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la reina del chiringuito_agosto2025

A Marian se le torcían siempre los planes. Le hubiera gustado estudiar Medicina, pero acabó en Derecho. Se enamoró de aquel chico rubio y él eligió a su amiga. Quería mucho más a su madre que a su padre, pero se murió ella. Le gustaba la música country, pero siempre la arrastraban a los conciertos de electrónica. Prefería la comida vegetariana y acababa comiendo un filete de ternera. Se quería dedicar a defender a las mujeres maltratadas y terminó trabajando en el bufete de su padre —al que quería mucho menos que a su madre— llevando casos de herencias. Adoraba el mar y, sin embargo, pasaban las vacaciones en la montaña con su abuela paterna: «el aire del monte es más sano», argumentaba la abuela. Le encantaba vestirse con pantalones, pero la misma abuela —la que se hizo cargo de ella a la muerte de su madre— la obligaba a ponerse vestidos. Lo mismo con el pelo: ella lo prefería corto, la abuela largo. Y así un sinfín de reveses y contradicciones, de conformarse justo con lo que más odiaba y de no ver jamás satisfechos sus deseos. «Es que no tienes personalidad, hija», le dijo su madre poco antes de morir. Llevaba razón, Marian no encontraba la manera de reivindicarse a sí misma y se dejaba arrastrar por los demás, por todas las personas que decidían qué era lo mejor para ella, incluidos su padre, la abuela y el novio aquel que se echó cuando se empeñó una amiga en que era «un buen partido».

A puro de vivir a contracorriente de su propia naturaleza, enfermó. Le salieron sarpullidos por el pecho, los brazos y los párpados; tenía un dolor de estómago permanente; bajones de tensión; mareos y síncopes continuos; ansiedad y, al final, una depresión de la que no conseguía salir. 

El día anterior a cumplir treinta años, amaneció con una sensación nueva. Había soñado que le salían alas y volaba. Las voces que le machacaban los oídos se iban alejando: «mejor Derecho, mejor la música electrónica, ese muchacho te conviene, el pelo largo, el aire de la montaña, los pantalones son para los chicos…», hasta que dejó de oírlas. En su lugar escuchó el ruido del mar y el viento que la mecía. Se despertó. Metió cuatro cosas en una maleta. Huyó. Dejó el bufete. Se hizo vegetariana. Se cortó el pelo. Se vistió con pantalones. Tiró todos los vestidos. Y se fue a vivir junto al mar. 

Detrás de la barra de aquel chiringuito destartalado brillaba Susan. Sonaba música country. Le dio trabajo. 

—Solo abro en verano —le advirtió.

—¿Y qué haces el resto del año?

—Salgo a pescar con mi barca.

Marian se quedó. De inmediato se le curó la piel, desapareció el dolor de estómago, se fueron los mareos, la tensión se le estabilizó, nunca más tuvo ataques de ansiedad y olvidó lo que significaba la palabra depresión. El desvencijado chiringuito, el pelo corto y despeinado, los pantalones rotos y una sonrisa que no se le borra de la cara son los eternos compañeros de Marian en su nueva vida. 

Y la barca en la que sale de pesca con Susan.

@ElenaLaseca

Ilustración (acuarela):  Mercedes de Echave

(Relato escrito a partir de la ilustración).

 

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