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A Laia le diagnosticaron una enfermedad mortal a los quince años. Un año entero de tratamientos experimentales, operaciones de alto riesgo, viajes en ambulancia persiguiendo la esperanza que ningún médico ni médica se atrevía siquiera a mentar. La medicina no encontraba el modo de curarla. Su enfermedad era una de esas dolencias que no tienen piedad, a la que la madre de Laia maldecía incapaz de comprender por qué a esa criatura que a nadie había hecho daño se la condenaba a morir. Pero Laia no se cansaba de luchar. 

Porque tenía un sueño.

Solo albergaba un anhelo: jugar una final y ganarla. Ese año, el equipo de balonmano de su barrio, su equipo, ganaba todos los partidos. Siempre que podía, las veía jugar desde las gradas, las animaba, aplaudía y soñaba con volver al equipo. Si continuaban así, competirían en el torneo nacional juvenil. 

—¿Cuándo podré volver a entrenar? Le preguntó a la médica que firmaba el alta tras su último ingreso en el hospital.

Aquella señora la miró con pena infinita. Esa chica no se hacía a la idea de que lo de volver a jugar a balonmano no era lo que estaba en peligro, que lo que peligraba era su vida. A los dieciséis años. Pero no se lo dijo. 

—Bueno, cuando recuperes las fuerzas, quizá puedas volver —contestó sabiendo que mentía.

Se cuidó, comió lo que le ordenaron y se tomó toda la medicación sin rechistar. Hizo lo imposible por recuperarse y se recuperó, pero su madre no consentía que regresara a los entrenamientos. Quedaban unos tres meses para jugar la fase final, si es que llegaban. Y Laia elaboró una estrategia. Con la ayuda de las compañeras que la cubrieron,  se incorporó a los entrenamientos. A la entrenadora le dijo que ya tenía el permiso. Y se lo creyó porque quería creérselo, porque era la mejor y la necesitaban. No indagó.

Una de las chicas le prestaba el equipaje. Se duchaba, se secaba el pelo y regresaba a casa con la misma ropa con la que había salido, la de deporte guardada en el armario (su madre lo comprobaba). Llegó la fase final. Laia se encontraba exhausta, pero disimulaba, seguía entrenando hasta desfallecer.  

Porque tenía un sueño.

—Me han invitado a viajar con el equipo. Las animaré desde la grada —le dijo a su madre.

Y la dejó ir. Tampoco indagó ni tuvo corazón para negarle esa ilusión. 

Quedaba un minuto para que la árbitra pitara el final. Empataban a dieciséis. Si acababa así, habría prórroga. Y Laia sabía que no aguantaría una prórroga. Atacaba el equipo contrario. Con esa intuición que la caracterizaba, adivinó la trayectoria del balón que la central trataba de pasar a la pívot y lo interceptó. Sin pensarlo echó a correr. Recorrió la cancha botando el balón y dando traspiés, las piernas le fallaban. Se plantó delante de la portera y marcó el gol de la victoria. 

Se desplomó. 

Antes de entrar en la ambulancia, su compañera cómplice, llorando, le murmuró al oído: «somos campeonas gracias a ti». Laia abrió un instante los ojos y sonrió.

No volvió a sonreír.

@ElenaLaseca

Ilustración de Mercedes de Echave

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