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diciembre_acuarela

Conocí a Violeta la primera vez que pasó por el hospital. Yo trabajaba en urgencias. Violeta llegó con un fuerte dolor abdominal. La operamos de una peritonitis aguda que había estado a punto de acabar con su vida. Nos agradeció llorando todo lo que habíamos hecho por ella. El día que le dieron el alta fui a verla a la planta. No solía hacerlo, pero en los ojos de esa chica habitaba una tristeza profunda que me impresionó. También me impresionó que acudiera sola al hospital. Y que nadie estuviera con ella. Le pregunté si alguien iba a buscarla y me contestó que su esposo trabajaba todo el día. Era muy joven. No la volví a ver hasta unas semanas después. El azar quiso que yo estuviera de guardia esa noche. Violeta apareció de nuevo con fuertes dolores abdominales. Se había abierto la cicatriz de la operación. «Es que hice un esfuerzo, que no debía», se justificó. 

—¿Dónde trabajas? —pregunté.

—En casa —contestó sin dar más explicaciones.

Le curamos la herida y recomendándole que no hiciera esfuerzos, la mandamos a casa. Yo no me quedaba tranquila. Eran las tres de la mañana.

—¿Te viene a buscar tu esposo?

—Está de viaje —volvió a contestar lacónica.

Y se fue.

Llegó al hospital una tercera vez. También de noche. Yo no estaba de guardia. La encontré en la sala de observación a la mañana siguiente. Unos ojos tristes me miraron desde el último box. Era Violeta, estaba pálida y se tapaba con la sábana hasta el cuello. Antes de acercarme, leí el informe del médico de guardia: «Paciente con hematomas en abdomen, espalda y piernas. Un brazo roto a la altura del codo. Posible caso de maltrato. Se da parte a la policía».

Las veces anteriores ya era un «caso de maltrato», pero estuvo enmascarado por la peritonitis primero y la cicatriz abierta después. Violeta, presa del miedo, no había abierto la boca. Tampoco había moratones, evidencias físicas visibles. «Hasta ayer no se decidió a golpearme de verdad». Y lo decía con vergüenza, sin rabia, con esa tristeza profunda que se le escapaba en la mirada. La rabia la sentía yo, por no haberme dado cuenta las dos primeras veces. Pero había conseguido escapar y podríamos ayudarla. La acompañé hasta el quirófano. Iban a operarla del brazo.

Ya no regresó a casa. 

@ElenaLaseca

Ilustración (acuarela):  Mercedes de Echave

(Relato escrito a partir de la ilustración).

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