Cuando la lluvia deja paso a las palabras.
Hay tardes que parecen pedir recogimiento.
El frío se instala en las calles, la lluvia cae persistente y el cielo dibuja ese gris tan castellano que invita al silencio. Así estaba Soria el pasado jueves. Y, sin embargo, dentro del Círculo Amistad Numancia (Casino), en su salón Gerardo Diego, sucedía algo luminoso: la literatura nos reunió.
El encuentro en torno a El pulso de mi sangre fue mucho más que una presentación. Fue una conversación compartida, una lectura en voz alta de emociones, una reflexión colectiva sobre la memoria, la herencia y las historias que nos atraviesan.
Me acompañaron dos mujeres con las que fue un verdadero privilegio dialogar.
Lucía Santamaría, escritora, realizó una lectura crítica de la novela atenta y generosa, deteniéndose en sus capas narrativas, en el peso simbólico de los silencios y en la construcción de sus personajes. Escuchar la propia obra desde la mirada de otra escritora es siempre un ejercicio revelador: una descubre matices que quizá estaban ahí, latentes, esperando ser nombrados.
Mar Martínez, presidenta del Club de Opinión La Sabina, condujo el encuentro con cercanía y elegancia, hilando preguntas que permitieron profundizar en el proceso creativo y en las resonancias personales que dieron origen a la historia.
Durante el acto proyectamos también el booktrailer de la novela. Ese breve fragmento audiovisual añadió otra dimensión a la experiencia, creando un puente entre palabra escrita e imagen, entre intimidad y proyección pública.
Pero si algo dio verdadero sentido a la tarde fue la presencia del público. Personas que, pese al frío y la lluvia, decidieron acudir, escuchar, preguntar y compartir. Porque un libro nace en soledad, pero encuentra su verdadero latido cuando se abre al diálogo.
El espacio del Casino, con su atmósfera cálida y su historia a las espaldas, contribuyó a que el encuentro tuviera algo de ceremonia íntima. Afuera llovía; dentro, las palabras circulaban con naturalidad. La literatura —como tantas veces— volvió a ser refugio.
Cada presentación es distinta. Cada ciudad deja su huella. Soria lo hizo con esa mezcla de sobriedad y calidez que la caracteriza. Y me recordó que las historias no pertenecen solo a quien las escribe, sino también a quienes las escuchan y las hacen suyas.
Gracias a quienes estuvisteis allí. Gracias por sostener el diálogo, por las preguntas, por las miradas cómplices. El pulso de mi sangre volvió a latir, esta vez en voz alta.


