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— ¿Y dice usted que es soleado? —Fue la primera y última pregunta de mi madre.

—Ya lo creo, señora —le contestó ufano el tipo de la inmobiliaria—. Mire, desde que sale el sol hasta que se pone, lo tiene usted en este piso. Todo exterior.

—Pues, en ese caso, no nos interesa. Que tenga usted un buen día.

Y, ante la atónita mirada de aquel señor, agarró la mano de mi hermano pequeño, nos hizo un gesto con la cabeza a mi padre y a nosotros y salimos de aquel piso del nuevo barrio de la Romareda como alma que lleva el diablo. 

Porque lo que aquel vendedor de pisos no sabía era que veníamos de un piso en el que —tal como él mismo había definido sin querer— jamás se ponía el sol. En invierno hacía frío pero con un simple brasero y una estufa modelo antena parabólica —siempre he pensado que copiaron su diseño— pasabas el invierno. Sin embargo, en verano, aquel piso de la calle La Cadena número treinta y uno, segundo izquierda, se volvía irrespirable.

Cuando mis padres se casaron acababan de construir la casa. El dueño —y a la vez jefe de la empresa en la que ellos trabajaban— les ofreció uno de los pisos en alquiler. Podían elegir cualquiera de los ocho, desde el principal al tercero, izquierda o derecha. Y se quedaron con uno de la izquierda, precisamente porque hacía esquina y daba el sol.

— ¡Nunca más! —Juró mi madre cuando decidieron cambiar de piso.

Recuerdo aquellos veranos con angustia y falta de aire. Después de comer, yo me iba a mi cuarto, lo ponía a oscuras y me acostaba a dormir la siesta en el suelo, directamente sobre las baldosas. Al principio estaban algo frescas, pero a los cinco minutos echaban fuego. Cuando me levantaba, en el suelo quedaba un charco de sudor.

Una de las persianas del cuarto de estar —dotado con dos ventanas a dos calles diferentes para que no le faltara la luz ni el calorcito rico de los tórridos veranos de Zaragoza— estaba rota y no bajaba del todo. Nunca supe por qué no se arreglaba. El caso es que poníamos unos periódicos para tapar la parte del cristal que quedaba al descubierto. A los dos días, el papel estaba amarillo y al reemplazarlo, quemaba como si lo sacáramos directamente del horno.

Fue una noche de un mes de julio abrasador cuando me ocurrió. Me dolía la tripa, la espalda, la cabeza. Sudaba a chorro. Me sentía tan mal que, después de dar mil vueltas en la cama, me levanté y me fui al cuarto de estar. Allí encontré a mi madre abanicándose y resoplando. Hablaba sola, maldiciendo la idea que tuvo al quedarse con uno de la esquina, teniendo todos los pisos para elegir. 

Cuando paró un momento a tomar aire me vio allí, con el pelo pegado a la cara por el sudor, sujetándome las tripas con las dos manos y a punto de echarme a llorar. Soltó el abanico, asustada. Después de contárselo, me abrazó y, riéndose, me soltó la frase que tardé bastante tiempo en comprender: “Ya eres mujer, hija”.

—Pero a mí qué me importa si mañana tengo una competición y no podré nadar —fue mi respuesta a su reacción, llorando a lágrima viva.

Y a pesar de todo, esa es la casa que se me quedó dentro y la que regresa siempre que sueño con mis padres. Han pasado los años y, por fortuna, no la han derribado. Seguramente ha visto nacer, crecer y morir a montones de gentes. Y también a más de una chiquilla “hacerse mujer”, como decía mi madre. 

El otro día, paseando con mi hermano, los pies nos llevaron a la calle La Cadena. Ahí estaba ella, firme, con sus ladrillos intactos, tan feliz, aguantando verano tras verano sin derretirse. Nos quedamos un rato mirándola. “¿Te has fijado lo bien hecha que está esta casa?”. Le hice una foto.

En el fondo, la echo de menos. ¿O será a mi madre a la que añoro, abanicándose y sudando a mares?

Comments(2)

    • Concha Moncayola

    • 3 meses ago

    Gracias Elena por los relatos que escribes. Mucho ánimo y nos vemos muy pronto. Besos y abrazos virtuales

    Enviado desde mi iPhone

    1. Qué gusto me da que los leas, y que los comentes.

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