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Foto desde mi ventana. Las vistas desde mi pequeño apartamento: una casa cochambrosa que se me echa encima por la estrechez de la calle, cables medio descolgados que me hacen temblar los días de tormenta y el solar abandonado y sucio  en medio del cual ha crecido un triste árbol que, para verlo, me tengo que poner de puntillas.

De este maravilloso paisaje disfruto cuando  intento relajar la vista, agotada de tantas horas fija en la pantalla del ordenador. Vuelvo la cabeza hacia la ventana y me topo con esto. Y así llevo treinta y un días, uno detrás de otro. Y los que me quedan.

Ayer pensé en suicidarme. “Esperaré a la próxima tormenta y me agarraré a esos cables de alta tensión”, pensé. Pero abandoné esa idea en cuanto recordé que con un libro puedes convertir cualquier lugar en lo que tú imagines. Y allí estaba él,  Haruki Murakami, esperándome. Me sumergí en su novela 1Q84.

Y me salvé.

 

(Publicado por Clásicas y Modernas, Asociación para la igualdad de género en la cultura, en su espacio web ¡Hasta la corona del virus!)

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