Fue Tere la que comenzó a llamar a Sandra Abubilla. Rosa se acuerda muy bien. La primavera las arrollaba cargada de hormonas que iba distribuyendo entre las tres adolescentes que cada tarde quedaban en el parque del barrio a comer cacahuetes y beber cocacola. Tere y Rosa llevaban ya un rato esperando a Sandra. Y cuando pensaban que les había dado plantón, apareció por la esquina de la calle.
—¡Olé! —saltó Tere— pareces una abubilla.
—¿Y tú qué sabes? —contestó Sandra—, si no has visto una en tu vida.
—Al natural, no, pero las he visto en foto.
Sandra, sin contestar, se sentó en el respaldo del banco, le quitó a Tere un puñado de cacahuetes y se abrió la lata que llevaba en la mano. Rosa la miró divertida. Se había hecho una cresta mitad rubia y mitad negra y se vestía con una cazadora de rayas beige y marrón chocolate. Y con esa nariz larga, delgada y ligeramente curvada hacia abajo, verdaderamente parecía una abubilla. Desde esa tarde, Sandra pasó a ser Abubilla, Abu o Cucute. «¿Por qué Cucute?», porque en Aragón a las abubillas se las llama también así, sentenció Rosa que, por ser de pueblo, era la única que entendía de pájaros. A Sandra le gustaron sus nuevos nombres.
Rosa, Tere y Abubilla superaron la edad de estar enfadadas con el mundo y se hicieron mayores. Pero Abubilla no renunció a su cresta ni a su sempiterna cazadora. Y no solo eso. Como la abubilla pájaro, llevaba en el bolso un perfume de olor a pachuli, el más intenso que encontró en el mercado, y cuando se le acercaba algún tipo a molestarlas —o a meterse con ella por su cresta—, le lanzaba un chorro de ese perfume insoportable. Sin excepción, el moscón salía corriendo. «Pero, ¿qué llevas ahí?» Y Rosa explicaba de nuevo que las abubillas segregan una sustancia de olor intenso como defensa.
Como la abubilla pájaro, Abu mantenía un sistema de monogamia estacional, o sea que el vínculo de pareja solía limitarse a una única temporada. Las cópulas de la abubilla pájaro tienen lugar principalmente en el suelo, continuaba Rosa con su lección de ornitología. Y esta última semejanza fue su ruina.
La noche se animaba. Abubilla bailaba desenfrenada, con ganas de olvidarse de su última pareja. Otra temporada, otro amor, otro desamor y a empezar de nuevo. Rosa y Tere no habían salido aquella noche. Abubilla destacaba por su cresta, bastante descolorida ya. «Cualquier día me rapo y adiós a la Abu». Se fue al baño. Él la siguió. Entró detrás y cerró la puerta con cerrojo. La tiró al suelo y, agarrándola, comenzó a bajarle los pantalones. «Te gustaba follar en el suelo, ¿no?» Abubilla se revolvía tratando de zafarse. De pronto, lo miró reconociéndolo: era el tipo violento del que había conseguido escapar la temporada anterior. La había encontrado. Aquella cresta única la delataba. Abu consiguió darle una patada que lo enfureció. Sacó una navaja «si no te estás quieta, te rajo, abubilla de mierda». No se estuvo quieta. En uno de los movimientos se le clavó la navaja en un costado. Él se asustó y salió corriendo, dejándola allí, desangrándose. No sobrevivió.
Rosa sale a su jardín cada tarde a esperarla. Una abubilla suele acudir todos los días en busca de semillas y de insectos. La dieta de la abubilla euroasiática está compuesta principalmente por insectos, y materia vegetal como semillas y bayas, recuerda Rosa. Se sienta con su café con leche, muy quieta, hasta que la abubilla se acerca a una distancia prudencial que Rosa sabe que la oye. Y le habla. Le cuenta cómo les va la vida a ella y a Tere y cuánto la echan en falta. Porque está convencida de que esa abubilla es su Abu, su Cucute, su Sandra.
Una tarde de primavera, del mismo color, del mismo aire fresquito que aquel día en el que Tere comenzó a llamarla Abubilla, Rosa está impaciente por verla aparecer. En la mano lleva una copa de vino. Tiene una noticia importante que darle: el cabrón que la rajó ya está en la cárcel.
—Pero tú, Abu, sigues libre como el viento. Brindo por ello —alzando la copa.
La abubilla levanta el pico, mira a Rosa y emprende el vuelo.
@ElenaLaseca
Ilustración: Mercedes de Echave

