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relato_agosto26

Alicia odia el ruido, la música a todo volumen, las conversaciones en voz alta, los alborotos. No soporta los lugares en los que se amontona mucha gente ni los bares abarrotados ni el tráfico de las ciudades en hora punta. Alicia ama el silencio, la música suave, el trino de los pájaros, el rumor del mar, leer en la calma de la noche. 

En verano, se traslada a vivir junto al mar. Desde el mismo momento que pone los pies en un pequeño apartamento heredado de sus padres, persigue el silencio, huye de los restaurantes de moda, jamás baja a la playa a la hora que acude todo el mundo con sus sombrillas, sillas, neveras e hinchables varios y hace todo lo posible por defenderse de quienes gustan de celebrar las vacaciones a los gritos. Vive a contra corriente o lo intenta. Va a la playa a una hora temprana. Vuelve cuando todo el mundo va. Duerme la siesta mientras el resto del vecindario se está bañando o tomando vermú en el chiringuito. Sale a pasear a la hora mágica (desde la caída del sol hasta la caída de la noche). Nunca lo ha tenido fácil. Se da la circunstancia de que en el edificio de apartamentos en el que se encuentra el suyo, veranean personas con la costumbre de hablar con altavoz, hacer barbacoas en el jardín a las tantas de la noche, poner la música a todo volumen y llamar a gritos a los niños y niñas que corretean todo el tiempo sin hora ni concierto. No los critica, es la forma que tienen de divertirse, de veranear. Simplemente huye. Ha sido durante muchos años y así le parece a Alicia que va a seguir siendo. Aun así, no rebla y, erre que erre, se afana en su misión de perseguir el silencio. «¿Por qué no vendes el apartamento y te vas a otro lugar?», le sugieren sus amigas. «Por nostalgia, porque cada rincón me recuerda a mi padre, porque me gusta sentarme en la silla que se sentaba mi madre».

Este verano ha metido de nuevo en la maleta el propósito de no cabrearse y unos buenos tapones para los oídos. Ha decidido madrugar más. Se lleva un montón de libros para leer en el último rincón de la última playa a la que no suele ir nadie hasta que el sol está en todo lo alto. Y un saco llenito de kilos de paciencia.

Llega al apartamento, descarga el equipaje y levanta la vista hacia los pisos de arriba. Nadie en las terrazas. Mira el reloj. «¿Estarán en la playa?», no es hora. «¿Estarán de paseo?», tampoco es hora. Se encoge de hombros y entra en su casa. Se dispone a disfrutar de un silencio imprevisto. El verano comienza bien. El apartamento en marcha, sale a la terraza con un libro y auriculares para oír solo su música. Mira hacia las terrazas: vacías. Se vuelve a encoger de hombros, se acomoda y se sumerge en la lectura. Transcurren unas cuantas horas sin que se oiga una sola voz humana. Embebida en la última novela de Marta Jiménez Serrano, no es consciente del paso del tiempo. La noche se le ha caído encima sin enterarse. «¿Y los vecinos? ¿Estarán todos muertos? ¿Ha habido una epidemia y no me he enterado? ¿Se habrán quedado sin oxígeno como en la novela de Marta?»

Al final se decide. Comienza a subir las escaleras con aprensión, temblándole las piernas. Mira por la ventana del primer apartamento —por suerte todas las ventanas tienen las persianas subidas— y se queda paralizada. Pasa al siguiente, lo mismo. Luego al otro y al otro. Así va recorriendo todos los apartamentos, mirando a través de las ventanas. Sus temores se cumplen: todos muertos. Se han quedado petrificados, congelados. El aire acondicionado los ha liquidado. 

La mayoría sostiene un móvil y en su cara una expresión de asombro, sorpresa e incredulidad.   

@ElenaLaseca

Ilustración (acuarela):  Mercedes de Echave

(Relato escrito a partir de la ilustración)

 

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