazadas por la cintura, chapoteando por la orilla, besándonos de tanto en tanto y sintiendo el sol y la cálida brisa, se nos incendia la piel y nos atrapa una pasión desenfrenada.

Durante el día, alimentamos el deseo que devoramos en la noche. Al caer el sol, envenenadas por el calor sofocante del Caribe, bajo una blanca mosquitera, manto protector, hacemos el amor hasta caer rendidas de puro agotamiento.

Nuestros cuerpos comienzan a recordar y nos afanamos en que no quede un solo centímetro sin acariciar, sin besar, sin morder. Todos los sentidos despiertos a la vez. El simple roce de la piel de Berta eriza la mía; el sabor salado de su sudor se me antoja la bebida más deliciosa; el olor de su sexo un  aroma embriagador y su sabor, el manjar más exquisito.

La contemplación del cuerpo rotundo y moreno de Berta, que se acopla al mío, me trastorna hasta el delirio. Sus lindas palabras de amor, susurradas en mi oído, se convierten en puro canto de sirenas.

Tres noches he permanecido nublado el entendimiento y dislocada la razón. Pero, de pronto, la dulce y sabia amante que me conduce por placeres desconocidos para mí, se desvanece tras una espesa cortina de humo.

Y me despierto.

(Relato leído el 1 de junio de 2019 en la Feria del Libro de Zaragoza en acto organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores)

RECUERDOS DE LA HIJA DE UN HOMBRE QUE VIVIÓ LA GUERRA (Para que no se nos olvide)

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Lo peor de la llegada al frente de Teruel fue el frío de aquella primera noche —me contaba mi padre—. De lo demás no éramos del todo conscientes —quizá éramos demasiado jóvenes para serlo—, pero el frío, que nos traspasaba los huesos y nos congelaba hasta el alma, sí que lo sentíamos.

El caso es que los chicos del reemplazo al que veníamos a sustituir aún estaban allí —menos los muertos en combate, a los que también reemplazábamos—. Y como ya éramos demasiados para dormir bajo techo —demasiados jóvenes arrastrados a perder la vida sin opción a elegir—, los nuevos tuvimos que dormir al raso. Imagínate, en pleno mes de enero, en Teruel y a doce grados bajo cero. Nos colocamos todos juntos, pero mi manta era muy corta y tuve que decidir si taparme los pies o la cabeza. No sé por qué, me decidí por la cabeza. A la mañana siguiente los pies no los sentía. Nunca en mi vida he pasado tanto frío. Y eso que nací en un pueblo de Soria —se sonreía mi padre.

El viaje de Teruel a Bilbao, nada más terminar la guerra, también fue una odisea —me contaba mi padre en otra ocasión—. No sé cuántas horas de viaje en un tren de mercancías. Todos juntos, ovejas y soldados. Yo tenía tanto sueño que me quedé dormido entre las ovejas y me desperté con un fuerte dolor de oído. Una oveja me había metido la pata en la oreja.

De lo que pasó entre medio de esa primera noche gélida y el viaje con las ovejas, mi padre no me contó nada. No se acordaba mucho, decía, o no quería acordarse. Seguramente no quería evocar aquellos días en los que la mayoría de los muchachos con los que compartió aquella fría noche turolense, cayeron muertos, fulminados en plena juventud. Ese recuerdo lo trastornaba Y lo arrumbó en algún remoto rincón de la memoria para no sufrir.

De lo que sí se acordaba mi padre era del impacto que sufrió cuando le comunicaron la muerte de su hermana de dieciséis años. Él todavía estaba movilizado en San Sebastián. Y también recordaba con absoluta nitidez el comentario desafortunado de su superior al verlo abatido, roto por el dolor: “Que ha hecho usted una guerra, hombre, no irá a derrumbarse ahora”

¿Cómo podía comparar ese hombre —me dijo mi padre con lágrimas en los ojos— una guerra que yo odiaba, con la muerte de mi querida hermana? Mi hermana solo tenía dieciséis años, era buena como ninguna, y yo la quería con toda mi alma.

Apátrida

Caminaba como distraída, sin rumbo, sumergida en sus pensamientos. Negros pensamientos que la llevaban a su tierra, a los campos saharauis. Allí nació ella y todos sus hermanos. Allí vivió toda su infancia: sin agua, con escasez de alimentos, en tiendas, dependiendo siempre de la ayuda internacional que, a cada rato, se olvida de que existen. Una de tantas vergüenzas de este mundo globalizado. Otro ejemplo descarnado de las tormentosas relaciones entre el norte y el sur. Pero ella logró salir. Ahora es una mujer sin patria.

En estas estaba, caminando por el paseo Independencia de la ciudad que la acogió, cuando le llamaron la atención unas letras blancas escritas en el suelo —a veces, mirar hacia el suelo tiene sus ventajas— y se detuvo a leerlas:

La luz al final del túnel, después tus ojos (María de las Morenas)”.

Aichatu sonrió. En un instante se disiparon sus negros pensamientos. Qué mejor patria que la poesía. Y continuó su camino, bajo los tilos vestidos de otoño.  De pronto recordó los ojos claros de aquel muchacho…que le estarían esperando al final del túnel.

Y volvió a sonreír.

La pena de Zaida

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Hace años que la mera existencia de ese libro, el único que ha sobrevivido a la barbarie, le confirma que él existió, que no es fruto de su imaginación. Que fue verdad.

Sin embargo, qué lejos están los días en los que aún era posible leer. Aquel tiempo en el que no se jugaba la vida cuando asomaba un destello de su inteligencia. Cuando todavía opinaba.

Lleva años atrapada en una vida sin letras, atada a un marido fanático que achaca a la lectura el origen de todo mal.

Zaida guarda ese libro en el fondo del armario. Como el más maravilloso de los tesoros pero con el angustioso temor de que alguien lo descubra. En los días difíciles lo sostiene entre las manos y, estremecida, lo abre y lee su firma en la primera página. La letra inconfundible de aquel lejano y único amor. Acaricia despacio todas y cada una de las letras del nombre más querido. Lo cierra y, mientras lo esconde, llora sin hacer ruido.

El libro es una magnífica recopilación de Cuentos Populares de la India. Él se lo prestó y ella nunca se lo devolvió. Gracias a ese libro sabe que existe la belleza y una suerte de remota esperanza.

A él lo mataron.

Pero ella sigue viva.

 

Summertime

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Durante todo el invierno sufro de nostalgia. De la mañana a la noche me acompaña ese sentimiento de pena por la lejanía, la ausencia, la privación o la pérdida de alguien o algo queridos, que es como se define la nostalgia. Se me pega a la piel en octubre y no logro desprenderla hasta junio. Los años que hay suerte, hasta bien entrado mayo.

Mi primer pensamiento, cada mañana del largo invierno, es para el cálido y esquivo verano. Miro por la ventana y siento como un pinchazo a la altura del corazón. Me duele el tiempo perdido, de noches de tertulia a la luz de las velas, de mañanas luminosas bañadas en burbujas y de alborozados vermús de cervezas y olivas negras. Cierro los ojos y me quedo un rato reviviendo el último verano hasta que el malestar se me hace insoportable. Entonces, aguanto la respiración, me echo encima toda la ropa que aguanta mi cuerpo y salgo, a regañadientes y aterida, al crudo, gris, ventoso, frío y desapacible inverno. Odiándolo, desde el primer día hasta el último. Cada minuto.

Y así transcurren todos mis días de invierno: añorando el verano. La primavera y el otoño me pasan desapercibidos. Para mí, todo es invierno. Solo amortigua mi desánimo, alguna que otra tarde de sábado al amor del fuego de la chimenea, si cae en mis manos un buen libro que me distraiga del furioso soplido del viento.

Y, para mi alegría, tú naciste en verano. En pleno mes de agosto. Cuando el sol brilla en todo los alto iluminando mi vida. Las horas deliciosamente largas. La nostalgia huída. Y justo cuando la vida me emborracha y me seduce hasta caer rendida a sus pies, celebramos que naciste, que naciste en verano.

Y así eres tú, intenso como el calor, el olor y la algarabía del verano.

Pero no te quiero por eso.

De mi ventana a la suya

En el coche suena Maite Martín. De agua y fuego me viene acompañando desde hace un rato. Podría dar un pequeño rodeo y no pasar por esa calle, pero quiero pasar. Quiero mirar. Adivinar qué es lo que está ocurriendo. A la altura del número veintidós, paro el coche. Es un riesgo en una calle de tráfico intenso, pero no me importa.

Levanto la vista. Desde la ventanilla del coche veo la que fue su ventana durante tantos años. En un rápido vistazo me doy cuenta de que está completamente nueva. Miro hacia el balcón y también se ve nuevo, como recién estrenado. De pronto me fijo en la jardinera, repleta de plantas, el sueño de mi madre hecho realidad cuando la vida continúa sin ella. Y también las plantas.

Desde mi ventana miro la suya y en un instante comienzan a pasar imágenes al otro lado del cristal. Esteban sentado en el sillón y yo en el de al lado trabajando. Apenas habla ya, pero lo siento cerca. Me voy atrás en el tiempo y se ha cambiado de sillón. Porque en el otro, junto a la ventana, está Maruja. Apenas habla ya, pero la sentimos cerca. Sigo caminando hacia atrás y los veo a los dos en los mismos sillones, hablando, a ratos discutiendo, pero sintiéndose cerca. Y ya no puedo regresar más en el tiempo. La pena no me lo permite. El claxon de un coche, cuyo conductor no comprende qué demonios hago en mitad de la calle, mirando hacia una ventana del segundo piso del número veintidós de Pedro María Ric, tampoco.

Bajo la vista antes de que me salten las lágrimas. Que yo no soy de llorar.

¿Qué habrá al otro lado de su ventana?

La vida, que continúa. Sin ellos. Las plantas insultantemente verdes de la jardinera me lo confirman.

Arranco el coche.

El merengue

Me fastidiaba sobremanera que mi cumpleaños cayera en domingo. Mi madre me miraba perpleja sin comprender mi enfado.

— ¡Vaya!, este año cae en domingo —exclamaba yo enojada mirando el calendario.

Tampoco me gustaba que cayera en jueves. Los jueves teníamos fiesta por la tarde.

Y si no caía ni en domingo ni en jueves, salía del colegio dando saltos, mi madre me agarraba con fuerza de la mano para contener mi alegría desbordada. Iniciábamos el recorrido: desde las Paulas —mi destino de estudiante becaria y pobre comenzó en la calle San Vicente de Paúl— hasta el Coso. Allí estaba la Granja Astoria con su flamante escaparate lleno de sueños dulces, inaccesibles para mí. El agua en la boca y el corazón acelerado, me volvía a asaltar la duda: ¿Se habrán terminado? Sin pensar por un día en el ahorro, hacíamos el camino de vuelta con el merengue más grande. Ni la visión del cuartel de San Agustín, al fondo, en la calle Arcadas, me aterraba ese día. Al llegar a mi  vieja casa de Barrioverde, del merengue solo quedaban los labios pegajosos y la pena  de que se hubiera acabado tan pronto.

Mi único pastel del año.

Revista Imán

Día de vino y rosas

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Dejaré a un lado el objetivo consumista del día de la madre. El engaño de una sociedad capitalista e insaciable que no sabe qué discurrir para que caigamos en el desenfreno de comprar y celebrar el día que sea, no importa cuál. Lo que importa es que quienes manejan esta sociedad de mierda —y ya perdonarán la expresión, carente totalmente de belleza lingüística, pero pertinente— ganen más y más y se vayan a la tumba forrados de un dinero que para nada les va a servir.

Dejaré todo eso a un lado, para centrarme en mi madre a la que, por cierto, tampoco le va a servir nada de lo que diga, escriba o haga ahora mismo, ni lo verá ni escuchará, ni sonreirá siquiera.

No está, no existe ya, en ninguna parte —aunque brindaré con un buen vino en su memoria—, se disolvió en un puñado de cenizas que esparcimos en un jardín de Torrero. Y tampoco existen ya las cenizas, se las llevó el viento. IMG_20180505_181912_BURST001_COVER_resized_20180505_070628650

Sin embargo yo me acuerdo de ella, muchas veces, en muchos detalles. Hoy, por ejemplo, acabo de acordarme de que, cada año, al comenzar mayo, yo le llevaba unas cuantas rosas, recién cortadas, que ella apreciaba como si de un tesoro se tratara.

—Estas sí que huelen bien —me agradecía— y lo que duran, no como las de las tiendas que a los dos días ya están mustias y no huelen a nada.

Por eso he cortado estas rosas, las primeras de esta primavera y las he puesto en un jarrón . Cada vez que paso cerca, cierro los ojos, aspiro y me acuerdo de ella.

 

El dios que ya no ampara

— ¿Sabías que Pozalmuro está a veinticinco kilómetros al oeste del Moncayo y Borja a veinticinco kilómetros al este? —me cuenta mi hermano, feliz por el descubrimiento.

A mi hermano le encanta descubrir este tipo de coincidencias, de casualidades que no son casuales, dice.

Mi padre nació en Pozalmuro y mi madre en Borja. El Moncayo por el medio, amparándolos, hasta que, como dijo el poeta, “hacia el oeste el Moncayo, como un dios que ya no ampara”. Y se alejaron de su falda.

Esta es la historia. El veintisiete de febrero de mil novecientos treinta y tres, un chaval de catorce años abandona la sombra del Moncayo y emigra a la ciudad, a Zaragoza, a buscarse la vida. A esa misma hora de ese mismo día, a una niña de diez años la arrancan de los brazos de una madre viuda que se le ha caído el mundo encima y no puede con todo. A la niña la envían a Zaragoza. Otra casualidad que no es casual.

El Moncayo ha dejado de ampararlos, por eso se van.

Pero aunque se dirigen al mismo destino, no se encuentran. Tendrán que transcurrir años hasta que se miren de frente y se reconozcan: dos seres abandonados por su propio padre, que el Moncayo tampoco fue capaz de amparar.

Otra casualidad no casual. Pero esto es otra historia.