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—A las siete de la mañana, me encanta salir al balcón —me confesó un día mi madre.

Pero, ¿cómo que a las siete de la mañana si, desde que yo tenía memoria, ella jamás se levantaba antes de las nueve?

—Ya, pero es que ahora me gusta sentir la paz de las mañanas —me contestó ante mi cara de extrañeza sin palabras.

Y continuó relatándome todos los movimientos de los vecinos y vecinas de la calle que a esa hora salían hacia el trabajo o a pasear al perro o a por el pan o a tomarse el primer café de la mañana. A todos los tenía controlados.

—Todos los días lo mismo —comentó como para sí— y siempre a la misma hora. No fallan.

Y es en ese momento en el que me di cuenta de la importancia que había cobrado el balcón en su vida. Hasta hacía bien poco no lo necesitaba, en cambio entonces se había convertido imprescindible para su encuentro con el mundo exterior. Con su calle. Con los árboles de su calle —benditos árboles que le regalaban el verde que el asfalto le sustraía— y con el aire fresco de la mañana. Le hacían tan feliz esas mañanas primaverales que fue capaz hasta de levantarse con las primeras luces para disfrutarlas.

A ella le gustaba salir a la calle. Siempre por la tarde. Por las mañanas eran muchas las tareas en la casa como para permitirse el lujo de arreglarse, calzarse los tacones y los pendientes y salir a pasear. Yo salía con ella los sábados. Al principio íbamos al cine, cuando su sordera comenzó a impedirle oír los diálogos de las películas, dábamos un paseo y acabábamos merendando en una cafetería. “Así ya me sirve de cena”. En el buen tiempo, nos sentábamos en la terraza de la cafetería Gora y disfrutábamos juntas del desfile de modelos que se paraba en el semáforo de enfrente. Nos divertía sobremanera el modo en que la gente se vestía para salir la tarde del sábado por la zona pija.

— ¿Has visto qué zapatos lleva esa chica? —Me señalaba divertida—, ¿y esos pantalones? ¿Dónde comprarán esas cosas? —Se preguntaba—, porque yo en las tiendas no las veo.

Y así se nos pasaba la tarde, entre modelo y modelo, mientras nos duraba mi cerveza y su Acuarius de limón. Y a eso de las ocho y veinte, nos levantábamos y la acompañaba a la misa de ocho y media, justo enfrente. Yo la dejaba en la puerta y me marchaba. Ella nunca me reprochó este descreimiento que me atacó hace muchos años, de una vez y para siempre.

Y cuando ni el cine, ni los paseos, ni la terraza de Gora, ni las cafeterías fueron ya una opción, nos quedó el balcón.

— ¿Qué te parece si salimos al balcón? —le propuse una bonita tarde de sábado del mes de mayo.

Mi madre se me quedó mirando. Y leí en sus ojos toda la pena y la angustia por no aguantar caminando ni medio tramo de la acera de su calle, por no ser capaz de ir a las terrazas, por no tener ánimo ni tan siquiera de acudir a la misa de ocho y media. Las piernas no le respondían —Luego descubrí que no eran las piernas sino el corazón lo que le fallaba—, se fatigaba en cuanto daba dos pasos.

—No, deja, que estoy mejor sentada en el sillón. No puedo estar mucho de pie.

Sin pensármelo, bajé a uno de los primeros almacenes de chinos de la zona y compré dos sillas de jardín de resina blanca y un par de cojines de color violeta. Los colocamos en el balcón y puse en medio una mesita baja para nuestros refrescos o cafés. Allí, rodeadas de sus macetas y respirando el aroma de los árboles cuyas ramas casi podíamos tocar, recuperamos la calle.

Cuánto le habría gustado salir ahora a ese mismo balcón a aplaudir a las ocho.

O no.

Porque, con ella, nunca se sabía.

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