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A Trinidad le gustó Víctor desde el mismo día que lo conoció, cuando lo vio por primera vez. Se lo presentó su amiga Carmela, «Trini, este es Víctor, un buen amigo de toda la vida». Él le dedicó una mirada seductora desde unos ojos color miel que se reían solos. Le dio la mano, apretando fuerte. Eso fue todo.

Trinidad se enamoró.

Transcurrieron unos cuantos meses hasta la segunda vez que se encontraron. Fue en la fiesta de cumpleaños de Carmela que, de nuevo, sirvió de puente entre Víctor y ella. Esa vez conversaron un buen rato. Víctor le confesó sus planes. Había decidido trasladarse al pueblo de sus abuelos. Acababa de heredar su casa, su huerta y su campo de olivos. «Dejo la ciudad, estoy harto de esta vida de mierda, todo el día estresado». Y le dedicó la misma mirada seductora desde los ojos color miel que se reían solos.

Trinidad se enamoró un poco más.

Pocos meses después, Trinidad recibió un mensaje de solo dos palabras: «Vente conmigo».

Trinidad se enamoró del todo.

Su respuesta fue presentarse en el pueblo de Víctor a la semana siguiente.  Dejó todo atrás. En una esquina de la huerta de Víctor, un cerezo la saludaba cada mañana. Las cerezas eran la fruta preferida de Trinidad. Le gustaban a rabiar, con una pasión desmedida. A comienzos de mayo, el cerezo se vestía de rosa y Trinidad no veía el momento de arrancarlas y colgárselas de las orejas mientras las saboreaba. Durante los meses de mayo y junio apenas comía nada más. Las esperaba durante todo el año y luego se envenenaba con ellas. El sabor de las cerezas le impedía caer en la cuenta de que estaba atrapada dentro de unos ojos color miel. Sola. 

Víctor trabajaba en la huerta, en los olivos y de vez en cuando, desaparecía. Ella no existía. Toda su vida consistía en dejarse envolver por los ojos color miel y comer cerezas dos meses al año, envenenándose. Nada más. 

Un día despertó de aquella ensoñación y quiso escapar. Había perdido la noción del tiempo. Trató de salir y no pudo. Se miró al espejo. Unas cuantas canas asomaban burlonas. En ese momento llegó Víctor. Sin girarse, le habló a través del espejo.

—Me quiero ir —pronunció Trinidad con un hilo de voz.

—¿Adónde?

—No sé, irme. 

—Tú no vas a ninguna parte.

Y cerró la puerta con llave. 

La mirada seductora se tornó despiadada. Trinidad tembló. Un mes nada más y llegarían las cerezas a endulzar sus días. Esperó. Mayo llegó, pero ella no podía salir de su encierro. Víctor le traía cada día un plato lleno de cerezas. Para envenenarla. Ella no las comía, las había aborrecido. 

Un día, Víctor salió precipitadamente de casa. Un problema en el campo de olivos lo aturdió y olvidó cerrar la puerta al salir. Trinidad esperó a que el Jeep se alejara por el camino, dejó una nota en la cocina, la llave junto al último plato de cerezas, la puerta abierta y echó a correr a todo dar, sin mirar atrás. Se salvó.

Unas cuantas horas después, Víctor leía en la cocina: «Que te vaya bonito».

 

@ElenaLaseca

Ilustración (acuarela):  Mercedes de Echave

(Relato escrito a partir de la ilustración).

 

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