Hay jornadas que se recuerdan por las ponencias, por los lugares que las acogen o por los nombres que figuran en el programa. Y hay otras que permanecen en la memoria porque nos recuerdan algo esencial: que la literatura es, ante todo, un espacio de encuentro.
El pasado 20 de junio tuve la oportunidad de participar en el XXIII Congreso de la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores, celebrado en la Casa de las Conchas – Palacio de los Vera de Borja, un edificio que parece hecho para albergar conversaciones sobre historia, libros y memoria.
La jornada reunió a escritoras y escritores llegados de distintos puntos de Aragón en torno a un programa que combinó la reflexión literaria, la convivencia y el intercambio de experiencias. El Ayuntamiento de Borja y la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores hicieron posible un encuentro que volvió a demostrar la extraordinaria vitalidad de la creación literaria aragonesa.
Uno de los momentos más esperados fue la intervención del escritor Luis Zueco, que compartió con los asistentes su ponencia «Rehabilitar, vivir y escribir en un castillo». Escucharle hablar de la relación entre el patrimonio, la historia y la creación literaria fue una invitación a mirar los espacios con otros ojos y a comprender hasta qué punto los lugares también cuentan historias.
Para mí, la jornada tuvo además un significado especial, ya que tuve el privilegio de presentar la ponencia de las historiadoras y escritoras Anabel Lapeña y Ana Segura, titulada «Reinas, damas y señoras: nuevas narrativas para antiguas historias». Su intervención nos llevó a redescubrir figuras femeninas que durante siglos permanecieron en los márgenes del relato histórico y nos recordó la importancia de seguir construyendo miradas más amplias, más inclusivas y más humanas sobre nuestro pasado.
Más allá de las conferencias y de los actos programados, el congreso fue también un tiempo para las conversaciones pausadas, los reencuentros y las nuevas complicidades. Porque escribir es, en gran medida, una tarea solitaria, pero encuentros como este nos recuerdan que la literatura también se alimenta de la comunidad, del diálogo y de la posibilidad de compartir inquietudes con quienes entienden el oficio de escribir como una forma de explorar el mundo y de habitarlo.
Regresé de Borja con la satisfacción de haber participado en una jornada enriquecedora y con el convencimiento de que la literatura sigue encontrando espacios para reunirnos, para pensar juntos y para seguir construyendo, palabra a palabra, una memoria compartida.
Gracias a la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores, al Ayuntamiento de Borja y a todas las personas que hicieron posible este encuentro.
Porque, al final, los libros nacen de la soledad de quien escribe, pero terminan encontrando su verdadero sentido cuando nos reúnen alrededor de la palabra.

