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Intuía que aquel viaje sería especial para mí, pero lo que no sospechaba es que iba a resultar tan crucial para mi estado de ánimo. Deseaba pasar un fin de semana lejos de mi ciudad. No era una huida, pues pensaba volver de inmediato, sin embargo, la sensación de estar huyendo de algo tan terrible como si del mismo infierno se tratara, no me abandonó en todo el camino. Felizmente, el fin de semana brilló con luz propia y me sentí reconfortada como hacía meses que no me sentía. 

Encontré justo lo que había ido a buscar. La certeza de que los amigos de verdad se hallan en el lugar preciso cuando los necesitas. Además, pude comprobar que sigo atrayendo al sexo opuesto cuando me conduzco con normalidad. Esto último siempre me sorprende pues tengo asociada la relación de pareja a una suerte de complicaciones mezcladas con un cierto desasosiego y multitud de inquietudes que acaban por aturdirme. Por lo tanto, me asombra gratamente comprobar cómo las cosas también pueden ser sencillas entre un hombre y una mujer. Junto a este pensamiento me invade una sensación de contento que me dura justo el tiempo que tardo en toparme con otro hombre intelectualmente brillante pero emocionalmente tarado, los cuales —siempre dentro de mi opinión limitada y particular— lamentablemente abundan en exceso.

Apoyada en la minúscula barra del vagón que —con un punto de ironía y ganas de bromear llaman cafetería— andaba yo rumiando mi último y maravilloso reencuentro con uno de esos amigos que nunca te fallan, cuando noté su mirada fija en mi cuello. Giré la cabeza y descubrí a mi compañero de asiento. 

—Yo también prefiero hacer el viaje en la cafetería —dirigiéndose a mí con la confianza que le daba haber ocupado el asiento junto al mío durante un escaso cuarto de hora—, no soporto a todos esos hombres de negocios haciendo de brokersa través del móvil.

El dueño de unos ojos intensamente negros, moreno y un apenas imperceptible acento extranjero, me ofrecía un caramelo. Sonrió y comenzamos a conversar. Su calma, amabilidad y exquisita educación me pasmó y me lancé a charlar tal que si fuera el único ser parlante que habitara el planeta Tierra. Era ameno, agradable, cálido, de sonrisa fácil. Me gustó, le gusté y, al llegar —sin habernos movido de la oscilo batiente barra, pasando él del agua mineral al té y yo al whisky—  intercambiamos nuestros números de teléfono. Ni siquiera le pregunté de dónde era. Prácticamente no hablé más que yo.

Regresaba de un viaje de trabajo, me dijo. Vivía en Barcelona pero se quedaba en Zaragoza para visitar a unos amigos. Llegué a casa entusiasmada por el nuevo hallazgo. Tras tantos meses, e incluso años, ahogándome en mis relaciones, había conseguido, en un trayecto de poco más de una hora, dar carpetazo a la desazón y decepción de mi última frustración. 

Al día siguiente, al volver del trabajo, encontré un mensaje en el móvil olvidado esa mañana. “Sólo quería compartir un té contigo antes de irme. Otra vez será”. Sentí que ambas cosas eran una buena señal: olvidar el móvil y el mensaje. Esperé esa otra vez y llegó. Mi única cita con él en otra barra de bar, que esta vez se mantenía quieta y firme, me pintó el mundo de colores suaves y sonidos sin estridencias. Las palabras fluyeron con naturalidad. Mi piel disfrutaba del aroma de la suya y sus labios me anunciaron con un beso un placer intenso y reconfortante. Al despedirse me hizo una interesante propuesta: recorrer Barcelona en moto. Tampoco entonces me interesé por su origen.

—Prometo explicarte todo cuanto sé sobre esa ciudad —me dijo desplegando su encantadora sonrisa.

Acepté. La propuesta me sedujo. Él también.

Llegó el día. Me acomodé de nuevo en la cafetería del AVE con la ilusión puesta sobre las ruedas de una moto con Barcelona de fondo. Abrí el periódico recién abandonado por un pasajero. La sangre se me heló en las venas. “Desarticulada una banda terrorista en Barcelona. La policía sospecha que planeaban perpetrar un atentado en el próximo MOBILE WORLD CONGRESS en la ciudad condal.Se investiga su relación con el terrorismo yihadista”. Bajo la noticia, su foto. 

El jefe de la banda terrorista era él.

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