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Hay novelas que, aunque estén escritas en pasado, siguen respirando en el presente. La hija del italiano es una de ellas. Y así lo comprobé en la tertulia literaria del Club de Lectura del Centro de Mayores de Universidad, donde nos reunimos para conversar sobre una historia que, desde los años sesenta y setenta, mira hacia atrás para comprender un tiempo que todavía pesa en la memoria colectiva.

El amplio salón estuvo muy concurrido de lectoras y lectores que no venían simplemente a comentar un libro: venían preparados para reflexionar sobre una sociedad, una época y un universo —aparentemente pequeño— que, sin embargo, sigue resonando en la España actual.

Asmara: el cambio que altera el aire

Uno de los momentos más interesantes de la tarde fue hablar de Asmara, ese personaje capaz de remover un pueblo entero con su sola presencia.
Su llegada a la ciudad ilustre provoca lo que Isabel, narradora de la novela, resume mejor que nadie:

“Tras su paso, cambió el aire. Nuestro mundo era gris. Los colores inquietaban.”

Asmara vuelve dispuesta a romper los silencios, a recuperar una historia familiar cuidadosamente ocultada, y a desafiar esa idea tan extendida de que “revolver el pasado solo trae desgracias”.
En la tertulia hablamos de cómo esa pulsión por rescatar la memoria sigue siendo relevante, incluso hoy.

Isabel: una voz joven que mira y aprende

También dedicamos tiempo a Isabel, la voz que nos guía dentro de la novela.
Con apenas quince años, vive ese periodo en que la infancia se va desvaneciendo y el mundo se presenta lleno de matices nuevos, a veces duros, a veces luminosos.
Su mirada, limpia y todavía asombrada, conduce al lector a una comprensión más profunda de la ciudad, de sus contradicciones y de sus silencios.

Un tiempo que todavía nos habla

La novela se sitúa en la España de los años 60–70, en una sociedad donde muchas mujeres empiezan a presentir que otra vida es posible, aunque no siempre se les permita vivirla.
Durante la tertulia, varios asistentes compartieron recuerdos personales, episodios familiares y fragmentos de un país que aún se recuerda entre luces y sombras.

La literatura, una vez más, hizo de puente: entre lo íntimo y lo común, entre lo vivido y lo leído.

Una tarde para agradecer

Quiero expresar mi agradecimiento a Salvador Berlanga, coordinador de la tertulia, por su trabajo, su calidez y su manera de conducir el encuentro con sensibilidad y rigor; y a María Mas, directora del Centro de Convivencia, por su presencia y apoyo al acto.

Y hubo un momento que guardaré siempre:
el reencuentro con Arantza, una amiga del colegio a la que no veía desde hacía más de cincuenta años.
La literatura también tiene ese poder: despertar recuerdos que parecían dormidos y tender puentes inesperados.

La magia de conversar un libro

Me fui de la tertulia con la sensación de que la novela siguió escribiéndose allí, entre preguntas inteligentes, miradas cómplices, anécdotas compartidas y silencios cargados de memoria.

Gracias a todas las personas que asistieron por dar a La hija del italiano una lectura tan profunda, tan viva y tan personal.
Porque recordar no es revolver:
es entender de dónde venimos para seguir avanzando.

Ojalá nos volvamos a encontrar pronto, con otros libros, otras historias y la misma pasión por la palabra.

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