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Dia de las Escritoras 2026
Celebramos el Día de las Escritoras en Zaragoza con una lectura de textos en homenaje al Lyceum Club Femenino, una institución que abrió caminos para las mujeres en la cultura española.

Hay mujeres a las que la historia ha dedicado páginas enteras y otras que, pese a la importancia de su obra, han tenido que esperar demasiado tiempo para ocupar el lugar que les corresponde. Recuperar sus nombres, leer sus textos y compartir sus historias es una manera de reparar ese olvido. También de comprender mejor quiénes somos y de dónde venimos.

El pasado 19 de octubre tuve el placer de presentar y participar como lectora en la celebración del Día de las Escritoras organizada por la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores, en colaboración con el Patronato Municipal de Educación y Bibliotecas de Zaragoza. Nos reunimos en la Biblioteca Manuel Alvar para rendir homenaje al Lyceum Club Femenino, coincidiendo con el centenario de su fundación en 1926.

Fue una tarde dedicada a la literatura, pero también a la memoria, a la amistad entre mujeres y a la libertad. Porque, cuando volvemos sobre la historia de nuestras escritoras, descubrimos que detrás de muchas trayectorias individuales hubo también espacios compartidos, complicidades y mujeres dispuestas a abrir puertas para otras.

 

El Lyceum: cuando encontrarse también era conquistar libertad

En el Madrid de 1926, un grupo de mujeres decidió crear un espacio propio para compartir inquietudes intelectuales, organizar actividades culturales y participar en la vida pública. Así nació el Lyceum Club Femenino, inspirado en los clubes femeninos que ya existían en otras ciudades europeas.

Su fundadora y primera presidenta fue María de Maeztu, pedagoga y firme defensora de la educación de las mujeres. El club reunió a escritoras, artistas, juristas, científicas e intelectuales que querían ampliar los horizontes de su tiempo.

El Lyceum no fue solamente un lugar para hablar de literatura. Allí se celebraban conferencias, se debatían ideas y se impulsaban iniciativas culturales y sociales. Sus integrantes defendieron la formación intelectual de las mujeres y su derecho a intervenir en una sociedad que todavía les imponía numerosas limitaciones.

Aquel espacio representó una forma de libertad colectiva: la posibilidad de encontrarse, pensar juntas, intercambiar conocimientos y construir proyectos sin tener que pedir permiso para hacerlo.

La Guerra Civil y la posterior dictadura truncaron aquella experiencia. Muchas de sus integrantes sufrieron el exilio y otras vieron cómo sus trayectorias quedaban relegadas al silencio o a una memoria cultural incompleta.

Cien años después, recordar el Lyceum significa reconocer la importancia de aquellas mujeres y recuperar una parte de nuestra historia.

Doce voces que merecen ser escuchadas

Durante el acto, las lectoras dimos voz a doce mujeres cuyas trayectorias representan distintas facetas de la cultura, el pensamiento y la vida pública española.

Comenzamos con María de Maeztu, pedagoga y fundadora del Lyceum Club Femenino. Junto a ella recuperamos a Clara Campoamor, política y escritora, cuya defensa del sufragio femenino forma parte de nuestra historia democrática, y a Victoria Kent, abogada y política que desempeñó un papel destacado en la vida pública de la Segunda República.

También estuvieron presentes Zenobia Camprubí, escritora y traductora; María Lejárraga, escritora y dramaturga; Elena Fortún, cuya obra literaria ha acompañado a generaciones de lectores; y Magda Donato, seudónimo de Carmen Eva Nelken, periodista y escritora.

A estas voces se sumaron las de Isabel Oyarzábal Smith, escritora y diplomática; Luisa Carnés, escritora y periodista; Rosa Chacel, novelista; María Zambrano, filósofa y escritora; y Carmen Baroja Nessi, escritora y etnóloga.

Doce mujeres, doce trayectorias y muchas formas de contribuir a la transformación de la sociedad. Mujeres que escribieron, investigaron, enseñaron, defendieron derechos y exploraron nuevas maneras de comprender el mundo.

No todas tuvieron las mismas oportunidades ni siguieron caminos semejantes. Algunas alcanzaron un reconocimiento importante; otras fueron relegadas durante décadas. Pero sus vidas y sus obras nos recuerdan que la historia cultural de nuestro país no puede contarse sin ellas.

Como lectora y como escritora, me resulta especialmente significativo volver a sus textos. No solo por la calidad de sus obras, sino porque leerlas nos permite acercarnos a sus inquietudes, reconocer sus dificultades y descubrir hasta qué punto muchas de sus preguntas siguen siendo actuales.

Las amigas como forma de libertad

El lema de esta edición del Día de las Escritoras, Las amigas como forma de libertad, nos invitaba a mirar más allá de las obras individuales y a reconocer el valor de las relaciones entre mujeres.

A menudo hablamos de las escritoras como si hubieran desarrollado sus trayectorias en soledad. Sin embargo, la historia nos muestra la importancia de las conversaciones, las amistades, las complicidades y los espacios compartidos. Lugares donde las mujeres pudieron escucharse, intercambiar ideas y encontrar el estímulo necesario para seguir adelante.

El Lyceum fue una expresión de esa fuerza colectiva.

Quizá por eso su historia me resulta tan cercana. A lo largo de mi trayectoria, tanto en la escritura como en mi compromiso con la igualdad, he comprobado la importancia de crear espacios donde las mujeres podamos compartir experiencias, apoyarnos y hacer visibles nuestras aportaciones.

Sé que la cultura no se construye únicamente desde el talento individual. También necesita asociaciones, bibliotecas, proyectos colectivos y personas dispuestas a mantener abiertas las puertas para quienes vienen detrás.

Por eso valoro especialmente la posibilidad de participar en iniciativas como esta desde la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores y desde la Comisión de Igualdad. Recuperar a las mujeres que nos precedieron forma parte de una tarea que sigue siendo necesaria: reconocer su contribución y conseguir que sus nombres y sus obras lleguen a nuevas generaciones.

Una lectura compartida, una memoria colectiva

Todas las lectoras éramos socias de la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores. Entre quienes participamos en la lectura estuvimos Pilar Aguarón, presidenta de la asociación; Mar Blanco, poeta y compañera mía en la Comisión de Igualdad; y yo misma.

También nos acompañó Albano Hernández, coordinador de Bibliotecas Públicas Municipales de Zaragoza, en una celebración que puso de manifiesto el valor de la colaboración entre las bibliotecas y las asociaciones culturales.

Como presentadora, tuve la oportunidad de conducir el encuentro y acompañar las distintas intervenciones. Pero participar también como lectora me permitió vivirlo desde otra perspectiva: no solo hablar de aquellas mujeres, sino prestar mi voz a sus palabras.

Hay algo especial en leer en público un texto escrito hace décadas. Durante unos minutos, el tiempo parece acortarse. Una voz que perteneció a otra época vuelve a hacerse presente y encuentra nuevos interlocutores. Sus palabras dejan de ser únicamente parte de un libro o de un archivo para convertirse en una experiencia compartida.

Me gusta pensar que eso fue lo que conseguimos aquella tarde en la Biblioteca Manuel Alvar: que doce mujeres de nuestra historia cultural volvieran a estar entre nosotras, no como nombres lejanos, sino como autoras a las que merece la pena leer, conocer y discutir.

Gracias a todas las compañeras que participaron en la lectura, a Albano Hernández y al Patronato Municipal de Educación y Bibliotecas de Zaragoza, y a quienes nos acompañasteis en este encuentro.

Que sus palabras sigan abriendo caminos

Me quedo con la imagen de una tarde en la que nuestras voces se unieron para recuperar otras voces. Una celebración de la literatura, pero también de la memoria, la amistad y la igualdad.

Todavía quedan autoras por descubrir, obras por reeditar y trayectorias que necesitan mayor reconocimiento. Recuperar esa parte de nuestra historia no es una tarea concluida ni una simple cuestión de justicia hacia el pasado. Es también una forma de ampliar nuestra mirada sobre el presente.

Porque las mujeres siempre han formado parte de la cultura, aunque no siempre hayan recibido el reconocimiento que merecían. Y porque cada generación tiene la responsabilidad de transmitir ese legado a la siguiente.

Cien años después de la fundación del Lyceum Club Femenino, su historia nos recuerda que encontrarse, compartir conocimiento y apoyarse mutuamente también son formas de conquistar libertad.

Y yo añadiría algo más: cada vez que recuperamos una escritora, leemos su obra y compartimos sus palabras, contribuimos a que su historia no vuelva a quedar en silencio.

Que sigamos haciéndolo. Juntas.

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