Aire de otoño

Los árboles se han vestido de amarillo de un día para otro. Sus hojas caen lentamente. Un suave viento las deposita con mimo en el suelo. Marian lleva horas sentada en el mirador de su casa viéndolas caer. Cuando ya no queda un centímetro de césped —o de lo que queda de él— a la vista, se da cuenta de que el otoño ha irrumpido en su vida. Cada año es más otoño. Cada año está más cerca el invierno. Cada año le agarra más fuerte la nostalgia. El invierno llegará y ya no habrá vuelta atrás. El frío se quedará para siempre. De pronto se acuerda de una canción de Joaquín Sabina: “El verano acabó, el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno”. Y eso es exactamente lo que le ha ocurrido a ella, que se le ha terminado el verano y, según todos los augurios, el otoño se irá en un suspiro.

Cansada de ver caer las hojas y las horas muertas, Marian cierra los ojos y retrocede un par de meses atrás. Ahí están. Todas. Las personas que quiere. Las imprescindibles. Una cálida noche de verano, la mesa en el mismo centro del jardín. Una cena exquisita bañada con vino y luces de colores. Todavía puede oír sus risas. Aún se acuerda de los chascarrillos y las anécdotas chispeantes. Pero, sobre todo, permanece fresca en la memoria su mirada cómplice. Llenita de amor. Es verano, hace calor. Es feliz. No hay sombras. No hay dudas. O ella no las ve. O las ha olvidado. O es que no hay motivo para dudar. O ella lo ignora. Y tiembla.

Vuelve a abrir los ojos. Las hojas han dejado de caer. Ya no sopla el viento. El jardín se ha cubierto con una manta amarilla. La belleza del otoño, sin embargo, no logra borrar la tristeza que se le ha enganchado en el alma. La sombra de la duda se cierne lentamente con la intención de aplastarla contra el suelo. La nostalgia de un tiempo cálido y feliz está haciendo estragos en su ánimo. Pero Marian no se deja vencer fácilmente. Aguantará las embestidas nostálgicas del otoño y los gélidos vientos invernales y volverá a reír en primavera. A reír de verdad. Con todo el cuerpo, sin sombras de duda. Haya o no motivo para dudar. Para dudar de su amor. 

Se levanta, le da la espalda al otoño y sale a disfrutar de la vida. Ha de aprovechar el tiempo que queda hasta que se instale el invierno y la paralice. “Agárrate fuerte a mí, María”, cantaba Enrique Urquijo con desesperación. Y eso es lo que Marian va a hacer: agarrarse fuerte a la vida y tratar de recuperar esa mirada del cálido verano, que se apagó al comienzo del otoño. 

Pero, de pronto, recuerda aquel “Buenas noches, mi vida”, reflejado en la pantalla de un móvil —que alguien escribió para él y Marian leyó sin querer— y regresan las dudas. 

A pesar de todo, Marian se viste de otoño y decide confiar en la vida, en la sangre que todavía corre desbocada por sus venas y en el amor que se agazapa a la vuelta de la esquina.

Y sonríe.

La maldición

Siempre me había llamado la atención el viejo caserón. Su inmensidad me impresionaba y sobrecogía. Ocupaba una extensa manzana a lo largo de prácticamente toda la calle. La fachada principal, con enormes balcones, daba a la plaza del mercado.

La puerta de entrada tenía el tamaño aproximado de dos puertas de doble hoja colocadas una encima de la otra. El edificio se veía majestuoso, sólido, de una sobriedad esplendorosa, grandioso y arrogante. Sus muros de ladrillo se mantenían impasibles y firmes, ajenos al paso del tiempo. Los grandes balcones sugerían la grandeza de otro tiempo y los amplios ventanales de la planta baja estaban protegidos con verjas de hierro que los preservaban de posibles intrusos. Si te situabas justo delante de la fachada principal del caserón, se producía un efecto óptico a causa de la empinada cuesta según el cual la casa crecía y se ensanchaba y tú te sentías cada vez más pequeña.

De cualquier modo me fascinaba por su desproporción casi ridícula en la calle tan estrecha de uno de los pueblos que más azota el viento del Moncayo en invierno. Y por su aspecto al tiempo mágico y espectral.

Hubo un tiempo que en la casa vivía gente rica. Por el pueblo corría una leyenda sobre la maldición que recayó sobre sus dueños por ser herejes y no cumplir ninguno de los mandatos de la Iglesia ni de las gentes decentes. Los padres vieron cómo sus hijos morían de extrañas enfermedades ocasionadas por la vida de vicio y desenfreno de sus progenitores y por haber renegado de la fe cristiana. Sólo quedó viva una hija, que sacaron de allí. La casa permaneció cerrada durante décadas. “Está maldita, aseguraban”. Una nieta la heredó.

La vi desde lejos y observé su ritmo lento, la cadencia de sus movimientos, el ir y venir de sus ojos de izquierda a derecha, su media sonrisa, su cabeza levemente ladeada, en cada mano sendas bolsas de viaje de color camello y una ajada mochila de cuero colgando de la espalda. Pero lo que más me chocó fue su particular indumentaria: un vestido tipo túnica de vivos colores que arrastraba por el suelo.

Al pasar a mi lado pude ver sus ojos, de un negro intenso, como su pelo, sus manos huesudas, sus rasgos de un cierto corte oriental y pude sentir su olor diferente, algo exótico, como toda ella. Tras su paso quedó suspendida en el aire una rara sensación que me turbó.

Al llegar al viejo caserón se detuvo, depositó una de las bolsas en el suelo y abrió la puerta. No pude evitar mirar y un escalofrío me recorrió la espalda. Antes de entrar, la nieta heredera se volvió y me dedicó una extraña sonrisa que me paralizó.

Esa noche nadie del pueblo durmió. Gritos espeluznantes y un fuerte olor a azufre lo impidieron. A la mañana siguiente, el gran portón de la entrada estaba abierto. En el salón yacía muerta la nieta heredera sobre un gran charco de sangre. Nunca se supo qué ocurrió pero hay quien dice que esa noche vio venir a las brujas desde Trasmoz .

El viejo caserón fue derrumbado semanas después pero el olor a azufre no hay modo de hacerlo desaparecer.

(Publicado por la revista literaria IMÁN en su nº21, el mes de noviembre de 2019)

Cuando la poesía te salva

Olivia se levanta cada día a las seis, a veces incluso antes. Con los ojos entreabiertos, tropezando con los muebles, golpeándose las rodillas con las puertas, llega al baño. La luz insoportablemente blanca del baño recién estrenado le hiere los ojos y tiene que volver a cerrarlos. Los vuelve a abrir con precaución, poco a poco, prometiéndose que algún día aprenderá a ducharse con los ojos cerrados.

A Olivia le cuesta volver a este mundo. Regresar desde una noche plagada de sueños y fantasías, le cuesta una enfermedad cada mañana. Se le antoja que habita en dos realidades distintas, la de la noche, luminosa y feliz, viviendo historias sin fin, y la terriblemente gris de su día a día. Por eso le resulta tan espantoso tomar conciencia de su solitaria, triste y rutinaria vida.

Tras cruzar dos puentes, transbordar del autobús al tranvía y caminar un buen trecho, consigue llegar al trabajo a tiempo. Durante el largo recorrido tiene tiempo de conformarse con su suerte.

Un día más.

Tampoco está tan mal”, trata de convencerse. Al fin y al cabo, tiene un trabajo —rutinario y aburrido hasta doler, pero un trabajo—, que le permite mantenerse, sin lujos, pero sin carencias. No todo el mundo puede decir lo mismo. Y así comienza la jornada, resignada en su destino. Sabiendo que, al volver a casa, le morderá la soledad.

Un día más.

Pero hoy, ve algo en la calle principal de su ciudad que le llama la atención. Cada cincuenta metros han colocado unos paneles verdes. Hay algo escrito, trozos de poemas. Y van firmados.

Se acerca a uno por azar y lo lee: HAS OLVIDADO QUE EL AMOR VA LENTO. TE VOLVISTE PIRÓMANA, QUEMANDO TODO AQUELLO QUE IBA DE TU CUERPO HACIA ADENTRO” . Lo firma: Mar Panzano.

Se acerca al siguiente: PÓSTUMA. NOS FALTA UN PESPUNTE. LAS AGUJAS NOS LAS CLAVAMOS. EL HILO LO PERDIMOS”. Firmado: Vicósmica.

De pronto lo comprende. Es ella la que le habla, parapetada tras la poesía. ¡Cuántas veces le habló desde un poema! Y ella no lo entendió. Sin embargo, la ha visto llorar detrás de las poesías de la calle, dejadas a la intemperie, sin protección alguna, como ella la dejó.

Llorando, saca el móvil del bolsillo y marca su número.

Soy yo”.

Los amantes del ibón

Llegaron separados. Él conduciendo un todo terreno cubierto de polvo, como acaban los coches tras el recorrido por una pista forestal. Aparcó descuidadamente y bajó del vehículo mirando de un lado a otro, como si buscara a alguien. Se le veía nervioso. Vestía botas de monte, pantalón y camisa color caqui y un chaleco acolchado que estaba de más en una tarde excepcionalmente cálida de principios de octubre. Saludó con un ligero movimiento de cabeza y se sentó en la mesa junto a la mía. Pidió una cerveza y esperó. Sin hacer nada. Sin echar siquiera un vistazo al móvil que dejó encima de la mesa con la pantalla vuelta hacia abajo.

La terraza del único bar del pueblo que permanecía abierto comenzó a llenarse de clientela. Los habituales de cada día. Se ve que era el lugar de reunión al terminar la jornada. El silencio de primera hora de la tarde dejó paso a voces y risas animadas delante de un montón de cervezas frías. La noche comenzaba a caer. Y él continuaba inmóvil, la mirada fija en la carretera. La mandíbula en tensión.

Momentos antes de anochecer apareció ella. En un descapotable. Un pañuelo atado al cuello le cubría la cabeza. Me recordó a unas antiguas fotos de mi madre y mi tía con sus pañuelos en la cabeza para combatir el cierzo y el frío. Aparcó cuidadosamente al otro lado de la carretera. De reojo vi la luz que se prendió en los ojos de él y cómo relajaba el gesto de la boca. Ella descendió despacio del elegante coche. Unas piernas largas enfundadas en medias color champagne acallaron las voces y las risas de la terraza. Él se levantó, cruzó la carretera lentamente y cogiéndole la cara con las dos manos la besó en la boca. Un beso tan de película que a punto estuvo de arrancar el aplauso de los que observábamos la escena desde la terraza del bar.

Enlazados por la cintura, la cabeza de ella apoyada en el hombro de él, cruzaron la carretera y se sentaron en la mesa junto a la mía. Ella cogió la botella y se bebió la media cerveza que quedaba. Hasta ese momento no habían intercambiado ni una sola palabra. Se miraban a los ojos. Sonreían. Se acariciaban las manos. Finas las de ella y con las uñas impecablemente pintadas del mismo rojo que el carmín de los labios. Las de él, grandes y toscas, acumulaban horas de trabajo duro en el campo.

Al cabo de unos minutos apareció el camarero con un par de bocadillos, una botella de vino tinto y dos copas. Durante todo el tiempo que les llevó despachar los bocadillos y la botella entera de vino no emitieron frase alguna. Era como si ya se lo hubieran dicho todo, como si las palabras fueran a romper ese momento de intimidad total, inmunes a los ruidos, las voces y las risotadas del resto de los clientes. Aislados completamente del mundo.

—Mañana subimos al Ibón, ¿no? —dijo ella en voz baja.

—Sí, mañana. Lo tengo todo preparado —contestó él en el mismo tono.

Después se levantaron y dejando un billete de cincuenta euros en la mesa, sin esperar las vueltas, se montaron en el todo terreno de él y se perdieron en la oscuridad de la carretera. El descapotable quedó allí, aparcado a la intemperie.

Al caer la tarde del día siguiente, acudí de nuevo a la terraza con la esperanza de verlos aparecer. Pero no se presentaron. Sin embargo el descapotable seguía allí. Cuando yo ya estaba a punto de irme, apareció derrapando una furgoneta blanca. Paró delante de la puerta del bar y un muchacho, de los que la tarde anterior bebía cerveza en ese mismo bar, bajó precipitado y acto seguido nos informó de lo ocurrido a todos los allí presentes. Él mismo se los había encontrado. Al Andrés y a una mujer de unos cincuenta años, “la del descapotable”, decía señalando el coche al otro lado de la carretera. Estaban abrazados en la misma orilla del Ibón. Muertos. Junto a ellos, dos tubos de pastillas vacíos y una botella de Cardhu. También vacía.

—Se conoce que eran amantes —señaló a modo de explicación.

Clara

Llegó una mañana de comienzos de otoño. Atravesó nuestro pasillo sin miedo, el de las internas más peligrosas, las que nos pasábamos la vida castigadas por desvergonzadas, rebeldes y díscolas. Pero lo atravesó sin miedo.


Sabíamos que era una de ellas, de nuestras carceleras, y que venía a sustituir a la Trini, la maestra a la que volvimos loca y tuvieron que encerrar en un sanatorio. Habían tardado meses en sustituirla. Nadie quería  entrar en esa cueva de terror, como vulgarmente llamaba todo el mundo a nuestra ala maldita del reformatorio. Pero la ley les obligaba a que tuviéramos una maestra, al menos una, para que nos educara —enderezara, más bien— hasta que cumpliéramos la mayoría de edad. En ese momento nos mandarían a un lugar peor. Ese era nuestro destino. Y por alguna extraña razón, que yo nunca alcancé a comprender, decidieron cumplir esta norma de la ley, cuando no cumplían prácticamente ninguna.


Según avanzaba por el pasillo, se fueron oyendo insultos, improperios y carcajadas que hubieran helado la sangre a cualquiera que no tuviera horchata en las venas. Ella parecía tenerla. Cuando iba por la mitad del recorrido, comenzamos a tirarle bolas de papel desde las ventanas enrejadas de los cuartos-celda que daban al pasillo, pero seguía sin inmutarse. Lo raro es que iba sola, nadie de seguridad iba con ella para protegerla. Seguramente no sabía que si nuestras puertas no hubieran estado cerradas con llave, nos habríamos tirado encima para lincharla. Necesitábamos vengar la muerte de nuestra Adelita.

Ya iba para un mes que había muerto de un ataque epiléptico al que nadie prestó atención. Y no nos conformaríamos hasta que alguien pagara su muerte por desidia, abandono y crueldad. Adelita no era mala, solo estaba enferma. Pero yo sí lo era. Tenía malos sentimientos, rencor y rabia suficientes como para acabar con la primera carcelera que se me pusiera delante. Y se puso ella, Clara.

Al fondo del pasillo estaba lo que nuestras guardianas llamaban aula. Un cuartucho oscuro con mesas y sillas medio descuajeringadas y una especie de pizarra donde ya no había modo de escribir una letra sin que se hiciera pedazos la tiza.

Clara abrió la puerta y esperó. Al momento aparecieron dos guardianas, escoltadas por otros dos guardias de seguridad —a mí me enorgullecía que hicieran falta tantas precauciones para reducirnos— que fueron abriendo nuestras puertas y llevándonos a empujones hasta el aula. Llevaban porra, no nos podíamos negar. Éramos siete, cuatro cuartos en cada lado del pasillo. El octavo estaba vacío. Había sido de Adelita.

Clara, sin inmutarse por nuestras miradas amenazantes y rencorosas, hizo un gesto para que cerraran la puerta y desapareciera todo el batallón de seguridad. Los otros dudaron, pero acabaron saliendo. “Ella sabrá lo que hace”, oí comentar a una de las guardianas.

Su reacción nos descolocó. Nunca habíamos estado en el aula sin un guardián o guardiana. Pero enseguida reaccionamos. Julia agarró el bic y lanzándose hacia ella se lo puso en la garganta: “si haces lo que te digamos no te pasará nada, si no, nada tenemos que perder”, le espetó con su voz gutural. Y le largo un papel con nuestra lista de peticiones: Compresas (la primera de la lista), salir al patio, pan tierno, agua caliente en la ducha y un largo etcétera de más de veinte puntos

Clara se la devolvió sin mirarla y Julia hincó un poco más el bic. 

—Clávalo si quieres —apenas le salía la voz— pero no actuaré bajo amenaza—. Estuve aquí —añadió tras un tenso silencio.

Julia me miró y asentí. Guardó el bic. Y con ese gesto comenzó nuestra salvación. Clara cogió la lista, la leyó y la guardó en el bolsillo.

—Mañana traeré la primera petición —anunció.

Se giró y agarrando un trozo de tiza escribió con determinación y en mayúsculas: 

LECCIÓN Nº 1: EL PAPEL DE LA MUJER EN LAS REVOLUCIONES.

Y se quebró la tiza.

La reina destronada

La seguí un rato con la mirada. Cojeaba ostensiblemente. Mucho más que cuando la conocí, tantos años atrás. Había engordado, ahora era una mujer gruesa. No la recordaba muy delgada pero tampoco gorda. Se la veía desaliñada. El pelo cortado como a mordiscos, reseco y arruinado por la superposición de tintes. La falda de color indefinido le colgaba un palmo más por un lado que por otro. Una blusa marrón carmelita, bastante ajada, componían un conjunto desolador. No pude verla de frente —ni quise, no tuve valor para hablarle— así que no sé si seguiría siendo la dueña de la mirada azul más sugerente y provocadora de todas las de nuestra pandilla. 

         Porque ella, Lourdes, formó parte de mi grupo más allegado de amigas durante toda mi adolescencia y juventud. Hasta que voló hacia el mundo libre que en aquel entonces, para todas nosotras, se situaba en Londres. Y le perdí la pista. Años después me contaron parte de su historia que yo nunca creí del todo. Una historia trágica de malos tratos, abandonos y vida tirada por la borda. Pero no la había vuelto a ver hasta ayer. Al verla me invadió una inmensa tristeza de la que no logro desprenderme. Ni tampoco puedo arrancar su imagen de mi cabeza.

         Lourdes era una chica risueña, simpática y ocurrente. En realidad siempre fue la líder del grupo. La reina de todas las fiestas. La seguíamos porque era la más atrevida, la que tenía las ideas más divertidas para pasar una fría tarde de domingo y, sobre todo, porque desafiaba a la autoridad en unos tiempos en los que nadie se atrevía a rebelarse. Hacia pellas. Se enfrentaba a las monjas del colegio rancio y gris en el que estudiábamos. Se relacionaba con los chicos con una suerte de soltura y camaradería envidiables. Fumaba en los baños, haciendo equilibrios sobre el inodoro. No hacía jamás los deberes. La echaban de clase cada dos por tres, por insolente y descarada. Y, sin embargo, sus notas eran buenas, aunque debían haber sido excelentes, pero su conducta le bajaba muchos puntos. Se declaraba atea. Arremetía contra la mínima injusticia.

         Siempre tenía estupendos planes para los ratos de ocio. Nunca me divertí tanto como aquellas tardes de domingo en compañía de Lourdes. A veces agarraba la guitarra y cantábamos durante horas canciones protesta en el parque. Y cuando no estaban sus padres en casa —cosa que ocurría a menudo— montaba fiestas formidables. Allí circulaba el tabaco, el alcohol y los preservativos como la cosa más natural y en la misma proporción. Lourdes era la suministradora oficial de todo. Y la principal consumidora. Junto a ella yo me sentía libre. Creaba una isla de libertad en medio de un mundo que nos asfixiaba. Era guapa, rubia y tremendamente sexy. Cojeaba ligeramente, pero ese defecto no disminuía su atractivo. Y un buen día desapareció. Se fue a Londres y no regresó. 

         Ayer seguí con la mirada a un brutal espectro de Lourdes. Y justo antes de perderla de vista, vi con asombro que entraba en una iglesia. Mi sorpresa fue tan grande que me fui detrás. Abrí la puerta con aprensión y comprobé con estupefacción cómo se arrodillaba ante un anacrónico confesionario.

         Di media vuelta y salí espantada. 

Ari

Hace dos años que cuelga el cartel de “SE ALQUILA” de la casita de enfrente. Ariadna mira cada mañana con la esperanza de que haya desaparecido el cartel. Los últimos inquilinos eran personas discretas y educadas con los que apenas había intercambiado unas cuantas frases hechas. “Buenos días”. “Parece que el tiempo va a cambiar”. “Que tengas un buen día”. La trataban de tú, lo cual la hacía sonreír. No iniciaron una relación más allá de una cordial vecindad. Pero estaban ahí. Y la luz del porche permanecía encendida toda la noche. Y eso era suficiente para Ariadna. Estaban ahí siempre. Incluso los largos meses de invierno, cuando el resto de habitantes de la pequeña urbanización (siempre le chocó la palabra “urbanización”, se le antojaba como querer ser lo que no es más que un grupo de casas sin talento y sin gracia) desaparecían sin dejar rastro hasta el verano siguiente.

Desde que los vecinos de enfrente se fueron, Ariadna se quedaba sola, añorando la luz del porche. Desde su casa no se ve el mar, pero lo intuye. Y sabe que desde la de enfrente sí se ve.Un frío día de noviembre toma una decisión: alquilará ella la casa. Pondrá la suya en alquiler y verá el mar. Pero antes de marcar el número que se sabe ya de memoria, mira por la ventana. El cartel ha desaparecido y en la puerta está aparcada una furgoneta. Sale precipitada, sin ponerse el anorak. Una ráfaga de viento le recuerda el mes. Pero no retrocede. La puerta de la casita, desde la que  se ve el mar, está abierta.”¡Hola! “. Un joven moreno, cargando una caja, se asoma. “¿Siempre hace este frío? “, pregunta sin saludar. “No, solo en invierno”, contesta Ariadna tontamente. El joven deja la caja en el suelo y se echa a reír. “Perdona”, alargando la mano, “no me he presentado: “me llamo Ari, de Aristides”. “Bienvenido, yo soy Ari, de Ariadna”. Las carcajadas se estrellan en las paredes todavía vacías. “Es una señal”, piensa Ariadna.

Verá el mar.

Luz María

Luz María vivía sola. Siempre me gustó su casita pintada de blanco, toda de blanco, incluidas puertas y ventanas. Hasta las rejas de las ventanas de arriba, las que hacían bonitos dibujos de hojas y flores, eran blancas. Delante un pequeño jardín, a rebosar de flores. Me fascinaba la buganvilla de un rosa intenso que trepaba por la fachada. En la parte de atrás un minúsculo huerto le apañaba la comida diaria.
Luz María crió cuatro hijos, ella sola. El padre de las criaturas desapareció un día y nunca más se supo. “Salieron buenos chicos”, aseguraba Luz María, “ningún problema me dieron”.
Y en cuanto se casó el último, Luz María, dejó la ciudad y se alquiló la casita blanca con huerto y jardín. Cerca de las vías del tren. Y a cien metros del mar. La ilusión de su vida.
Ella ya había cumplido. Ahora le tocaba vivir. Y eso hizo todo el tiempo que le permitió la vida.
Una mañana comenzó a dudar. No recordaba si había regado las plantas. Otro día no sabía para qué servía la tijera de podar los rosales. Una tarde sintió hambre y, de pronto, cayó en la cuenta de que se había olvidado de comer. Y se preocupó. Los síntomas continuaron cada vez de forma más evidente. Finalmente tomo una decision. Una mañana se levantó temprano, limpió a fondo toda la casa, regó las plantas, recogió los últimos tomates del huerto y salió tranquilamente. “Buenos días, Luz María”, la saludó una vecina. “Tenemos buen tiempo, ¿verdad?”. Luz María sonrió, agitó una mano y continuó su camino.
Al día siguiente, la radio local daba esta noticia: “Una vecina del pueblo se tiró ayer a las vías del tren justo cuando pasaba el AVE. Murió en el acto. Parece que se trata de la señora LMG”.
En la casa, sus desconsolados hijos, encontraron esta nota: “Me voy. No quiero molestar a nadie. Os quiere . Mamá”.

Bajo los tilos

Es efímero. Apenas dura un par de semanas. Pero tan intenso como aquel tórrido amor de verano que me emborrachó y mantuvo en éxtasis mientras duró, poco, como el aroma de los tilos, apenas un par de semanas. Pero fueron suficientes para comprobar que la vida continuaba latiendo en medio de un lugar desoladoramente frío en esos momentos: el fondo de mi alma.

A los pocos días, ese placer abrasador que invadía todos los poros de mi cuerpo, se alejó sin dejar más rastro que el recuerdo de una suerte de quemazón en la piel tras una prolongada exposición al sol. Su aroma se esfumó con él. Sin embargo, me agarré a la ilusión de encontrarlo al verano siguiente. Como el aroma embriagador de los tilos, que desde hace unos años vuelve de la mano del mes de junio. Sé que volverá en cuanto asome el verano. 

Él no volvió. Nunca más. Y ya no recuerdo su aroma, ni su encantadora sonrisa que me cautivó. Por suerte, la sensación que me quedó en el cuerpo ha regresado este año ligado a la esencia de los tilos del Paseo Independencia. Cada día me dedico a pasear bajo sus ramas, arriba y abajo del paseo. Inhalando el hechizo que me devolvió a la vida. Y en una de las vueltas me he topado con una historia que me contaba mi madre. 

“Cada domingo por la tarde, mis amigas y yo, cogidas del brazo —relataba mi madre—, paseábamos arriba y abajo del paseo para cruzarnos con los soldados, que ese día los dejaban salir del cuartel. La idea era hacer conquistas”.

La historia entera era que tenían un código por el cual se colocaba en la esquina la chica a la que le gustaba uno de los soldados. Ellos hacían lo mismo y, si al volver a cruzarse, se rozaban el brazo los que estaban interesados, es que había correspondencia. Así se hicieron novios una amiga de mi madre y un muchacho catalán que estaba haciendo la mili en Zaragoza. Impresionante.

Hace días que se ha desvanecido el perfume de los tilos. Pero regresará, este sí, el año que viene. Y yo evocaré viejas historias bajo los tilos. Aunque tú no vuelvas. 

Buenos días, madre

Ella sube en la siguiente parada a la mía. Todas las mañanas, a la misma hora. Por la misma puerta. Acarrea un bolso grande y un ordenador portátil colgando de cada uno de sus hombros. Es delgada, seria, el pelo perfectamente recogido. Suele vestir de negro, pantalones estrechos y zapatos de medio tacón. En pleno invierno, calza botas de cuero y anorak negro ajustado en la cintura. 

Tras pegar la tarjeta en la minúscula pantalla que registra el cobro, la recoge en el gran bolso y, en el mismo gesto, saca el móvil. No me pierdo ninguno de sus gestos. Lo hace todo lentamente, como un ritual. Busca en los contactos y se coloca el teléfono en la oreja. Espera unos segundos. De pronto cambia la expresión de su cara. Sonríe. 

—Buenos días, madre. Ya estoy en el tranvía —saluda en voz baja para no molestar al resto de los viajeros que, en absoluto silencio, se ensimisman en sus pantallas—. ¿Dormiste bien?

Y, a partir de ahí, comienza un monólogo de la madre que la hija escucha atentamente, sin interrumpirla. Intercalando únicamente un “sí” o “claro, muy bien”. La deja hablar. Solo de tanto en tanto, esboza una sonrisa. Una amorosa sonrisa de buena hija. Y poco antes de llegar a nuestra parada —ella se apea en la misma que yo—, “que pases buen día, madre”.

—Hasta la noche, madre —se despide los viernes—saldré prontito para que no se me haga muy tarde.

Y en ese momento yo imagino la ancha sonrisa de una madre contenta. En pocas horas verá aparecer a su hija. 

—Conduce despacio, hija —le dirá como todas las madres del mundo cuando sus hijos se ponen en viaje.

Así ha ocurrido durante todas las mañanas del último año. Y si algún día pierdo el tranvía, siento la pena de no poder presenciar la conversación que no escucho entre una madre y una hija amorosa. Imagino la historia. La hija está trabajando en la ciudad. Ha dejado a la madre en el pueblo. Sola. “Tú no te preocupes, que las vecinas me ayudan”, le habrá dicho. Pero la hija, sabiéndola sola, la llama todas las mañanas para cerciorarse de que se ha despertado bien y para que hable todo lo quiera. Ella la escuchará paciente porque, en cuanto baje del tranvía, ya no tendrá ni un minuto de sosiego. Trabaja en una multinacional doce horas diarias. La mayor parte de los días, come en el trabajo. En veinte minutos escasos. Y cuando llega a casa, por la noche, su madre ya está acostada. No son horas de llamarla. Los viernes, su única tarde libre, coge el coche y corre al pueblo del que su madre no ha querido mudarse. Ni siquiera cuando faltó su padre.

Pero hay otra historia posible. La hija solo tiene libertad para hablar durante el trayecto del tranvía. Un marido celoso, en el paro, detesta que hable por teléfono cuando vuelve a casa. Y ella procura no hacerle enfadar. Los viernes él tiene partida con los amigos. 

Llega el verano. Se rompe la rutina. Cambian las caras de los viajeros. Ya no suben adolescentes con sus grandes y pesadas mochilonas, que acarrean junto con kilos de sueño en los ojos. Ella cambia de horarios. Yo también. Y vuelve el otoño, destrozando la alegría de los días largos y perezosos. Recobramos el ritmo.

El primer día de trabajo, tras mis vacaciones, subo al tranvía con la ilusión de ver aparecer a la protagonista de mi historia. Necesito verla para continuar imaginando. La veo desde el cristal. Tiene la mirada perdida. Viste de negro, como siempre, pero de un negro más oscuro, si es que eso es posible en el negro. Su semblante también se ha oscurecido. No le brilla la piel. Pega la tarjeta, suena el clic, la mete en el bolso, se acomoda en el mismo lugar de siempre, pero no saca el móvil. 

Sorprendida, la miro fijamente. Ella, al saberse observada, levanta la vista del suelo.

—Se murió a mitad de verano —dirigiéndose a mí con lágrimas en los ojos—. La llevé a que viera el mar por primera vez. Y fue tanta su alegría que su débil corazón no lo resistió. Estaba muy enferma —dice al final como reprochándoselo.

Siempre supo que todas las mañanas la espiaba.