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El pasado domingo 7 de diciembre participé en la XXXI Feria del Libro Aragonés de Monzón, celebrada en el Pabellón Joaquín Saludas, dentro del marco del Puente de la Constitución. Estuve presente en la mesa de la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores, junto a compañeras y compañeros de la asociación, en una jornada marcada por el encuentro con lectoras y lectores y el intercambio entre profesionales del sector.

Con los años, acudir a la feria de Monzón en estas fechas se está convirtiendo en una costumbre. Es una cita consolidada dentro del calendario cultural aragonés y un espacio adecuado para el contacto directo entre quienes escribimos y quienes leen.

Encuentro con lectoras y lectores 

Durante la mañana compartí conversaciones en torno a Llámame pingüina, así como sobre algunos de mis libros anteriores, que siguen despertando interés y generando diálogo. Las ferias permiten conocer de primera mano cómo llegan las obras a las personas lectoras y qué tipo de vínculos se establecen con ellas, algo especialmente valioso para quienes escribimos.

Una feria consolidada

La Feria del Libro Aragonés se desarrolló del 6 al 8 de diciembre y contó con una amplia participación de autoras y autores, editoriales y público. Según recogieron distintos medios, la edición volvió a cerrar con una buena afluencia y un ambiente constante en los distintos estands, confirmando la relevancia de esta cita cultural en Aragón.

Balance personal

Mi paso por la feria fue una experiencia positiva, tanto por la acogida de los libros como por la posibilidad de compartir espacio y tiempo con compañeras y compañeros de la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores. Las ferias del libro siguen siendo un lugar necesario para el encuentro, el intercambio y la visibilidad de la literatura.

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Llámame pingüina