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El callejón de la amargura

«Cuenta la leyenda que en la primera luna llena del solsticio de verano se reunían las brujas de la zona en esta fuente, la Fuente Cañizares».

Así es como recordaba María Jesús que había comenzado la historia que le contó su abuela una de las últimas tardes que pasó con ella en La Laguna, sentadas las dos en el banco junto a la fuente, arrulladas por un suave viento que despeinaba a los árboles. Sin embargo, no era una historia de brujas lo que esa tarde quería contar la abuela, para decepción de María Jesús que le encantaba escuchar cuentos a su abuela desde que tenía memoria. Lo que deseaba transmitirle —«antes de que me vaya, para que no se pierda»— era la historia de Candelaria, su amiga del alma.

Candelaria era una preciosa lagunera de ojos grandes, piel morena y todo el arrojo del mundo para denunciar injusticias. Se hizo maestra en la época de la Segunda República Española. Y comenzó a ejercer en una escuela de San Cristóbal de La Laguna. Candelaria era feliz enseñando a las niñas y a los niños la historia de las Islas Canarias, la flora y la fauna y quiénes fueron los Guanches. 

Al salir de clase, Candelaria acudía a reuniones con camaradas que luchaban contra los privilegios y la sinrazón, que pretendían que todos los habitantes de su querida ciudad tuvieran las mismas oportunidades, que aspiraban a acabar con la miseria. Y fue allí, en aquellas reuniones, donde la conoció. Allí empezó a latir a toda máquina su corazón el primer día que le clavó los ojos. Allí decidió entregarle su alma y su vida. Se llamaba Gara y albergaba el mismo arrojo que Candelaria, pero carecía de la cautela de su amiga. Se enamoraron. Se querían tanto que no lo podían disimular. Salían a pasear cada noche cogidas de la mano por el Camino Largo, bajo las palmeras. 

El paréntesis de felicidad duró apenas tres años. El golpe de estado arrasó con todo. Y tuvieron que esconderse. Toda la ciudad sabía de ellas, de sus amores «contra natura», de sus ideas revolucionarias, de su empeño en que las mujeres fueran libres —como ellas se sentían—, de su afán por un mundo sin miseria y sin hambre. Y tuvieron que esconderse. Había más de uno, envidioso de su felicidad y su arrojo, con ganas de delatarlas: por tortilleras, por rojas y por desvergonzadas. Y tuvieron que esconderse. 

A Candelaria la escondió la abuela de María Jesús. A Gara unos buenos amigos del Partido Comunista. Pero Gara no toleraba vivir sin su Candelaria y cometió la imprudencia de salir una noche de su escondite para ir a abrazarla. La vieron. La denunciaron. La apresaron. Candelaria vio desde un ventanuco de su escondite cómo la conducían hasta la cárcel por el Callejón de La Amargura, llamado así por la tristeza que provocaba ver cómo trasladaban a los presos. Pocas semanas después, fue trasladada a otra cárcel. Y nada más se supo. Candelaria no dejó de llorar ni un solo día desde entonces. Ella se salvó. Consiguió salir de la isla y se exilió. 

Muchos años después regresó. La abuela de María Jesús le contó a la nieta que, desde su regreso, Candelaria se sentaba todas las noches de luna llena en el banco junto a la Fuente Cañizares, a la que —aseguraba— acudía su adorada Gara para acariciarla y consolarla. 

Una mañana del mes de junio, la encontraron muerta en el banco. La expresión de su cara era de una paz infinita. En la mano derecha agarraba un pañuelo de hilo blanco que ella misma le había regalado a Gara el día que cumplió veinte años. 

Llevaba bordadas en rojo las letras G y C.

@ElenaLaseca

Ilustración de Mercedes de Echave

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