SOLLA SOBRAL, Lucía Comerás flores, Libros del Asteroide
Me siguen fascinando estas jóvenes escritoras españolas. Comerás flores es la primera novela de Lucía Solla y es fantástica. Utiliza una prosa ágil y fresca sin dejarse nada en el tintero. La narración es poesía pura unas veces y otras cruda y descarnada. Elige las metáforas con maestría: «piernas nubladas», por ejemplo, y muchas más. Según iba leyendo esta historia, según pasaba las páginas, según avanzaba, más ganas me daban de hablar con Marina, la protagonista, e incluso de gritarle: «¿PERO ES QUE NO LO VES?» Demasiado joven, pensaba yo, para detectar las señales. Y el caso es que para que tenga verosimilitud —como aseguraba Almudena Grandes que deberían tener las novelas— ha de ser así, como lo cuenta Lucía Solla, no como yo lo estaba viendo desde fuera.
Marina, una mujer de veinticinco años, inteligente, guapa, graciosa, tierna, la hija pequeña de una familia feliz, acaba de perder a su padre y no consigue asimilarlo. «Mi padre había tardado un año en convencernos de que se había muerto», dice Marina, pero a ella no la había convencido. Y sucede que se encuentra con unos ojos de mirada bonita, cariñosa y terriblemente seductora que la deslumbran y la acogen en su duelo inacabado. A partir de ahí, la vida de Marina cambia por completo. Pasa de irse de fiesta con su amiga Diana y sus amigos, a cenar en restaurantes con estrella Michelín. El problema es que es vegana y él —el de la mirada fascinante y seductora— no lo entiende y se empeña en que coma «animales muertos» porque necesita proteínas. Y es aquí donde comienza el viaje interior de Marina, la complejidad de una vida que desde fuera parece idílica (a ella desde dentro también se lo parece) que nos va detallando sin saber si avanzar o retroceder, pero avanza. Y no ve las señales —no solo las de la comida— que le indican el camino.
Hay que leer esta novela. La tienen que leer las mujeres de la edad de Marina y más jóvenes y se la tienen que regalar sus madres, sus tías o recomendársela sus bibliotecarias, por si acaso no están viendo las señales y a las que la propia autora dedica: Para las que todavía estáis en un coche a doscientos kilómetros por hora, reza la dedicatoria. Al terminar de leerla, se comprende la dedicatoria.
Además, leyéndola, te enamoras de Frida, la perra de Marina. «Tengo: una perra, una amiga, una madre, dos hermanos y un padre muerto». Así comienza, pero luego las posesiones van cambiando.
@ElenaLaseca

