Isabella llegó a Chicago desde Córdoba, Argentina, con su compañía de teatro. Los habían contratado para participar en el Festival Internacional de Teatro Latino que cada otoño se celebraba en esa ciudad. El festival fue un éxito, la compañía triunfó. Isabella estaba feliz y se fueron a celebrarlo. En mitad de la fiesta de despedida, recibió una llamada de su madre, no entendía lo que le decía. La madre lloraba y el ruido del local le impedía escuchar con claridad.
—¿Qué me dice mamá?
—Que no regrese, que se encuentra en riesgo.
Isabella no conseguía comprender de qué trataba de avisarle su mamá. Y llamó a la hermana. También lloraba, pero logró explicarle que habían ido a buscarla a la casa. La habían delatado por traficante y la esperaban en cuanto regresara a Córdoba para detenerla. No era cierto, ella no era traficante, pero eso daba lo mismo. Isabella y algunos compañeros habían participado activamente en las protestas contra el gobierno de Milei que los estaba hundiendo. Y eso se pagaba. Habían detenido ya a unos cuantos de sus amigos. La hermana le insistía en que no regresara, pero, ¿qué iba a hacer ahora? Y, sobre todo, ¿estaba más segura en Estados Unidos? Se acababa de convertir en una «sin papeles» con serio peligro de ser detenida por el ICE. Igual su foto estaba en su poder. Sabían que había viajado a Chicago.
Una buena amiga norteamericana le dio cobijo en su casa. El resto de la compañía volvió a Argentina. Le contaron que en la aduana vieron su foto. Los detuvieron a la entrada, les hicieron mil preguntas, pero, al cabo de unas horas, los dejaron marchar. Se habían cagado de miedo. «No regrese», volvieron a insistirle.
Consiguió un trabajo en la cocina del restaurante del padre de su amiga. Sin contrato y sin futuro. Habían transcurrido un par de meses. El invierno amenazaba con un viento gélido. Una noche, al salir del restaurante, vio cómo detenían a uno de los camareros, un chico peruano que había salido justo delante de ella. Se quedó paralizada. Pensó en echar a correr, pero las piernas no le respondieron. Con el muchacho esposado, pasaron junto a ella. Uno de los policías —o lo que quiera que fuera— la miró, Isabella creyó que la había reconocido. El miedo la dejó sin respiración, pero pasaron de largo, se perdieron al fondo de la calle. Se quedó llorando y temblando, sabía que el camarero peruano tampoco tenía papeles. Llegó a la casa desencajada. El invierno de Chicago se le había instalado en los huesos. Y, entonces, se le cruzó un pensamiento absurdo que en mitad del tembleque la hizo sonreír: «suerte que me teñí el pelo de colorado».
A la mañana siguiente, envuelta en el edredón que le calmaba la tembladera, se quedó mirando a través de la ventana preguntándole al cielo qué iba a ser de su vida. El cielo no respondió.
Solo alcanzaba a ver los rascacielos que la observaban impasibles.
@ElenaLaseca
Ilustración (acuarela): Mercedes de Echave
(Relato escrito a partir de la ilustración).

