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distancia

—Eres una creída —dice él.

—¿Por qué me dices eso? —contesta ella sorprendida.

—Tú sabrás, ¿no eres tan lista?

Y ahí se termina la conversación. Por teléfono. Sin verse las caras. En pleno confinamiento. Y eso que la plática viene durando casi cincuenta años. Pero, por lo que sea, la palabra “lista” pone el punto final. Porque Olga no es tan lista como él le espeta al móvil y por eso no sabe lo que quiere decir él en un momento de tensión mal resuelta que dura ya unos meses.

Nada más colgar, Olga tiene la total y absoluta certeza de que esa conversación ha marcado el punto final. Una profunda amistad de años acaba de terminar así, de la manera más absurda, pero real. Lo admite con serenidad aunque le cueste asimilarlo.

A ratos, a Olga le llegan retazos de recuerdos. Vienen sueltos, como suspendidos en el aire. Se quedan unos instantes y se van por donde quiera que hayan venido. Como cuando se encontraron por primera vez. O cuando hablaban a las tantas por teléfono durante horas —siempre el teléfono—. O cuando llegaba él de pronto tras años de no haberse visto. O cuando quedaban en la plaza Aragón, él con treinta y dos, ella con diecinueve. O las dos veces que Olga voló al país donde vivía Jaime. La conversación continuaba, siempre.

Olga y Jaime se conocieron hace ahora exactamente cuarenta y siete años. Y desde el primer momento sintieron que serían amigos para siempre. Y también supieron que no serían nada más, ni menos. Así lo ha creído siempre Olga hasta que, hace tres días —en pleno confinamiento—, tuvieron esa conversación tras la que comprendió que era un punto final. No un punto y seguido, ni un punto y aparte, sino un punto final. 

Durante años se han contado todo lo que la vida les ha ido regalando, o arrebatando. Han compartido lo que sentían, alegría, tristeza, euforia, nostalgia, melancolía. Se han enamorado varias veces. Han tenido hijos. Se han casado. Se han divorciado. Y su amistad y amor mutuo, sólido como una roca, ha permanecido intacto, a diez mil kilómetros o a cien metros. 

Hace tres días que ha terminado. De golpe, pero como la lluvia fina que cuenta Landero, hacía algún tiempo que se iban amontonando sus desencuentros. Y ahora Olga siente con claridad meridiana que Jaime ya no es su amigo del alma. Ese amigo en el que se puede confiar, salga el sol o caigan rayos. Que siempre está ahí cuando lo necesitas. Hace meses que no está. Ella ya no quiere hablar más. Se rompió el hilo que se mantuvo a pesar de las tormentas. Y tampoco quiere una sesión de reproches mutuos. Los errores cometidos no se pueden enmendar ya.  

Olga y Jaime han dejado de ser los amigos del alma, los amigos para siempre. 

En pleno confinamiento.

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