Desde el punto de la mañana la está esperando. Se ha levantado al amanecer. En ese lugar, al este del este, amanece pronto en esta época del año y a Rosa le entra la luz a raudales por la gran ventana sin persiana ni cortina que la tamice. «¿Por qué no instalas unos estores?», la eterna pregunta de Amanda, «aquí no hay quien duerma desde la primera luz», la eterna queja de Amanda. No tan eterna, solo desde hace cinco años, pero «la vida es eterna en cinco minutos», según Víctor Jara, en la preciosa y triste y dolorosa canción que lleva su mismo nombre y que le hizo aprender a Rosa para cantársela una y otra vez el segundo verano en este mismo lugar, al este del este.
Amanda está de acuerdo con Víctor Jara, Rosa no. Lleva horas sentada en la ventana, en ese asiento que se empeñó en que le hiciera aquel albañil tan simpático para poder leer con luz, «eres una obsesa de la luz», la eterna broma de Amanda. Hoy no lee, solo mira hacia el camino por donde enfilará el coche con destino a su casa, Amanda al volante. No ha quitado la vista de la senda que la traerá hasta ella, recordando, con la mente y el cuerpo en el pasado. Quiere fijar en la memoria los cuatro últimos veranos, con todos sus detalles, que no caigan en el olvido.
Primer verano. Amanda baila en la verbena de la fiesta del pueblo. Rosa acaba de heredar la casa de su abuela. Ha decidido pasar los veranos allí, al este del este. Sus dos meses de vacaciones, sin moverse, sin viajar. Leyendo en la ventana. La música de la plaza la lleva hasta la fiesta. Y la ve. Amanda le sonríe. Ese fue el inicio de dos meses de sexo sin tregua. Rosa tiembla al recordar las imágenes.
Segundo verano. No sabe si volverá. Amanda es imprevisible, misteriosa, hermética. Pero vuelve. El coche azul cobalto es inconfundible. Sale a recibirla al camino. Amanda salta del coche y se abalanza sobre ella. El sexo comienza allí mismo, no hay tiempo que perder. Ese año hacen pausas con la canción de Víctor Jara. Rosa la ha aprendido bien. Hablan poco. Ríen mucho. Rosa sonríe al recordar la expresión de Amanda mientras ella canta. Vuelve a temblar.
Tercer verano. Esa vez Rosa sabe que vendrá. Y viene. Los melocotones de ese lugar, al este del este, están especialmente buenos ese año. Ya no canta. Amanda se ha cansado de su canción. Le gusta más comer melocotones en todos los rincones del cuerpo de Rosa. En todos. Entre melocotón y melocotón, hablan. Amanda está preciosa ese año. Se ha cortado el pelo y deja que Rosa se lo revuelva mientras hacen el amor. El temblor regresa.
Cuarto verano. Amanda le declara su amor o eso es lo que entiende Rosa. «¿Sabes?, esto que tenemos tú y yo no es solo sexo, es algo muy fuerte que me llega hasta el fondo del alma». Rosa, estremecida, no puede dejar de besarla. No hay canción, no hay melocotones —hubo pedregada y se echaron a perder—, hay menos risas, pero hay confidencias al amanecer, palabras susurradas al amparo de las sábanas, «¿por qué no instalas unos estores?». Rosa sonríe mirando las ventanas desnudas.
Hoy comienza el quinto verano. Aparece, por fin, el coche azul cobalto. Esta vez se ha retrasado. Rosa se precipita al camino. Amanda no está al volante. En su lugar hay un hombre joven, rubio, atractivo y sonriente. Salen del coche los dos a la vez. El corazón de Rosa da un vuelco.
—Hola, Rosa, qué guapa estás — sonríe Amanda—. Mira, te presento a James, mi novio, es inglés.
—Pleased to meet you —contesta el otro con una sonrisa tan ancha como el vacío en el estómago de Rosa.
Rosa, aprovecha el momento en el que el inglés va a sacar las maletas del coche —dos maletas— para hacerle a Amanda la absurda pregunta que le viene a la cabeza.
—¿Pero a ti no te gustaban las mujeres?
—Y me gustan —contesta sonriendo—. Pero no en exclusiva.
Rosa, desconcertada, se queda sin palabras. Mira a Amanda y, de pronto, lo recuerda: James significa «suplantador».
Ilustración: Mercedes de Echave
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