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Llegar a Frula no fue solo desplazarse a un punto del mapa, sino adentrarse en una historia colectiva. Frula, uno de los pueblos de colonización nacidos en 1958, guarda en su origen una mezcla de esfuerzo, tierra y esperanza: familias que empezaron de cero, hogares levantados a pulso, identidades en construcción. Quizá por eso, presentar allí Llámame pingüina —una novela que también habla de búsquedas, de comienzos y de decisiones que nos transforman— tuvo un significado especial. Era como poner palabra escrita sobre un suelo que sabe mucho de reinicios.

La invitación llegó de la Comarca de Los Monegros, dentro del VIII Ciclo Nacional de Cine y Mujeres Rurales, y desde el primer momento supe que este encuentro iba a ser distinto. No solo por el lugar, sino por la mirada que proponía: un diálogo entre literatura, cine y las voces femeninas que tantas veces han contado —y se han contado— desde los márgenes.

El acto lo presentó y moderó el Consejero Comarcal de Juventud, Igualdad y Derechos Sociales, Oscar Gavín, con una sensibilidad extraordinaria. Sus preguntas no se quedaron en la superficie; fueron directas al corazón de la novela y, en cierto modo, al mío. También me acompañó el alcalde de Frula, Joaquín Monesma, cuya presencia sumó cercanía y sentido de comunidad. Y frente a mí, un público numeroso y participativo, de esos que no solo escuchan: dialogan, cuestionan, se conmueven y, a veces, te obligan a mirarte de nuevo.

Preguntas que abren mundos

La conversación giró en torno a algunos ejes que atraviesan Llámame pingüina:

¿Por qué Candela es mujer?
Hablamos de esa lucha silenciosa —pero nunca muda— por el reconocimiento de las mujeres en la literatura. De cuántas mujeres acompañan mis historias. De si existen mejores “cuentadoras” o simplemente miradas distintas, necesarias y valientes.

Candela e Ian: lo que se cuenta… y lo que se calla
Surgió el pacto entre ambos: ese mes al año en las playas de Conil de la Frontera. Las vidas en pausa. Lo visible y lo invisible. ¿Qué secretos guarda Ian? ¿Qué historias elige narrar y cuáles silencia? ¿Es ese el Ian que quiero mostrar a los lectores… o el que Candela decide ver?

La voz femenina y el territorio
Apareció la figura de tía Blanca, ese faro de libertad. Y una pregunta poderosa:
Si Candela hubiera crecido en un entorno rural, ¿su independencia habría sido la misma?
Frula, con su historia de colonización y arraigo, convirtió esa reflexión en algo aún más palpable.

Las masculinidades
Hablamos también del papel de los hombres en mis historias. No como antagonistas, sino como presencias en transformación, tan llenas de silencios como de posibilidades.

Y la palabra “pingüina”
Hubo curiosidad por el título, por ese femenino que no existe en el diccionario. Expliqué que, a veces, las palabras que no existen son precisamente las que necesitamos crear para nombrar lo que somos. Quizá escribir “pingüina” fue mi manera de abrir espacio —como autora y como mujer— para una identidad que reclamaba voz.

Un diálogo entre artes

Tras la presentación, llegó la proyección de Un amor, de Isabel Coixet. Cine y literatura se encontraron en un mismo escenario, hablando de afectos, silencios, decisiones y heridas. Dos historias distintas, pero un mismo latido: el de las mujeres que buscan un lugar propio en un mundo que a menudo las delimita.

Agradecimientos necesarios

Nada de esto habría sido posible sin el impulso de Ana Loriente, directora gerente de la Fundación para la Promoción de la Juventud y el Deporte de Los Monegros. Su entusiasmo, su apuesta por la cultura y su capacidad para tejer encuentros hicieron que esta actividad no fuera solo un acto, sino una experiencia.

Me fui de Frula con el corazón lleno. Con la sensación de que la literatura, cuando se encuentra con la comunidad, deja de ser un monólogo para convertirse en conversación. Y con la certeza de que hay pueblos —como este, nacido en 1958— que siguen recordándonos que las historias, como las vidas, siempre pueden empezar de nuevo.

Y quizá, solo quizá, esa sea también la lección de Candela.

 

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