Blog

  • Inicio
IMG_20260129_123301

Mariluz era una alumna brillante. Tan brillante que unos cuantos de los compañeros de su clase no la soportaban. En realidad, lo que no soportaban era que les ganara en todos los campos, sobre todo en aquellos que consideraban que las «chicas» eran peores, como la física y las matemáticas. Les daban el beneficio de la duda en la química, por aquello de que un laboratorio de química tenía alguna remota similitud con una cocina, lugar natural de la mujer durante siglos. Sin embargo, Mariluz les dejaba meridianamente claro en cada examen que ella era la mejor. Y competía con ellos en el deporte, fútbol incluido. De inmediato se sucedían mensajes en las redes sociales —ese lugar en el que se dilapida a las personas— insultando a Mariluz, llamándola «empollona de mierda» y, lo peor, que estaba enchufada por el profesor de física —un tipo joven y atractivo— porque le hacía mamadas durante los recreos. De matemáticas nada decían. Era una profesora, mujer y a punto de jubilarse. El fútbol ni lo nombraban por no quedar en ridículo. Mariluz decidió no leer ninguna de las lindezas de sus compañeros. Sus amigas se indignaban, pero a ella no le merecía la pena perder el tiempo enfadándose. Jamás entró al trapo. 

Mariluz sacó la mejor nota de su ciudad en la prueba de acceso a la Universidad. Su familia estaba convencida de que se decidiría por una ingeniería o, como poco, una carrera de ciencias. Las matemáticas estaban siendo muy valoradas por aquello de los algoritmos y el auge de la informática necesitada de matemáticos (en masculino) a toda costa.

Pero, no. Mariluz decidió que estudiaría filosofía pura. 

—¿Cómo? —se sorprendió su padre— ¿Vas a echar a perder un bachillerato brillante y una nota que te daría opción a la carrera que quisieras elegir?

—Por eso, porque puedo elegir, quiero estudiar filosofía. Mi mayor interés es comprender el mundo.

A partir de ahí, sus hermanos mayores, sus tíos, todos sus amigos, en definitiva, todos los seres del sexo masculino que conocía trataron de disuadirla para que no hiciera el idiota estudiando algo que no servía para nada. 

—Sirve para comprender el mundo —insistía.

—Y cuando lo hayas comprendido, ¿qué harás? —se le reían.

Ninguno de ellos consiguió convencerla. Su madre y sus amigas la apoyaban, o sea, todos los seres del sexo femenino que la rodeaban y que sí respetaban la decisión de Mariluz. Ellos, sin embargo, no paraban de explicarle cómo eran las cosas, como si lo supieran.

Terminó la carrera. Volvió a ser la alumna más brillante y la que más debates había librado con los compañeros y los profesores — de nuevo del sexo masculino, que continuaron explicándole las cosas que ya sabía—. Y entonces cayó en la cuenta de que una vez comprendido algo de cómo funcionaba el mundo y ante la imposibilidad de cambiar el sentido de la marcha, decidió cambiar el sentido de la suya.

Los acontecimientos se le pusieron de cara a través de una desgracia. Sus abuelos maternos vivían en el campo. Explotaban una granja. El abuelo, enfermo, falleció. Mariluz había pasado todos los veranos de su vida en ese pueblo y tenía una cosa clara: si existía la felicidad en el mundo, se encontraba allí. Ayudaba al abuelo con las vacas y a la abuela horneando bizcochos. En el mismo funeral habló con la abuela.

—Yaya, solo necesito este verano para ponerme al día. Y seré capaz de llevar la granja como la llevaba el abuelo —le dijo muy seria y convencida. 

De nuevo saltaron todas las voces masculinas a explicarle cómo funcionaban las cosas: «no serás capaz», «¿tú sabes lo que es ese trabajo?, no tienes ni idea», «¿te crees que el campo es como en las películas: regar las flores, escuchar a los pajaritos y cazar mariposas?» Y así una retahíla de lo que serían fracasos encadenados y ruina segura. Lo mejor de todo fue la frase que le dijo su padre: «hazme caso a mí, ese trabajo es cosa de hombres», pero él no había pisado el campo en la vida, era un urbanita empedernido.

La abuela la apoyó. La había visto trabajar durante los veranos con el abuelo y sabía que era una chica fuerte. Además, la decisión de la nieta le posibilitaba no tener que deshacerse de la granja, donde quería morirse.

Mariluz volvió a salirse con la suya. Aprendió en tiempo record a llevar la granja. Y con su privilegiada inteligencia, introdujo métodos nuevos que incrementaban la eficiencia y facilitaban el trabajo.

Su madre, intrigada por la decisión de su brillante hija, quiso saber el porqué, lo que nadie le había preguntado.

—Pues, verás, mamá: la filosofía me ha enseñado que a lo máximo a lo que puede aspirar una persona es a ser feliz. Y aquí lo soy.

Y, de paso, había hecho feliz a la abuela.

@ElenaLaseca

Ilustración (acuarela):  Mercedes de Echave

(Relato escrito a partir de la ilustración).

Deja una respuesta

Llámame pingüina