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—¿Tú me ves? —Se le ocurre de repente a Paula.

—Sí, claro, por la mirilla.

—¿Estás afónico?, te oigo raro. Esa voz…

—Ya sabes, el virus, que le afecta a la garganta —contesta Jorge, bajando el tono.

—Bueno, te dejo la compra en la puerta. Hasta mañana.

—Gracias, adiós.

Y el caso es que a Paula le resulta extraña esa voz, como si no fuera la de su hermano, pero, ¿de quién iba a ser si no?

Jorge lleva unos días encerrado en su pequeño apartamento, confinado, para hablar en los términos que ahora se utilizan como lenguaje corriente, como si toda la vida hubiéramos hablado de este modo, como si las palabras confinamiento, estado de alarma, covid19, prueba PCR, serológica, anticuerpos, se hubieran convertido en las de uso común. Y, sin embargo, hace cuatro días a nadie se le ocurría hablar de las mutaciones en los virus, por ejemplo.

Paula le lleva la compra todos los días, al salir de trabajar, siempre a la misma hora. Prefiere hacerlo así, su espalda no le permite llevar mucho peso y, de paso, habla un poco con su hermano, aunque sea a través de una minúscula mirilla

—¿Y cuántos días tienes que estar encerrado?

—Pues, no sé, hasta que los médicos me digan.

—¿Y cuándo te hacen los análisis? —Paula no deja de preguntar.

—Cuando me llamen —responde Jorge, seco y con la voz cada vez más ronca.

Paula abandona el interrogatorio médico, le parece que a su hermano le molestan tantas preguntas. Bajando en el ascensor no puede dejar de pensar en la voz de Jorge. También le extraña su brusquedad. Jorge es un tipo amable y cariñoso. “Bueno, será el dichoso confinamiento”, se convence. Sin embargo, hay más cosas que no le cuadran. Le ha pedido unas gambas, para hacerlas a la plancha, le ha dicho.

—Pero, ¿no eras alérgico a los crustáceos?

—No, ya no.

—¿Y es que eso se pasa con el tiempo? —Insiste ella sorprendida.

—Bueno, tú tráelas, que te digo que ya no me sientan mal —le responde ya claramente de malas.

Esa voz…

—¡Ah!, y la leche que sea normal, que la de almendras ya me cansa.

—¿Cómo? —Se alarma Paula—, ¿y tu intolerancia a la lactosa? ¿Ya no te acuerdas de lo mal que te sienta? Al final te van a tener que ingresar, pero no por el maldito virus.

—Pues, ya ves, se me han curado todas las alergias y las intolerancias —se ríe burlón, esta vez.

Esa risa…

El detalle de la leche desconcierta a Paula. “Aquí pasa algo raro”.

A la mañana siguiente, antes de ir a trabajar, se dirige a casa de su hermano. Tiene un presentimiento. Abre el portal con su llave, sube en el ascensor hasta el quinto —Jorge vive en el cuarto—, espera escondida en el rellano desde donde puede ver la puerta de su hermano. Al cabo de una media hora, se abre la puerta y aparece un hombre alto, pelirrojo, con barba poblada y expresión huraña. Viste una camiseta de tirantes que deja ver unos brazos musculosos, de gimnasio. No es Jorge.

Paula se echa hacia atrás, asustada. Espera a que el ascensor llegue al patio, y, tras escuchar cómo se cierra la puerta de la calle, baja el tramo de escaleras de dos en dos. Abre la puerta y un insoportable olor la tira para atrás. Tapándose la nariz, asoma la cabeza y el grito de terror resuena a través de toda la escalera.

Temblando de la cabeza a los pies, llorando desconsolada, consigue marcar el 091.

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