A Belén le gustaba bailar. Desde pequeña, su cuerpo se iba detrás de la música, como las ratas tras Hamelin. La adolescencia se le fue en una danza, a escondidas, porque a su padre no le parecía serio. Siempre que la veía recorrer el pasillo bailando, la reprendía, «una señorita debería moderar esos movimientos». Pero Belén no reblaba. Desde que cumplió los trece, todos los viernes por la tarde, a la salida del colegio —un colegio concertado de alumnas y alumnos uniformados— se encerraba con un par de amigas en el baño de un bar, de cuyo dueño se habían hecho amigas, sacaban de la mochila la minifalda y el top, se calzaban zapatos de medio tacón, se pintaban como coches y pasaban en la disco de moda por tener dieciséis. Bailaban y bailaban sin darse un respiro hasta las diez menos cuarto, que echaban a correr al mismo bar —cuyo dueño les guardaba los libros y las mochilas—, se quitaban a restregones el maquillaje, el pintalabios y la máscara de ojos y, de nuevo enfundadas con el uniforme, llegaban a sus casas sin resuello. Tarde. Siempre tarde.
—¿De dónde vienes? —preguntaba su madre por costumbre, sabía la respuesta.
—De estudiar en casa de Ana.
La madre no se creía una palabra, pero no decía nada. No quería liarla. Sabía o sospechaba o se imaginaba que había estado bailando. Pero también sabía que el esposo la encerraría en casa si se enteraba. A la madre le bastaba con saber que no olía a alcohol ni a tabaco.
Belén cumplió los dieciséis sin haber dejado de bailar un solo viernes y sin haber recorrido jamás el pasillo de su casa caminando, mal que le pesara a su padre, que tampoco dejó de reñirla, «mira que no hay manera con ella», farfullaba.
—¿Qué quieres ser de mayor? —se le ocurrió preguntar a su tía el mismo día que cumplía los años que le permitían entrar en la disco sin disimular. Y trabajar.
—Gogó —contestó con seguridad.
La tía abrió los ojos con espanto. Una chica tan estudiosa y formal, ¿gogó? Por suerte el padre no estaba presente en la conversación.
—Pero qué dices —exclamó, eso no es una profesión.
—Es que si no bailo me muero —volvió a contestar con la misma seguridad.
La madre apareció con la tarta y escuchó a la tía dando consejos a una sobrina que no se inmutaba lo más mínimo, aunque le dijeran que la profesión de gogó era para chicas frívolas y sin formación.
—Si tanto te gusta bailar —continuó la tía— ¿por qué no has estudiado danza clásica o ballet?
Belén se quedó un rato callada mirando a su madre cortar la tarta como si no fuera con ella, haciéndose la ausente, como siempre, pensaba la hija.
—Porque el ballet y la clásica hay que aprenderlos de pequeña. Ahora es tarde. Lo pedí como regalo de reyes cuando cumplí seis años y me contestaron los reyes de esta casa que no nos lo podíamos permitir, que tenía tres hermanos más. Yo sabía que no era eso, sino que mi padre odia el baile. De todos modos —sin dejar de mirar a su madre—, a mí los bailes que me gustan son la salsa, la bachata, el merengue, la cumbia y el chachachá.
La tía se echó a reír, miró a su hermana y cambió de tema.
Belén ha cumplido dieciocho años. Ha decidido que, de momento, no va a estudiar una carrera. Más adelante ya verá. El padre explota enfurecido. En el discurso, que Belén aguanta mirándolo a los ojos —lo que enfurece más a su padre—, la trata de desagradecida, de inconsciente, de no tener ni idea de qué va el mundo, de la suerte que tiene, que tantas chicas quisieran…, y termina con la pregunta que Belén está esperando.
—¿Y qué vas a hacer?
—Bailar.
—Eso no es una carrera…, ni un trabajo, si me apuras.
—Si no bailo, me muero —insiste.
Al final se lo prohíbe. Se lo prohíbe terminantemente. Y si insiste en no estudiar, si insiste en dedicarse a algo tan frívolo y tan….—no le salen las palabras— se tendrá que ir de esa casa.
Y se va. Ni los lloros de su madre, ni las palabras de la tía, que ha acudido al rescate, la retienen. Belén se va y nadie sabe adónde ni de qué va a vivir.
Solo lo sabe Kiara, que la ha seguido. Detrás de la cortina la gata observa a Belén: es la mejor profesora de bailes latinos en la academia que lleva trabajando unos meses. Si los gatos supieran sonreír, Kiara habría sonreído. La ha localizado, pero no va a desvelar el secreto.
Y se va con ella.
@ElenaLaseca
Ilustración (acuarela): Mercedes de Echave
(Relato escrito a partir de la ilustración)
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