Leer mucho es, en cierto modo, una forma de estar en el mundo.
Este 2025 ha sido un año especialmente fértil en lecturas: novelas, ensayos, biografías, libros que incomodan, que acompañan, que abren grietas o que se quedan resonando durante semanas. De todos ellos, solo uno al mes ha encontrado su espacio como recomendación literaria en este blog. La elección no ha sido fácil —nunca lo es—, porque muchos otros títulos podrían haber ocupado ese lugar.
Estas doce recomendaciones no pretenden establecer un canon ni una lista cerrada de “los mejores libros del año”, sino trazar un mapa: el de mis intereses como lectora, el de ciertas obsesiones literarias compartidas, el de voces que dialogan entre sí aunque procedan de tradiciones, géneros y contextos muy distintos.
Enero
Comencé el año con Libre. El desafío de crecer en el fin de la historia, de Lea Ypi, un libro lúcido y necesario sobre identidad, ideología y crecimiento personal en un mundo que prometía certezas y solo ofreció contradicciones. Una lectura que obliga a repensar el pasado reciente y la forma en que nos contamos.
Febrero
En febrero llegó Alcaravea, de Irene Reyes-Noguerol. Una novela contenida y precisa, donde el lenguaje y la intimidad emocional sostienen una historia que habla de vínculos, silencios y fragilidades con una honestidad poco complaciente.
Marzo
Marzo estuvo marcado por La amiga estupenda, de Elena Ferrante. Volver (o llegar) a esta obra es asomarse a una amistad compleja, intensa y contradictoria, atravesada por el contexto social y político. Un recordatorio de cómo lo personal y lo colectivo se entrelazan de forma inseparable.
Abril
En abril recomendé Los nombres de Feliza, de Juan Gabriel Vásquez, una novela que indaga en la memoria, el exilio y la identidad a través de una figura fascinante. Literatura que investiga, reconstruye y cuestiona.
Mayo
Mayo estuvo dedicado a Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito, de Cristina Piña y Patricia Venti. Un libro riguroso y revelador que desmonta simplificaciones y devuelve complejidad a una autora tantas veces mitificada.
Junio
En junio, la recomendación fue Un mal nombre, segunda novela de la saga «Dos amigas», de Elena Ferrante, una lectura exigente, de esas que no se atraviesan con ligereza, pero que siguen siendo imprescindibles para pensar el presente desde la raíz.
Julio
Julio trajo Un amor, de Alejandro Palomas. Una novela que habla de afectos, heridas y reconstrucciones desde un lugar íntimo y profundamente humano, sin caer en lo obvio ni en lo edulcorado.
Agosto
En agosto recomendé Estás en mis ojos, de Angélica Morales, una historia delicada y honesta, sostenida por una mirada sensible sobre las relaciones, la memoria y la forma en que miramos —y somos mirados—.
Septiembre
Septiembre llegó con Todo empieza con la sangre, de Aixa de la Cruz, una novela potente, incómoda y necesaria, que no esquiva los conflictos ni suaviza las preguntas que plantea.
Octubre
En octubre, Cara de madre, de Patricia de Blas, puso el foco en la maternidad, los mandatos y las contradicciones, con una escritura clara y valiente que interpela sin levantar la voz.
Noviembre
Noviembre estuvo marcado por Carcoma, de Layla Martínez. Un libro áspero y magnético, donde lo simbólico y lo político se filtran en una historia que deja huella.
Diciembre
Y el año se cerró con Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince, una lectura atravesada por el duelo, la memoria y la escritura como forma de sostener lo vivido.
Estas doce recomendaciones son, en realidad, doce puertas abiertas. Detrás de cada una hay muchas otras lecturas, muchas páginas subrayadas, muchos libros que me acompañaron este año y que quizá encuentren su momento en el futuro.
Leer sigue siendo, para mí, una forma de pensar, de escuchar y de estar.
Y compartir estas lecturas, una manera de alargar la conversación.

