Marile no recuerda ninguna noche de su vida más feliz que las noches de cada cinco de enero de su infancia. Sus padres cenaban fuera esa noche, pero a ella no le importaba, cualquier otra noche, sí. Sin embargo, la víspera de que vinieran los Reyes Magos de Oriente no añoraba que su madre le contara el cuento y la arropara y se quedara junto a su cama hasta quedarse dormida, anestesiado el miedo.
Sus hermanos jamás tuvieron miedo a la oscuridad, nunca durmieron solos, pero a ella le aterraba el negro de la noche en la soledad de su cuarto. No le bastaba con que la chica que los cuidaba se quedara con ella hasta que la venciera el sueño, no, si no escuchaba la cálida voz de su madre, no se dormía. Excepto la noche de Reyes. Esa noche llegarían los tres Reyes Magos de Oriente —a los que, por cierto, no temía—, con un montón de regalos, el terror nocturno se diluía, la envolvía el sueño como por ensalmo. Se dormía feliz, sin mamá, sin cuento, sin la chica que los cuidaba, ocupada en el hermano pequeño.
Una de esas noches mágicas, su prima Lupe vino del pueblo para sentir el pálpito que le contaba Marile y que ella no había vivido nunca. Esa emoción que te eleva medio metro los pies del suelo, ese nerviosismo, ese corazón acelerado, esa magia que sin saber cómo ni cuándo se producía cada noche del cinco de enero y llenaba la mesa camilla del cuarto de estar de juguetes nuevos, brillando en la tenue luz del amanecer. Marile no iba a dormir sola esa noche, Lupe —cuatro años mayor que ella— se metió en su cama sin parar de hablar.
—Cállate ya, que van a llegar los Reyes —le insistía Marile.
Lupe se reía y no dejaba de hablar.
Por fin se durmieron. En mitad de la noche, Lupe, a la que despertaba el vuelo de una mosca, escuchó ruido. Despertó a Marile, se asomaron al pasillo y Marile comprobó con una mezcla de sorpresa y decepción, cómo su madre y su padre, cargados de juguetes, entraban al cuarto de estar. Miró a su prima.
—¿Pero es que no lo sabías? —Lupe se reía con ganas.
Marile regresó a la cama sin contestarle. Acababa de desaparecer la magia. Se sentía como Cenicienta sentada en la calabaza. En esa casa —gracias al empeño de su madre que era una fan infatigable de los Reyes Magos de Oriente— se celebró siempre el día de Reyes con intercambio de regalos para pequeños y mayores, pero ya nunca fue lo mismo.
Muchos años después, su padre enfermo esperó a que pasara el día de Reyes para morirse un día seis de enero por la noche. Sabía cuánto les gustaba ese día y tuvo el detalle.
Gracias, papá.
@ElenaLaseca
Ilustración (acuarela): Mercedes de Echave

